sábado, 17 de abril de 2010

LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPITULO VI

VI

Y pasaron casi diez meses.

No era la primera vez que Nicolás se metía en problemas. Había heredado el carácter de su padre y el orgullo de la familia materna. Además era un chico atractivo y, al contrario que su padre, tenía una mirada franca que infundía confianza. Pero esta era también un arma que él sabía manejar. Con treinta años era uno de los solteros más codiciados de la comarca.
Ya todos habían olvidado sus antiguas correrías juveniles. En los pueblos y aldeas de los alrededores muchas de las mozas habían dado algún paseo en el tílburi del señorito Nicolás, como era conocido; pero ninguna hasta ahora había logrado sacarle no ya una promesa, ni siquiera una palabra que le pudiese comprometer. En Recondo todas sabían que sólo unas pocas, podían tener alguna opción de hacerle pasar por el altar. En realidad sólo una. Adela Herrero del Pino.
Adelita era tres años menor que él. Su padre, Ildefonso Herrero, era también un hacendado influyente que había llegado a Recondo hacía treinta años y se había establecido allí como comerciante de ultramarinos. Dos años después se casó con una señorita de la ciudad que pasaba los veranos en Recondo y que según se dijo era la heredera de un importante capital invertido en bonos de la Deuda del Estado. La familia era respetada en el pueblo y cuando su hija llegó a la juventud, todos asumieron que era la pareja ideal para el hijo de doña Margara. La chica era atractiva, sus padres tenían dinero, y hubiera sido un partido ansiado por cualquier familia del pueblo. Pero Nicolás nunca mostró un interés especial por ella; principalmente porque era de unas convicciones morales inalterables y siempre le dejó muy claro que si quería algo sería después de casarse. Y él no estaba dispuesto a esperar teniendo, como tenía, todas las chicas que pudiese desear.
Pero ahora se había pasado de la raya. Todo empezó la otra tarde en el bar de la Feliciana. Se había sentado a echar una partida con su amigo Antonio, de compañero, contra Cipriano el "Pelos" y Eulalio el "Meagolpes", a los que conocía desde pequeños, pero con los que normalmente no alternaba. Jugaban al tute y empezaron tomando aguardiente. Nicolás, que nunca había destacado como buen estudiante en el colegio, tenía la habilidad de contar mentalmente todas las cartas que iban saliendo en la partida, lo que le daba una apreciable ventaja en ese juego. Cuando jugaba por primera vez con unos contrincantes que no le conocían, solía dejarse ganar alguna de las primeras partidas para hacerles coger confianza. El aguardiente fue animando a los jugadores y los envites fueron creciendo desde el pago de las consumiciones hasta las diez pesetas que estaban ahora encima de la mesa. Hasta ese momento había una cierta paridad en las partidas ganadas por cada pareja, aunque las últimas habían sido todas a favor del hijo de doña Margara y su amigo Antonio, y la apuesta de esta última partida era el resto para sus contrincantes y su jornal de una semana.
Se habían repartido las cartas y Nicolás, que iba de mano, arrastró con el as de espadas y cantó veinte en copas. Siguió arrastrando con el tres y le quitó las cuarenta al "Pelos". Lo demás ya todo fue coser y cantar. Con las diez del monte se cerraba el juego y la partida.
-Cuenta, cuenta si quieres, pero no habéis pasado de los treinta puntos…
Antonio recogió las monedas de encima de la mesa. Nicolás hizo intención de levantarse.
-Nos tenéis que dar la revancha…
-Otro día, ahora es ya tarde… además ya no tenéis dinero….
-Juguemos de fiado… yo te firmo un vale o lo que haga falta…. pero vamos a jugar la última…
- Tengo una idea mejor, si quieres nos jugamos todas nuestras ganancias contra un revolcón con vuestras novias… O todo, o nada….
- Conmigo no contéis, yo no entro en esta apuesta, dijo Antonio.
-Esas son cosas más serias, continuó el Cipriano, dejaos de tontunas y vamos a terminar esto de una vez….
-Por mí, de acuerdo… terció el "Meagolpes", esto es un asunto entre Nicolás y yo. Si ganamos nosotros nos llevamos todo lo que hemos jugado en la noche, si ganáis vosotros, os quedáis con el dinero y esta noche te puedes tirar a mi novia…
Los pocos que todavía quedaban en el bar se arremolinaron en torno a la mesa donde se había vuelto a sentar los cuatro. La tía Feliciana les dijo que era tarde y que mejor lo dejasen para otro día. Pero ya nadie la hizo caso.
La partida se convino al mejor de tres manos. La primera fue para Nicolás y Antonio. La segunda estuvieron a punto de ganarla también, pero Antonio arrastró y dejó sin triunfos a su compañero. Habían empatado y había que jugar la buena. Pidieron otra media de aguardiente. Los ceniceros estaban llenos y a todos les sudaban las manos. Pero el juego no tuvo historia. Las cartas eran demasiado buenas y ganaron sin oposición.
-Cuando quieras vamos a ver a tu novia…
Antonio intentó disuadir a su amigo. Los que habían asistido de espectadores a la partida se fueron marchando, sin esperar a ver en qué terminaba todo aquello, para no verse involucrados, mientras los jugadores terminaban de tomarse las últimas copas de aguardiente. La tía Feliciana cerró la puerta en cuanto los cuatro jóvenes salieron a la calle. Allí se despidieron. Antonio y Cipriano se fueron cada uno hacia su casa. Se quedaron los dos solos.
-Nicolás, si quieres yo te voy pagando poco a poco la deuda… son diez pesetas, ¿no?
-De eso nada. Tú te has jugado a tu novia y yo me lo voy a cobrar. Así que, ¡vamos a su casa!... Claro que si tú no eres hombre para que tu novia haga lo que tú mandes…. Se lo tendré que decir yo mañana y que ella decida…
-¡No te preocupes… Déjame que yo entre primero para prepararla. Tú espera aquí, junto a la puerta falsa…
Pasó más de un cuarto de hora. Nicolás había visto cómo se encendía la luz en una de las ventanas del piso de arriba. Desde la calle se podía divisar cómo dos personas parecían discutir haciendo grandes aspavientos. Se apagó la luz. Al poco se entreabría la puerta y una mano le animaba a entrar.
Le acompañó hasta las cuadras. Allí estaba la muchacha. Tenía los ojos llorosos y al principio intentó resistirse, pero su novio se acercó a ella y susurró algo a su oído. Ya nadie habló. Nicolás se bajó los pantalones y se tumbó sobre ella en la pajera, levantándola el camisón que llevaba puesto. Eulalio, de pie junto a un pesebre, miraba de soslayo, intentando mostrarse imperturbable. Los efectos del alcohol, la presencia del novio y la pasividad de la muchacha retardaron un poco más de lo acostumbrado la culminación de su ardor. Tampoco ayudaba el agrio olor de la basura y el continuo ajetreo de las caballerías que no paraban de moverse extrañando, sin duda, tanto alboroto a su alrededor.
Cuando iba a terminar, Nicolás se retiró bruscamente de la muchacha y eyaculó sobre su vientre. Era, posiblemente, el único de los consejos de su padre que solía tener en cuenta. Así evitaba que una cualquiera se pudiera quedar embarazada y que a él le ocurriese lo que a su padre cuando era joven. Se levantó, se subió los pantalones y sin mediar ninguna palabra salió de la cuadra, cruzó la corraliza y salió de nuevo por la puerta falsa.
Dos días después llegó al "Solar" un oficial del juzgado comarcal con una citación para Nicolás. Los padres de la muchacha habían presentado una denuncia contra él por violación y otra a Eulalio como cómplice. Se tenía que presentar esa misma tarde a las dieciséis horas en las dependencias judiciales. Se iba a celebrar un careo con todos los implicados, delante del juez.
El padre se había ido a la capital y no se le esperaba hasta la semana siguiente. Era imposible que pudiese llegar antes de la vista. Nicolás, llorando, suplicó a su madre que hiciese algo. Prometió, como tantas veces había hecho, que no volvería a ocurrir y doña Margara, como acostumbraba, decidió que sólo ella podía solucionar el problema.
Mandó a su fiel Tomasa a casa de la chica. El recado era muy simple. "Que dice doña Margara que bajen los dos por el "Solar", que ella lo solucionará".
Quinientas pesetas. Tapar el asunto para que no se llegase a saber en el pueblo y así evitar la vergüenza a la chica. Lo del novio lo debían solucionar entre ellos. Y al fin y al cabo no habría consecuencias porque su hijo había tomado precauciones… Los padres se miraron sin decir nada. Ella con los ojos le dijo que sí, y él asintió. Doña Margara ya tenía preparado el dinero; lo sacó de la faldriquera y se lo entregó a la mujer que lo guardó en el bolsillo sin atreverse a contarlo. Salieron de la sala y doña Margara dijo a Tomasa que les acompañase hasta la puerta. Desde allí se pasarían por el juzgado para retirar la denuncia. Margara pensó que se estaba haciendo mayor; que ya le faltaba esa decisión que había tenido siempre para conseguir todo lo que se había propuesto. Ahora había solucionado este problema pero se encontraba cansada y asqueada. Empezaba a preguntarse si había compensado todo lo que había tenido que hacer para conseguir una situación económica desahogada, una casa como el "Solar", un prestigio social y el respeto de todo Recondo.
Ahora sentía que había fracasado en su matrimonio. Su marido nunca había llegado a quererla. Sólo, al principio, quiso acostarse con ella y si se casó fue porque ella fue más lista. Sus hijas eran poco agraciadas y no eran capaces de valerse por ellas mismas. La mayor atada a un don nadie que se había conformado con ser el capataz de sus suegros; la pequeña sin nadie que la quisiera y sólo interesada por terminar su ajuar que posiblemente nunca llegase a necesitar… y Nicolás…. Su hijo le recordaba a su padre. Conocía la fama que tenía en el pueblo, aunque no permitiría nunca que nadie le dijese lo más mínimo de él. Siempre había tenido que solucionarle todos los problemas, porque cuando se metía en alguno sólo sabía llorar, como un niño… Pero era su niño. Ahora pensaba que nunca había sido feliz, que siempre había estado bajo la opresión de su marido y supeditada al qué dirán de los demás… Sólo en una ocasión se atrevió a romper los moldes.
Debía tener, por entonces, alrededor de los cuarenta y cinco años. En el Solar, además del mayordomo, el mozo de cuadras, el capataz, y los cinco criados, había una cocinera, el ama de llaves, una planchadora, tres criadas y la que fue niñera de sus hijos que ahora no tenía un cometido definido, pero que seguía al servicio de la casa… y estaba también Romualdo.
Romualdo era el chico para todo; era un año mayor que Nicolás y su acompañante habitual. Como además era propenso a engordar le llamaban "Sancho Panza" y ciertamente le iba bien el apelativo porque era siempre el fiel escudero de su joven amo y en el que éste descargaba la mayoría de las veces las consecuencias de sus equivocaciones y maldades.
Nicolás había asistido al colegio del pueblo y a clases particulares con don Senén, un dómine que se declaró impotente para hacer que el niño mostrase el más mínimo progreso en el estudio de las humanidades.
Doña Margara contrató entonces los servicios como instructor de Benito Segovia, auxiliar del Secretario del Ayuntamiento que diariamente visitaba la casa para ayudar a su díscolo vástago que siempre se las arregló para no hacer el más mínimo esfuerzo para aprender lo que él consideraba cosas inútiles. Para que Nicolás tuviese un estímulo, don Nicomedes pensó que a las clases le podía acompañar el hijo de un antiguo mozo de la casa de sus padres, y así fue como Romualdo se convirtió en condiscípulo, acompañante, confidente y amigo del joven amo del "Solar".
Como le aconsejó su padre, Romualdo supo aprovechar la extraordinaria oportunidad y, al contrario que su irresponsable amo, se afanó en aprender todo lo que les enseñaba el bueno de Benito, que para conservar su puesto no paraba de hacer elogios de los apreciables progresos que hacía el heredero de la casa. Nicolás se limitaba a copiar los deberes que había hecho su escudero y con ello justificaba su aprendizaje.
Cuando los padres estimaron que la formación estaba completada despidieron al maestro y asignaron a su hijo la supervisión de las tareas agrícolas que desarrollaban los criados. Todos los días, a media mañana, salía acompañado de su fiel escudero, montando un precioso corcel tordo, para recorrer sus posesiones donde trabajaban los que él llamaba sus vasallos.
Claro que muchas veces este recorrido se retrasaba porque antes solía visitar con una cierta asiduidad a distintas damas que le recibían complacidas porque ya era proverbial su largueza. Largueza que sólo ejercitaba en estas ocasiones, puesto que a la hora de retribuir el trabajo de sus empleados siempre consideraba que era excesivo el pago para el esfuerzo de estos holgazanes. Romualdo se limitaba a vigilar y suministrar cobertura al joven donjuán que no era demasiado exigente a la hora de elegir sus conquistas. Ni la edad, ni la hermosura, ni la condición social eran elementos a tener en cuenta a la hora de escoger a sus amantes y esta promiscuidad impropia de la educación selectiva que había recibido en su familia pronto le pasó su dolorosa factura en forma de vergonzante enfermedad que sus progenitores no dudaron en ocultar enviándole a descansar una temporada en casa de unos parientes que vivían en la costa de levante, donde sus primos lograron que se recuperase.
Lógicamente en el pueblo nadie se creyó lo de las vacaciones y sólo había disparidad de opinión a la hora de indicar la fuente de contagio del señorito, que la mayoría estaba de acuerdo en ubicar en el vecino pueblo, donde la barragana de un hidalgo venido a menos, vendía sus favores a los jóvenes de la comarca.
Cuando el joven volvió a la casa, tuvo que aceptar, además de hacer un impuesto y poco creíble propósito de la enmienda, una drástica reducción de movilidad, bajo la vigilancia de su fiel escudero que no tuvo más remedio que aceptar que su falta de control le ocasionaría la fulminante expulsión de la casa.
- Mira, Nicolás, es que yo me juego mi puesto de trabajo… Tenías que tener un poco más de cuidado…
Nicolás no solía hacer demasiado caso a su compañero, pero pensó que era más adecuado simular que se había regenerado y pasaba la mayor parte del día encerrado en casa. Como entre sus aficiones no estaba la de la lectura, se afanó, desde entonces, en vigilar todos los movimientos de las criadas, y fue camuflando unos pequeños agujeros en las habitaciones que ellas utilizaban, para poder observarlas cuando estaban en la intimidad y creían que nadie las podía ver. Aunque lo que veía era más bien poco, era mucho más lo que él mismo se imaginaba y, al no tener compañía para calmar su excitación, no tenía más remedio que satisfacerse personalmente, como hacía en el pasado, cuando era mucho más joven, antes de iniciar su azarosa vida sexual.
Un día vigilaba desde el pasillo, medio escondido detrás de un arcón, la habitación de Sagrario, una criada muy joven que había entrado como planchadora. Sagrario tenía sólo dieciséis años, era morena, bastante delgada, pero su cuerpo empezaba a ir mostrando unas formas que le hacían parecer mayor de lo que era en realidad. Era además bastante desenvuelta y alegre, y un poco descarada. Era la hora de la siesta y la joven había terminado su tarea y pensó descansar un rato. Hacía calor y se quitó el vestido, quedándose con unas enaguas que le estaban algo grandes y dejaban gran parte de su cuerpo al descubierto. Debajo no tenía ropa interior. Cuando se tumbó encima de la cama, una visión prodigiosa se ofreció al espía furtivo que vigilaba desde su escondido agujero. Aunque la ventana de la habitación estaba entornada, la claridad de las primeras horas de la tarde era suficiente para envolver como en un halo mágico las suaves formas de la joven que emergían entre la liviana tela de su mínima vestimenta. Nicolás, corrió a buscar a su amigo Romualdo para hacerle partícipe de la extraordinaria visión. Los dos jóvenes se disputaban el turno para utilizar la mirilla horadada en la pared, entre risitas y exclamaciones en voz baja que, no obstante, no pasaron desapercibidas a doña Margara que esa tarde no había podido conciliar el sueño y se había levantado para tomar un vaso de agua fresca. Durante unos segundos estuvo observando a los dos jóvenes, hasta que Romualdo advirtió su presencia. Nicolás, avisado por su amigo, se levantó sobresaltado e intentó disimular, pero ya era demasiado tarde. Doña Margara se acercó y pudo comprobar personalmente la visión que se podía admirar del interior de la habitación.
- Ha sido Romualdo. Yo estaba durmiendo y ha venido a llamarme para que viese cómo dormía Sagrario.
Doña Margara no le creyó, pero tampoco era el caso de quitarle la razón delante de un criado.
- Parece mentira, Romualdo. Después de todo lo que hemos hecho por ti… ¿Así nos lo pagas?... ¡Qué vergüenza! Esto lo van a saber tus padres… Ya hablaremos más tarde…
Después se lo contaba a la criada vieja.
- Tomasa, ¿te has enterado? Es que no sé a dónde vamos a llegar… Acostarse casi desnuda… y es que luego pasa lo que pasa…
- Tiene usted razón, doña Margara, además ya le dije que no era muy trabajadora…
A doña Margara le afectó lo ocurrido más de lo que ella misma había pensado. Aquella tarde descubrió que el que había sido fiel acompañante de su hijo se había convertido en todo un hombre. No había podido evitar que sus ojos se le escapasen hacia sus atributos, que habían alcanzado una notable excitación por la visión de la criada semidesnuda, y mientras le recriminaba y amenazaba, iba sintiendo un desconocido desasosiego que le embargó durante toda la noche. Al día siguiente no dudó en ordenar el despido de la pobre Sagrario por su falta de recato, comida por unos celos irracionales y vengativos.
Como ya hemos visto, la vida íntima de doña Margara nunca había sido demasiado satisfactoria. Su marido, se consolaba con su amante y las distintas aventuras con las criadas. Ella, siendo más joven, tuvo algunas fantasías con algunos que fueron amigos de juventud, pero nunca le había permitido traspasar la línea de un pensamiento apenas consentido. Pasados los años, los esporádicos acercamientos de su marido sólo le reportaban la satisfacción de su rápida finalización.
Unos días después, mandó llamar a Romualdo. Se las había ingeniado para que no quedase ningún criado en casa. Su marido estaba de viaje, su hijo se había ido al campo y las hijas habían ido de excursión con las amigas. Ninguno llegaría hasta la noche.- Pasa Romualdo, no tengas miedo.
- Diga, señora.
- Ven, siéntate aquí… Ya, ya sé que de lo que ocurrió el otro día no tuviste tú la culpa… Fue el sinvergüenza de mi hijo… No me había fijado… Estás ya hecho todo un hombre… Me figuro que no te habrá importado que haya despedido a la guarra de la Sagrario… Pero, ven acércate un poco más…
Doña Margara se había dejado sin abrochar varios botones de la blusa y el muchacho supo captar enseguida la voluntad de su ama.
- Hace mucho calor… ven, déjame quitarte la camisa… Tienes la piel muy suave… y estas fuerte… tus brazos parecen de acero… ¿puedo acariciarte?
Él no contestó y la dejó hacer. Al roce de su mano sobre su pecho, todos los pelos de su cuerpo se le erizaron y aunque al principio intentó reprimir su instinto, no pudo evitar que su excitación se hiciera patente.
- Eres ya todo un hombre… acércate más a mí, déjame sentir tu calor…
Él se atrevió a desabrocharle otro botón de su blusa y como ella no se resistió, fue acercando los dedos a su pecho que palpitaba anhelante. Mientras, las manos de ella se acercaron a su cintura para quitarle la correa, abrirle el pantalón y dejar libre toda su enorme virilidad. Ella le contemplo complacida en su provocadora desnudez y le atrajo a su lado. Estaban sentados, uno junto al otro, en la cama turca de la salita. Él la animó a tenderse, apoyando su cabeza sobre uno de los cojines que había sobre la cama. Entonces, mientras acariciaba sus piernas pudo comprobar que no tenía ropa interior. Se tumbó sobre ella y ella le apretó contra su pecho. El joven no tenía demasiada experiencia, pero sí la suficiente como para saber cuando ella quedó satisfecha; entonces se apartó a un lado y así, tendidos, permanecieron los dos durante un tiempo indeterminado que a él le pareció demasiado largo, pero que no se atrevía a cortar, y a ella demasiado corto, porque le hubiese gustado que durase toda la vida.
Ella se incorporó, le besó en la frente y le indicó que podía marcharse.
El se vistió apresuradamente y salió de la salita sin volverse para ver cómo ella volvía a tenderse en la cama con la vista perdida en el techo de sus voluptuosos pensamientos. El sabía que no podría decírselo a nadie y que posiblemente nunca se volvería a repetir, y no sabía si al día siguiente se atrevería a mirar la cara de la señora.
Ella no estaba arrepentida. También ella tenía derecho a saber lo que era de verdad el amor. Eso que nunca había tenido con su marido, lo acababa de saborear ahora. Pero sabía que esto no se podría repetir. Sabía que había sido una debilidad y ella no podía ser débil. Pero estaba tranquila porque también sabía que Romualdo nunca lo diría y que este momento maravilloso quedaría sólo para ella, porque nunca lo olvidaría y él no tardaría en olvidarlo. Unos días después, comentó a su marido que era una lástima que un chico tan inteligente como Romualdo se desaprovechase en el campo. Los dos pensaron que debían ayudarle para que se forjase un buen provenir en la capital.
Aquello ya estaba totalmente olvidado. Nadie se había enterado y Romualdo nunca lo contaría porque, ahora sí estaba totalmente segura, estaba demasiado agradecido a su ama. Pero de eso habían pasado ya casi quince años y ahora había un problema que acaparaba la atención de todos: la situación política.
Doña Margara nunca había visto a Nicomedes tan preocupado. Decía que si no lo solucionaban los militares esto iba a terminar muy mal. Estaba convencido que les podían quitar todas sus propiedades. Lo creía de verdad y no paraba de decir que había que buscar una solución. Había ido a consultar al asesor que tenía en la Capital y le había aconsejado vender todas las fincas y comprar oro. El oro, decía, se podía esconder fácilmente y llevárselo si tenían que salir de Recondo. Ella no estaba convencida, porque siempre había pensado que la tierra era el verdadero patrimonio. Y ella podía dar fe de ello. Su familia llegó a la ruina cuando empezaron a vender las fincas en vez de hacerlas productivas. Pero a lo mejor, ahora era distinto…
Desde luego, lo que no permitiría nunca es que vendiese la casa. El "Solar" era mucho más. El "Solar" era parte de su ser… era un trozo de su alma.
FIN DEL CAPÍTULO.El séptimo capítulo el próximo sábado, día 14 de noviembre.
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LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPITULO VII.

VII

Al año siguiente.


El Consejo Local de Primera Enseñanza, se venía reuniendo una vez al mes. Antes de proclamarse la República, cuando se llamaba Junta Local de Instrucción Pública, apenas si lo hacían dos veces al año y su cometido no era más que los asuntos de orden disciplinario con los maestros. Ahora los representantes de los padres de los alumnos tenían más peso en el Consejo y aunque el Ayuntamiento no había querido nombrar a su representante, las nuevas leyes les conferían poder para intervenir en la política educativa del pueblo. Eso era, al menos, lo que decía la teoría. En la práctica nada, o casi nada, había cambiado. Habían llegado a Recondo dos nuevos maestros enviados por el Ministerio para paliar la penuria educativa del pueblo. Pero el ayuntamiento debía pagar los alquileres de las clases en distintas casas particulares, porque sólo disponían de un aula municipal. Ante la presión que ejercieron los padres, no solo no alquilaron dos nuevas aulas, sino que dejaron de pagar las cuatro que tenían alquiladas, alegando que no disponían de fondos por habérselos gastado en las reformas que se habían realizado en la del ayuntamiento. Los propietarios avisaron al Consejo, amenazando seriamente con no dejar entrar a los niños a las clases.
José García López, era tundidor de paños y dueño del último batán que había quedado en el pueblo. Al no estar el representante del Ayuntamiento fue elegido presidente del Consejo, del que formaba parte en representación de los padres. Era un hombre apacible y educado pero aquella noche había llegado al límite de lo que su paciencia podía soportar.
-No he logrado conseguir del Alcalde ni el compromiso de que van a intentar buscar una solución… Yo presento ahora mismo mi dimisión. ¡Esto es intolerable! Además me han dicho que este año tampoco van a participar en la conmemoración del aniversario de la república, que nosotros podemos hacer lo que queramos pero que con ellos no contemos… y por supuesto, que tampoco disponen de fondos para colaborar en la celebración… El no ha dicho celebración, ha dicho "vuestra fiesta", recalcando bien las palabras….
Don Filomeno, el cura, procuraba siempre mantener un tono de ponderación para calmar los ánimos y evitar enfrentamientos:
-No te pongas así, José. Lo que ellos quieren es que nosotros nos demos por vencidos… Pero no lo van a conseguir… Debemos seguir los cauces establecidos… Si no quieren hacernos casos, lo comunicamos al Servicio de Inspección y que ellos actúen… A ver quién gana al final…
-Usted don Filomeno es amigo de ellos, ¿por qué no intenta ponerles en razón… O es que no quiere que le identifiquen con nosotros?
-No seas injusto Gregorio. Tú mejor que nadie sabes que me la estoy jugando, dejando que mi sacristía sea vuestra estafeta… Hay que seguir teniendo paciencia…
- Lo que pasa es que ellos no pueden permitir que nuestros hijos tengan formación. Ellos pretenden que sean unos analfabetos como nosotros para así poderles seguir mangoneando… Pero que como me llamo Fermín, esto se va a terminar…
Había terminado la reunión y se habían quedado los cuatro en la clase donde se había celebrado la reunión del Consejo. José, Fermín, don Gregorio y el cura. De los asuntos propiamente educativos se llegó a los de política general y al análisis de la situación que se estaba viviendo en el país. Don Gregorio estaba muy preocupado. En las reuniones que mantenía periódicamente con las fuerzas republicanas de Recondo había podido percibir que el grado de exaltación era cada día mayor. Al grupo se iban uniendo cada vez más personas que poco o nada tenían en común con las ideas republicanas. Y el problema es que cada vez tenían mayor poder a la hora de la toma de decisiones. Había advertido un creciente anticlericalismo y una actitud demasiado beligerante contra los que hasta ahora ostentaban el poder.
-Don Filomeno, debe tener cuidado, si esto se pone feo debe marcharse de Recondo. No podemos garantizar su integridad. Hay muchos incontrolados que son capaces de hacer cualquier barbaridad…
- Yo pienso que exageras, Gregorio. Aquí me conocen todos, siempre he procurado ayudar al que lo necesitaba, no creo que nadie pueda querer hacerme daño a mí…
- Que así sea, pero creo que es necesario que consigamos organizarnos y lograr mantener el orden entre los nuestros… En el Ayuntamiento no podemos contar con nadie, aunque han cambiado al alcalde, y parecía que Hipólito era más dialogante, al final siguen mandando los mismos y cada vez adoptan posturas más provocadoras…
Don Gregorio se había hecho maestro por vocación. Por vocación y por tradición familiar. Su abuelo había sido compañero de Francisco Giner de los Ríos y había participado activamente en la creación de la Institución Libre de Enseñanza. Así que el joven Gregorio, cuando terminó los estudios se incorporó a la Enseñanza pasando por distintos pueblos hasta llegar a Recondo, porque él siempre había defendido una escuela en la que se educase a los niños atendiendo a su capacidad, su actitud y su vocación, y no a la situación económica de sus padres.
Cuando se proclamó la II República y se crearon las Misiones Pedagógicas para divulgar la cultura en los pueblos de la España profunda, donde jamás había llegado, pensó que había llegado la culminación de su ideal pedagógico y que sería posible la plena emancipación de las clases oprimidas cuando tuviesen verdadero acceso a la educación. Pero estaba viendo cómo en Recondo se estaban poniendo todas las trabas posible para que este sueño se hiciese realidad. Él como el cura, había llegado muy joven a Recondo.
Durante unos años vivió en la casa de don Ramón y doña Matilde, dos maestros que no tenían descendencia y que le acogieron como un verdadero hijo. Luego se casó con la novia de toda la vida y alquilaron una pequeña casa que intentaron acondicionar lo mejor posible con los pobres emolumentos que recibía del estado y las cada vez más escasas aportaciones de los alumnos a los que impartía clases particulares.
Desoyó los consejos de sus viejos anfitriones y las recomendaciones de su esposa y no se reprimía a la hora de expresar sus ideas, lo que le fue ocasionando demasiadas antipatías, sobre todo, entre la restringida élite local, que se veía acosada por esas ideas revolucionarias del maestro, lo que en la práctica se concretó en una drástica disminución de su alumnado particular. En cambio, era muy apreciado por los alumnos y se había ganado el respeto y la admiración del resto de pueblo. Aunque inicialmente no se había querido implicar directamente en la política, poco a poco se había ido convirtiendo en el ideólogo de las fuerzas republicanas. Era, además, el asesor de confianza de Fermín que le respetaba y nunca tomaba una decisión sin antes consultarla con él.
Tuvo dos hijos y podía subsistir gracias a las habilidades organizativas de su mujer que, además, se dedicaba a coser para lograr un sobresueldo que les permitiese llevar una vida un poco más desahogada. Pero la situación política en Recondo se hacía cada vez más insostenible. Después de casi cinco años desde que se había proclamado la República, nada, o casi nada, había cambiado en el pueblo. Seguían mandando los de siempre, se desoían las órdenes que llegaban desde los Ministerios de la Nación y no se respetaban las leyes vigentes que chocaban con los intereses de los señores. Sin embargo, algo sí estaba cambiando.
Cada vez eran más los que se atrevían a reclamar sus derechos y poco a poco iban consiguiendo que las autoridades tuviesen que atenerse a lo que marcaban las leyes de la República. Efectivamente, hacía seis meses que don Enrique había presentado su dimisión como Alcalde de Recondo. No estaba dispuesto a seguir acatando la normativa que le llegaba del Ministerio de la Gobernación en materia educativa y laboral. Cuando la huelga de los medidores tuvo que ponerse al lado de los trabajadores y quitar la razón a los propietarios lo que le supuso discutir con los que habían sus amigos de toda la vida. Desde entonces no le hablaban ni don Indalecio ni don Atenodoro y había llegado a tener un enfrentamiento en el Casino con Pedrito Rodríguez que le hacía personalmente responsable de todo lo sucedido. Nadie quería asumir la responsabilidad del cargo y después de varias semanas de entrevistas y negociaciones lograron convencer a Hipólito Martínez para que aceptase el nombramiento.
Poli, como todos le conocían en Recondo, era el propietario de la única herrería del pueblo. Todos le consideraban una buena persona, pero casi nadie valoraba su capacidad intelectual. Era rudo y directo, y no se paraba demasiado en pensar lo que debía de decir. No era, por tanto, lo que el cargo requería en unas circunstancias tan delicadas como se estaban viviendo en la nueva situación política. Pero tenía una cualidad que era muy valorada por los que le animaron a aceptar la vara de mando: Era fácilmente manipulable y cuando tomaba una decisión la llevaba a cabo sin importarle lo que pudiesen decir sus oponentes. Además provenía de una familia humilde que con su esfuerzo había conseguido alcanzar una situación económica desahogada y él pensaba que aceptando este cargo conseguiría ser aceptado en la cerrada sociedad de Recondo. Entre los reunidos había un evidente pesimismo y todos temían que se estaba precipitando una situación dramática, difícil de atajar. Fue don Filomeno quien comentó en voz baja, como pensando para sí mismo.
-Las noticias que llegan de fuera son cada vez más alarmantes….Desde hacía unas semanas era el comentario en todos los mentideros del pueblo. Entre los monárquicos se daba como seguro que ya estaba a punto el levantamiento militar. Habían llegado consignas de cómo había que actuar cuando se produjese el golpe. Aquí en Recondo no había que tomar medidas para tomar el poder municipal, porque todos los concejales eran de los suyos, pero había que estar preparados por si había resistencia civil y los republicanos intentaban tomar el poder. Todos disponían de armas de fuego por si era necesario emplear la fuerza.
Aprovechando una junta ordinaria en el local de la Sociedad de Cosecheros, donde estaban reunidos los principales contribuyentes de Recondo, tomó la palabra don Esteban Pelayo, su presidente:
- No tenemos más remedio que afrontar la situación. Desde que Enrique dejó de ser alcalde, la situación se está deteriorando de día en día. Todos pensamos que se va a producir, por fin, el pronunciamiento militar que impondrá el orden y hará volver las cosas a su sitio. Pero, entre tanto, debemos estar prevenidos. Ahora más que nunca debemos estar unidos y evitar que los republicanos se hagan con el poder en el ayuntamiento. Todos asentían, aunque nadie quería significarse demasiado, porque eran conscientes de que al final todo se llegaba a saber en el pueblo, y lo que allí se dijese alguien lo terminaría contando con todo lujo de detalles.
- Conmigo podéis contar, como siempre. Si hay que hacerles frente con las armas, estoy dispuesto a coger mi escopeta para mantener el orden. No podemos permitir que esos muertos de hambre quieran mandar ahora.
- No debemos precipitarnos, Atenodoro. Ya están las fuerzas de seguridad que sabrán mantener el orden. Nosotros, es mejor que nos mantengamos al margen. Al menos, por ahora.
- Yo propongo, que nos reunamos todas las semanas para evaluar los acontecimientos que vayan aconteciendo. Estoy de acuerdo con don Indalecio, por ahora es mejor esperar…
Por su parte, entre los republicanos había preocupación. No disponían de una estructura jerarquizada y no había nadie que tuviese un control efectivo de la situación. La realidad es que, la mayoría de las veces, prosperaban las tesis de los más exaltados.
En un pueblo como Recondo, donde siempre habían mandado los mismos; donde el nivel cultural de la clase trabajadora era prácticamente inexistente, era difícil encontrar personas capacitadas para hacerse cargo de dirigir a las masas que estaban predispuestas a seguir las consignas más revolucionarias sin pararse a medir sus consecuencias.
Personas como don Gregorio, que había luchado por defender el derecho a la educación de todos, o Fermín que desde el partido comunista había intentado inculcar a los trabajadores la defensa de sus derechos sindicales, se veían ahora sobrepasados por jóvenes que habían llegado a la lucha política sin una base ideológica concreta y en los que había aflorado el odio hacia los ricos y un resentimiento anticlerical que muchas veces eran incapaces de justificar.
Posiblemente el mejor ejemplo de esto era, Felipe "el Regalao", el hijo de la tía Genuina y novio de Juanita. Tenía veintiocho años, era jornalero y no trabajaba para ninguna casa en particular. Decían que era buen trabajador pero de carácter exaltado y pendenciero. Tenía facilidad de palabra y una cierta erudición adquirida por su afición a las novelas de aventuras.
Cuando lo de su novia con don Nicomedes, ante la impotencia de poder tomarse la justicia por su mano, se juró que algún día se vengaría. Desde entonces se afilió al partido socialista y fue consiguiendo imponer sus tesis más radicales.
Sólo en una cosa estaban de acuerdo los dos bandos. Si se producía un pronunciamiento militar había que controlar el poder en el pueblo. Había que requisar todas las armas y ponerlas a disposición de los suyos. Y sobre todo, había que poner a buen recaudo a los cabecillas del bando contrario. Y para eso era necesario prepararse y organizar un minucioso plan de acción.

FIN DEL CAPÍTULO.
El capítulo VIII el próximo sábado, dia 21 de noviembre.
¡No te lo puedes perder!

LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPITULO VIII


VIII

A finales de la primavera del 36.


Aquella noche a finales de la primavera, después de cenar como era costumbre, se reunió la familia en el corredor del patio. Ya se habían marchado los criados y doña Margara había dicho a sus hijos que su padre tenía que darles una noticia.
Dos Nicomedes había estado quince días en la capital. Cuando ya todos estaban sentados, doña Margara salió de su habitación con un cofre de cuero que depositó encima de la mesa, delante de su marido que estaba sentado en la banca de madera. Trescientas setenta y cinco mil pesetas en monedas de oro.
Siguiendo los consejos de su asesor había vendido sus mejores fincas; prácticamente todas las que tenían algún valor. Sólo se habían quedado con la casa de Recondo y algunas tierras, la mayoría de secano, de las que no disponía de las escrituras. El precio había sido sensiblemente más bajo de lo que se podría haber conseguido en situación normal, pero consideraba que había hecho una buena venta. En ese cofre estaba todo su patrimonio. Allí estaban los desvelos de varias generaciones, las muchas horas de trabajo de sus abuelos y, por qué no decirlo, los trapicheos y las artimañas para hacerse con las propiedades y las fincas de los que no habían sabido defender lo que heredaron de sus mayores. Allí estaban también las tierras desamortizadas a los nobles y a las órdenes religiosas que llegaron a sus manos por saber estar en el sitio oportuno y saber comprar las informaciones necesarias cuando era preciso. En el cofre estaba depositada casi toda su vida. Era imprescindible guardar el secreto.
Nadie debía saber que se había realizado la venta. Los compradores eran unos inversionistas que no se harían cargo de la propiedad hasta la sementera del año siguiente y, por tanto, nadie se debía enterar de que ya las fincas no eran de su propiedad. Pero, sobre todo, era de vital importancia que nadie supiese lo del oro. En ello estaba su futuro económico y posiblemente hasta su propia vida. El padre les fue contando cómo la situación política en la capital era extremadamente delicada. Era de dominio público que los militares estaban preparando un pronunciamiento y el gobierno a duras penas lograba mantener el orden.
- No, no es que hayamos vendido las fincas porque pensemos que vaya a haber una revolución. Pero desde que se proclamó la República no se ha dejado de hablar de expropiaciones. Dicen que "el campo para quien lo trabaja" y cosas por el estilo. No podíamos arriesgarnos. Cuando las cosas vuelvan a su cauce, volveremos a invertir nuestro dinero... Y si es necesario nos lo podemos llevar con nosotros...
-Vuestro padre dice que si la situación se deteriora nos podríamos ir a la capital, porque allí nadie nos conoce y podemos pasar desapercibidos... Pero yo no pienso marcharme de esta casa. Lo que hay que hacer es no meterse en líos... Eso va por ti Nicolás... y no entrar en controversias con nadie... Aquí en Recondo se están tomando las medidas necesarias para mantener el orden... Pero, además, ya sabéis dónde están las escopetas de caza y las dos pistolas... si es necesario yo no dudaré en utilizarlas para defender mi casa y mi familia...
El tema y el tono de la conversación contrastaban con la placidez de la noche. Como había refrescado un poco, doña Margara entró a su habitación para coger una toquilla y echársela por los hombros, trajo también otras dos para sus hijas. Era agradable ver a toda la familia reunida. Sacra había traído de la cocina un plato de repápalos y Nicolás sacó la botella de aguardiente. Los hijos no habían entendido muy bien la decisión de sus padres, pero ninguno de ellos se atrevió a dar su parecer. José, por supuesto, tampoco.
Ahora todos, alrededor de la mesa, parecían adorar el cofre lleno de monedas de oro. Nunca habían visto tanto dinero junto.
-Padre, ¿puedo tocarlas?
Aunque la luz del farol no alumbraba demasiado, sí era suficiente para arrancar unos reflejos dorados de las monedas que ejercían una hipnótica fascinación sobre todos ellos. La mayoría eran monedas de 20 y 100 pesetas, con ley de 900 milésimas; las primeras acuñadas en el año 1904 y las segundas en el año 1897, ambas con la efigie de Alfonso XIII. Pero también había monedas antiguas; de cuatro escudos del reinado de Fernando VII, y de dos y cuatro escudos, del tiempo de Isabel II. Todas ellas estaban en perfecto estado y muchas de ellas aparentaban no haber estado nunca en circulación.
Al cabo, doña Margara se levantó, cerró el cofre y se volvió de nuevo a la habitación.
-Está guardado en la caja fuerte, detrás del armario... pero de esto, ya sabéis, ¡ni una palabra a nadie!
La caja la habían empotrado en el muro del dormitorio cuando hicieron la reforma para su boda. Disponía de dos llaves y una combinación que sólo conocían ellos dos y Sacramento, la mayor. Después habían colocado delante un pesado armario de nogal y para llegar a la caja era necesario quitar una tabla móvil del fondo, hábilmente disimulada. Nadie que no conociese su existencia daría con ella. Allí se guardaban la escrituras de las casas y de las fincas, las joyas de la madre y dinero en efectivo que nunca faltaba en la casa. Ahora también las monedas de oro en el cofre de cuero.
En los días siguientes todo pareció calmarse; tanto que los padres consintieron en que Petronilita fuese a pasar la temporada de veraneo a casa de sus padrinos en Denia, un pequeño pueblo de pescadores en la provincia de Alicante. Allí estaría tranquila y podría disfrutar de los baños de mar que tan bien le venían para no constiparse en invierno. Este viaje se venía repitiendo casi todos los años y duraba cerca de dos meses. Solía volver para las fiestas patronales de Recondo que se celebraban a mediados del mes de Agosto. Antes la acompañaba también su hermana, pero desde que ella se casó, hacía ya siete años, iba ella sola a casa de sus parientes. Allí fue donde también Nicolás se recuperó de aquella enfermedad.
Doña Margara siempre mandaba unos presentes para toda la familia, y enviaba una generosa aportación económica, que además de sufragar los gastos de la muchacha era una buena ayuda para la no muy boyante economía familiar de sus primos. Prepararon la maleta con sus ropas y dos días después montaban su padre y ella en el tren que les llevaría a la capital. Después ella cogería el expreso hasta Alicante, donde la esperaba uno de sus primos para llevarla al pueblo con sus padres.
Cuando despidió a su hija en la estación, se fue a casa donde Rosa le esperaba. Esta vez sólo se quedaría un par de días, y a ella le gustaba hacerle agradable su estancia. Rondaba ya casi los sesenta, pero Nicomedes la solía comparar con Margara, y en la comparación salía sobradamente beneficiada la amante, y no solo por los escasos dos años en la diferencia de edad, sino sobre todo porque Rosa había vivido sólo para satisfacerle, se había preocupado de cuidar su cuerpo para que él siempre la encontrase atractiva y como no había tenido que trabajar nunca, había llegado a esta edad con un porte saludable y una figura todavía apetecible para los hombres. Aunque había engordado desde que le llegó la menopausia, su carne todavía era prieta y sabía vestirse con un estilo de elegante provocación que tanto agradaba a su amo. De poco más de metro sesenta y cinco de altura; morena, aunque hacía ya varios años que tenía que teñirse las canas, le gustaba dejar que la melena cayese sobre sus hombros.
Había conservado la mirada pícara de cuando era joven y una simpatía que le había hecho popular en el barrio donde todos la apreciaban. Muy pocos conocían su situación familiar y la mayoría pensaba que su marido debía ser marino o algo por el estilo que le obligaba a pasar grandes temporadas fuera de casa. Sus hijos conocieron la situación cuando tuvieron edad para entender que el señor que llegaba de vez en cuando por casa con regalos para ellos y que se acostaba en la cama con su madre, era realmente su padre, pero que no podía casarse con ella porque tenía otra familia, otra mujer y otros tres hijos a los que nunca habían llegado a conocer. Ahora eran ya mayores y tenían una vida propia. Rosita, la mayor, se había casado hacía cuatro años, aunque su padre no pudo asistir a su boda; a la familia del novio les dijeron que estaba de viaje fuera de España y que le había sido imposible llegar para la ceremonia. Genaro, el pequeño, también se había casado el año pasado con la hija del dueño de la cerería donde trabajaba. Vivían en un pisito que les había comprado su suegro cerca de la Catedral, junto a la tienda de velas que regentaba su mujer.
Desde entonces Rosa vivía sola en la casa que le habían comprado los padres de Nicomedes cuando se quedó embarazada. Entonces se la escrituraron a su nombre; esa había sido la condición, y desde ese momento no le faltó nunca una generosa paga que le ingresaban todos los meses en una cartilla en la Caja de Ahorros. Ahora, desde que sus hijos ya no vivían en casa, las visitas del amo eran más frecuentes. Pero no por satisfacer sus urgencias amatorias como antes, sino porque aquí se encontraba a gusto y tranquilo, y sobre todo sin tener que estar constantemente simulando un personaje que en nada se parecía a su verdadera personalidad. Aquí podía mostrarse déspota, altanero, despiadado, caprichoso, incluso cruel, porque su Rosa le aguantaba todo. Y es que ella se había llegado a enamorar perdidamente de él. Tenía un amor sincero, entregado y servil que nunca exigía nada a cambio. Aquí estaba alejado del ambiente cerrado de Recondo en donde tenía que interpretar el personaje del señor serio y respetable, donde tenía que simular una moralidad intachable, hacer una vida de cristiano piadoso e incluso presidir las fiestas del Santo Patrono de cuya cofradía era presidente.
En ocasiones le afloraban sus instintos y salía a relucir su verdadero carácter lo que en muchas ocasiones le había ocasionado graves enfrentamientos no solo con sus criados sino, incluso, con sus amigos y con su propia familia. Estos incidentes le habían ido granjeando, durante toda su vida, no pocos enemigos, y si todavía algunos le respetaban era más por el miedo que le tenían que por algún sentimiento de afecto. En el pueblo, además, tenía que soportar los "castigos" que Margara le imponía cuando sus desmanes alcanzaban una notoriedad que podía empañar el buen nombre de la familia, como había ocurrido, hacía unos años, con su criada Juanita. Claro que lo que él llamaba "castigos" no llegaban a más de no dirigirle la palabra, esconderle los puros por la noche, cuando no podía salir a comprarlos porque habían cerrado el estanco y nimiedades por el estilo. Tan solo en una ocasión le obligó a dormir fuera de la alcoba conyugal durante dos semanas.
Y es que aquella vez se pasó de la raya. Hacía ya muchos años. Su hija Sacra había cumplido los veinte años y aquella tarde estaba lavándose en un barreño que había colocado en medio de la cocina, para tener a mano el agua que calentaba en el fogón. El había visto los preparativos y se las ingenió para espiarla detrás de una de las ventanas que daba al patio. Aunque no era muy agraciada de cara, estaba desarrollando un cuerpo bien proporcionado del que destacaba un pecho firme y demasiado exuberante para su corta edad. Cuando ella estaba completamente desnuda entró en la cocina y se quedó de pie, mirándola...
-Yo no me tengo que morir sin tocar un día esas tetas tan hermosas que Dios te ha dado...Ella gritó, asustada; llegó la madre y los siguientes quince días él durmió en una cama turca que había en la sala de la planta baja.
Aquí, con Rosa, no tenía que disimular, porque ella era su confidente a la que podía contar todas las aventuras y desventuras de su vida amorosa. Cuando le escuchaba, en vez de sentir celos, se alegraba porque él así era feliz. Además pensaba que ella era la que había salido mejor parada. Su vida había sido plácida, un poco solitaria, sí, pero había podido dedicarse a sus hijos, y a satisfacer a su amo cuando quería venir a visitarla. Y en el fondo, pensaba, que él era un infeliz. Un señorito maleducado, al que sus padres, como nuevos ricos que eran, le habían dado todos los caprichos. Y como lo había conseguido casi todo se llegó a obsesionar con el sexo, que era lo único que sus padres no le podían facilitar. Al principio era insaciable, pero poco a poco, todo empezó a cambiar.
Aún recordaba Rosa aquella primera vez, hacía ya muchos años. Había llegado él con una muñeca y una pelota para los niños. Después de cenar y cuando los chicos se durmieron, ella se puso el camisón transparente que a él tanto le gustaba y se tendió en la cama mostrando toda su exuberante sensualidad. Él se empezó a desnudar contemplándola a la luz tenue de una bombilla sobre la que había colocado un paño rojo, pero, a pesar de su excitación, no logró conseguir una erección en toda la noche.
-No te preocupes, amo, estarás cansado…
Pero en los días siguientes volvió a ocurrir lo mismo. Desde entonces ella tenía que suplir sus insuficiencias orgánicas, aplicando todos los conocimientos amatorios que había aprendido en sus conversaciones con una vecina profesional con la que había hecho una buena amistad.
Años después, él llegó a confesar que sólo conseguía la erección cuando forzaba a las criadas de la casa, y eso no en todas las ocasiones… Lo que él le gustaba era que se resistiesen, que luchasen; sólo entonces, cuando él lograba dominarlas por la fuerza, podía penetrarlas… Con Margara la cosa era diferente. No sabía ya los años que no habían tenido relaciones íntimas… Además ella nunca se atrevería a hacer lo que le hacía Rosa…
- Lo que tienes que hacer es decirle lo que tú quieres… Enseñarla a que haga lo que yo te hago… ¿Por qué esto te gusta, no? Pues enséñala…
Pero eso era poco menos que imposible… ella era su santa esposa y nunca permitiría que se comportase como una vulgar ramera… Eso ni hablar…
Rosa, al principio, le llamaba señorito, pero terminó llamándole amo porque sabía que a él le gustaba y porque era lo que había oído siempre en casa, pues así le decía a su padre su propia madre. Nunca se atrevió a llamarle por su nombre. Pero tampoco permitió nunca que su hija Rosita quedase a solas con su padre.
Esa noche, cenaron en el Riscal. Por la tarde había estado en el Rialto donde daban, en sesión continua, dos películas recién estrenadas, "Morena clara", y "Currito de la Cruz", protagonizada por el famoso torero Antonio García "Maravilla". Terminaron dando una vuelta por la Gran Vía para tomarse un "coctail" en la barra de Chicote. Había que celebrar la llegada del verano y despedirse, porque ya no pensaba volver hasta después de las fiestas patronales de Recondo.
FIN DEL CAPÍTULO.El capítulo IX el próximo sábado, dia 28 de noviembre.
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LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPITULO IX

IX


Por la mañana, el día 21 de julio de 1936.

Un grupo de unas cincuenta mujeres y no más de cuarenta hombres se había reunido en la plaza; no eran más de las diez de la mañana. Habían acudido a la convocatoria del Comité Revolucionario del Frente Popular de Recondo. Dos días antes, toda la Corporación Municipal con el alcalde al frente, había presentado la renuncia a sus cargos, haciéndose cargo del gobierno municipal los componentes de la lista republicana que se había presentado a las últimas elecciones municipales y que no había obtenido ninguna representación. Como cabeza de lista aparecía Fermín García de la Cruz, más conocido en el pueblo como "El Zapatones". Ante la negativa a continuar en sus puestos los cargos electos, el señor secretario del ayuntamiento dictaminó que esta era la única solución viable a la crisis abierta por la dimisión de la junta de gobierno del ayuntamiento. Aunque se había hecho una consulta al Ministerio, no se había recibido respuesta, ya que los acontecimientos que se estaban viviendo en la capital apenas si permitían a las autoridades a dedicarse a otros asuntos que no fueran los de organizar a las fuerzas armadas para intentar contrarrestar el alzamiento militar.
Por tanto, los pueblos iban quedando en manos de las autoridades locales y en la mayoría de los casos, como estaba ocurriendo en Recondo, bajo la voluntad de los más exaltados. Porque el verdadero poder político y efectivo lo ostentaba el Comité del Frente Popular. Para ellos era imprescindible el control de todas las fuerzas efectivas del pueblo. Se pusieron al habla con el Comandante de Puesto de la Guardia Civil para conocer su posición en la nueva situación política que se había planteado. Aunque confirmaron su total adhesión a la legalidad de la República, se les indicó que debían mantenerse al margen de los acontecimientos y solo actuar cuando fuese requerida su presencia por las autoridades locales, porque no estaban convencidos de que su fidelidad fuese sincera.
Una de las primeras medidas que adoptaron fue requisar todas las armas que estaban en manos de particulares contrarios a la república. Se formó un pelotón de requisamiento que fue pasando casa por casa para que les entregasen voluntariamente las armas de fuego y las escopetas de caza. Si en algún sitio no querían colaborar o estimaban que les ocultaban algún arma, no dudaban en efectuar un concienzudo registro hasta descubrir todas las armas ocultas. Se recogiendo un total de 117 unidades. A continuación se procedió a entregar las armar a los particulares adictos al régimen, principalmente a los afiliados a partidos políticos y organizaciones sindicales, entregándose un total de 198 armas, entre escopetas, revólveres, mosquetones, pistolas, carabinas, tercerolas y fusiles. De esta forma se había organizado un pequeño ejército popular, formado por voluntarios de total adhesión a la república, que no dudarían en usar las armas que había recibido, para defender el orden y mantener a raya a los facciosos partidarios del fallido pronunciamiento militar que habían iniciado varios militares en el protectorado de Marruecos al mando de un joven general llamado Francisco Franco.
Se formaron escuadrones de vigilancia para evitar que nadie saliese del pueblo, con la orden expresa de disparar si fuera necesario. El nuevo alcalde publicó un bando declarando el estado de excepción y prohibiendo la salida del pueblo, fijando que se debían pedir autorización expresa los que quisieran ir a trabajar en la vega que distaba diez kilómetros del pueblo. Los hombres y mujeres congregados en la plaza empezaron con gritos de "vivas a la república" y "muerte a los fascistas" pidiendo la presencia de las autoridades. Desde el balcón del Ayuntamiento el nuevo alcalde arengó a los reunidos y les animó a defender la libertad constitucional republicana. Informó que la insurrección militar había fracasado en la capital y en las ciudades más importantes de la nación, y que sólo había tenido algún respaldo en la zona de Andalucía, pero que se esperaba que breves días las fuerzas leales a la república lograrían reducir a las tropas rebeldes. Poco después salía de la casa consistorial un grupo de voluntarios, fuertemente armados, con pañuelos rojos al cuello, precedidos por una gran bandera republicana que sólo desde hacía dos días había ondeado en el mástil del balcón del ayuntamiento. Hasta entonces las autoridades de Recondo se habían negado sistemáticamente a que la tricolor ondease oficialmente en el pueblo.
Al mando, Felipe "el Regalao" , el hijo de la tía Genuina, un joven jornalero que desde hacía ya cinco años se había afiliado al partido socialista, distinguiéndose desde un principio por sus posiciones radicales, su furioso anticlericalismo y un odio nunca disimulado a los amos.
-¡Al convento... hay que echar del pueblo a los curas y a las monjas..!
Ahora el grupo de manifestantes había crecido considerablemente y por la calle Real se encaminaron hacia el convento de las monjas de clausura. Los gritos contra los fascistas y los vivas a la república se mezclaban con algunos disparos que de cuando en cuando hacían los recién nombrados guardias de asalto. Detrás de las ventanas y tras los visillos de los balcones se podía adivinar a las aterrorizadas gentes de Recondo, que ni se atrevían a salir a las puertas de sus casas.
Llegaron a la puerta del convento. La guardesa salió precipitadamente al oír los golpes violentos del llamador. Quedó aterrorizada al ver las caras desencajadas y llenas de ira de esa gente, a los que conocía desde hacía tiempo, pero que ahora vociferaban y proferían amenazas de muerte contra ella y contra las pobres monjas que desde una de las ventanas de la clausura veían como aquella turba había llegado ya a las puertas del claustro.
-Di a esas mujeres que tienen media hora para salir del convento. Se pueden marchar donde quieran pero que no se les ocurra llevarse nada, porque las vamos a registrar cuando salgan... y tú márchate también si quieres que no te pase nada...
Felipe abrió de una patada la puerta de la capilla. Amparados en el anonimato del tumulto, cada cual iba cogiendo lo que estimaba de valor. Los candelabros de plata y bronce, las vasos sagrados de la sacristía, la sillería del coro; arrancaban los dorados de los altares. Alguien se atrevió a romper la puerta del sagrario y desparramó las ostias por el suelo.
El Remigio se había puesto una casulla dorada y se paseaba haciendo simulacros de bendiciones a diestro y siniestro.
María "la Huertana", una mujer de ya casi sesenta años, se había puesto un hábito de monja y se levantaba los faldones enseñando las bragas, jaleada por un grupo de jóvenes que gritaban a su alrededor. En el centro de la iglesia se iba amontonando todo lo que nadie había considerado de valor. Libros. Sobre todo, los libros. Los de oraciones de las monjas, los breviarios del capellán, pero también los libros de música, incluso algunos antiguos, con bellas miniaturas pintadas a mano, a los que nadie les había dado el más mínimo valor.
Las imágenes de San Francisco de Asís y la de Santa Clara, tallas de madera que podían ser de finales del XVII, rodaron por los suelos y fueron a parar al montón de los desechos. Un crucifico que podía ser de marfil y unos ángeles de escayola siguieron el mismo camino...
Nadie pudo decir, después, quién había encendido la antorcha. Los libros viejos fueron la mejor yesca y a los pocos minutos una pira ardía en el centro de la nave de la capilla que había fundado el señor conde, allá por el año mil seiscientos y pico. Las llamas prendieron en los paños del altar y de allí pasaron al retablo. Las columnas de madera que había diseñado Churriguera parecían que se iban retorciendo cada vez más. El cuadro de la Inmaculada de Lucas Jordán que presidía todo el conjunto, se volatilizó en unos segundos. Poco a poco los asaltantes habían ido saliendo de la capilla para registrar el resto del convento. Las monjas no se atrevieron a coger nada de sus pocas pertenencias y salieron lo más deprisa que pudieron. Varias eran del pueblo y fueron a sus casas, repartiéndose a las hermanas forasteras que no tenían donde ir. Dos horas después la guardesa, su marido y varios vecinos que se atrevieron a llegar al convento cuando se marcharon los asaltantes, habían conseguido apagar el fuego.
Todo era negro por el humo. Todo se había perdido. Imágenes, cuadros, libros, ornamentos, cálices... en fin, todo. En un rincón, ennegrecida también por el humo, una pequeña tabla de unos cincuenta centímetros de ancho por casi un metro de alto, con la parte superior redondeada. Había sido la puerta del tabernáculo y tenía pintado un bello cuadro de Alonso de Arco que representaba al Buen Pastor. Apenas si se veía la pintura pero sólo tenía dañadas algunas partes de los bordes. Felisa, la guardesa, lo limpió con un pico de su delantal y pudo comprobar que iba apareciendo la figura de Jesús y el cordero. Lo abrazó contra su pecho y se lo llevó para esconderlo en el fondo de la alacena de su casa. Para ella había sido un milagro que mitigó el dolor que había sentido viendo todos los incomprensibles acontecimientos que había vivido sin poder explicarse los motivos.
FIN DEL CAPÍTULO.
El capítulo X el próximo sábado, dia 5 de diciembre.
¡No te lo puedes perder!

LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPÍTULO X.


X


Ese mismo día, pero a la caída de la noche.

-¡Han matado a don Filomeno!
La noticia iba llegando de casa en casa. Nadie podía creerlo pero no había ninguna duda de su veracidad.
-Ha sido por la tarde. Querían entrar en la iglesia y él se ha plantado en la puerta para impedirlo... alguien ha disparado... y el pobre don Filomeno ha caído mortalmente herido... ha logrado arrastrarse hasta el altar mayor y allí, ha quedado tendido sobre las escaleras... sólo entonces han retrocedido... eran más de cincuenta, pero cuando han visto muerto al cura se han ido marchando a sus casas y han desistido de su intención de repetir en la iglesia lo que habían hecho por la mañana en el convento...
Al mediodía había subido don Gregorio, el maestro, a casa del cura para decirle lo que había pasado en el convento de las monjas y para obligarle a salir inmediatamente del pueblo, porque aquí nadie podía garantizar su seguridad.
- Don Filomeno, no debe ser usted tan terco, tiene que hacerme caso y macharse inmediatamente. Ya he preparado un coche que le trasladará a la capital. Allí tendrá donde esconderse hasta ver si podemos garantizar la seguridad en Recondo. Ahora es muy peligroso que se quede aquí.
- ¿No sois vosotros los que mandáis? Tomar las medidas necesarias para evitar que vuelva a ocurrir lo de esta mañana…
- Esto no hay quien lo pare… Ni Fermín ni yo podemos hacernos con las riendas de los acontecimientos y los más exaltados son los que están imponiendo su voluntad. He llegado a pensar que hasta nosotros mismos podemos estar en peligro si nos oponemos a lo que ellos quieren. No sé cómo va a terminar todo esto.
Pero de nada valieron las recomendaciones de su amigo el maestro. Hizo que su hermana utilizase el coche que le había ofrecido para que ella pudiese llegar hasta su pueblo, donde estaría a salvo y cuando ella se marchó, él se fue la iglesia. Cerró las puertas y fue recogiendo todo lo que iba encontrando de valor para esconderlo en el sótano donde había gran cantidad de chismes y era fácil que pudiese pasar desapercibido. Consumió también todas las hostias consagradas, para evitar que las pudieran profanar y se arrodilló delante del Cristo del altar mayor. Instintivamente hizo un acto de contrición y un particular examen de conciencia donde fue desgranando todo lo que había sido su vida. En el fondo de su alma estaba satisfecho de todo lo que había hecho, aunque pensó que este pensamiento podía ser un acto de vanagloria que podía ser pecado. Dio gracias a Dios por todo lo que le había dado y su espíritu quedo calmado.
Fue entonces cuando sonaron los primeros golpes en la puerta. Golpes y voces que retumbaban en las bóvedas de la iglesia y que parecía iban a derribar la puerta. Abrió la puerta y salió al atrio.
- ¿Qué queréis?, insensatos, ¡esta es la casa de Dios!
Su voz se perdió entre el griterío y, a empellones, le hicieron entrar en la iglesia. Abrieron las puertas de par en par y la turba se abalanzó dentro a pesar de que él intentaba detenerlos con los brazos abiertos.
Entonces sonó un disparo. El cura miró a los ojos de su asesino. Fueron unos instantes. Y en esos ojos vio el odio. Un odio que no mostraba ningún arrepentimiento cuando el viejo cura caía herido de muerte.
-¡Yo os perdono!
Posiblemente nadie escucho las últimas palabras del cura que, a duras penas se iba arrastrando por el suelo hasta que llegó a la escaleras del presbiterio, donde quedó muerto.
Alguien se acercó a él, le tocó en el cuello, y movió la cabeza.
-¡Está muerto!
Todos quedaron inmóviles. Era la primera víctima y era el cura. Y además todos sabían que era una buena persona que siempre les había ayudado. Los de la parte de atrás de la iglesia fueron los primeros en salir, después, poco a poco todos les fueron siguiendo y a los pocos minutos sólo quedaba el cadáver de don Filomeno, tendido boca abajo en las escaleras del altar mayor. Fuera, la mayoría se había ido dispersando y sólo un grupo de los más exaltados había subido a la torre de la iglesia. Cortaron las maromas que ataban las campanas y las tiraron a la calle desde lo alto del campanario. La campana grande, la que se utilizaba en las fiestas patronales, la Navidad, la Pascua y el Corpus Cristi, quedó partida en dos y el badajo se soltó de la campana rebotando sobre el suelo. Las otras dos más pequeñas, las que tañían para avisar el comienzo de los actos religiosos y los entierros, quedaron con grandes rajas que las dejaban completamente inservibles, sólo aptas para ser fundidas de nuevo. Desde abajo, un grupo vociferante de jóvenes, autoproclamados revolucionarios, festejaban la caída de cada una de las campanas, con gritos y vivas a la revolución y mueras a los fascistas y a los militares golpistas. El vino y el aguardiente, que no paraban de pasar de mano en mano, iban apagando los últimos residuos de remordimiento que pudiesen quedar a los que se habían conjurado para limpiar el pueblo de los reaccionarios enemigos de la república.
Los nuevos cargos municipales no eran capaces de controlar a los responsables del Comité Político Revolucionario que estaban decididos a imponer su justicia en el pueblo. Felipe, el Regalao, Isidoro, "Pelopincho", Julián, el "Negro" y Joaquín el Mangas, formaban la cúpula ejecutiva del Comité Político y habían planificado su plan de acción, sin tener en cuenta las recomendaciones de Fermín el Alcalde y de don Gregorio, el maestro, que intentaban infructuosamente controlar los acontecimientos y habían llegado, incluso, a amenazarles con denunciarles ante las autoridades gubernamentales.
Los del Comité sabían que su capacidad de maniobra sería escasa cuando se normalizase la situación. Por lo tanto era necesario moverse con rapidez para poder consumar sus venganzas personales lo antes posible.
-El primero debe ser don Nicomedes, el del Solar. Ese cabrón tiene que pagar por lo que le hizo a mi novia…
-A tu novia y a otras más… esta noche hay que hacerle pagar por todas sus fechorías…
-Luego también don Enrique, el antiguo alcalde…
-Y don Atenodoro, el administrador de Correos., que le debo quinientos reales y así saldo la deuda…
-Vamos a sus casas, hay que cogerles desprevenidos…
Había pasado ya la medianoche. Escogieron diez guardias de asalto de total confianza, les facilitaron armamento y munición suficiente, les dejaron muy claro que nunca deberían contar a nadie lo que viesen esa noche y salieron camino de la calle Grande para detener a don Enrique. No había nadie por la calle. Cuando se iban acercando a la puerta, colocaron a varios guardias en las esquinas para evitar que nadie pudiese acercarse de improviso. No había ninguna luz encendida en la casa. Dieron varios golpes con el llamador, sin recibir ninguna respuesta.
-¡Abran la puerta si no quieren que la derribemos...!
No contestó nadie. De nuevo se repitieron las llamadas, ahora también con la culata de un fusil, pero con el mismo resultado.
Alguien acercó un hacha y una barra de hierro. A los pocos minutos la puerta estaba descerrajada y los cabecillas con cinco guardias de asalto entraron en el zaguán de la casa. Todo estaba completamente a obscuras. Dieron al interruptor de la luz que había cerca de la puerta. Se encendió una bombilla en el portal y otra en el inicio de la escalera que subía a la planta de arriba, pero seguía sin haber ni rastro de los propietarios.
Cuando se cercioraron que no había nadie en la casa, encendieron todas las luces para hacer una concienzuda búsqueda de todo lo que pudiese haber de valor. No había duda que los dueños habían abandonado la casa precipitadamente porque se habían dejado prácticamente todo. En los cajones de la cómoda encontraron las joyas de la señora. Había dinero en un cajón de la mesa del escritorio de don Enrique… cubiertos de plata, candelabros de bronce y figuritas que podían ser también de plata… El hacha que les había servido para romper la puerta, la emplearon también para destrozar los muebles del comedor y del dormitorio. Con los papeles hicieron un montón en medio del patio y lo prendieron fuego…Allí habían terminado y había que continuar, porque la noche era corta y la tarea larga. Cuando salieron de la casa, en el centro del patio sólo quedaba un pequeño rescoldo con las brasas de la hoguera que estaba a punto de apagarse.
Decidieron dividirse para terminar antes con las detenciones y evitar que se pudiesen avisar unos a otros. Para unos la siguiente parada era la Administración de Correos, los otros se dirigieron a "el Solar".
Estaba cerca de la plaza, pero cuando la cruzaron tampoco había nadie. Sin duda que la mayoría de los habitantes de Recondo esa noche no iban a dormir pero estaban encerrados en sus casas, intentando adivinar lo que pasaba al otro lado de las puertas y de las ventanas.
-Hay que impedir que huyan… Vosotros dos, id por la calle de atrás para evitar que puedan salir por la puerta falsa…
Los golpes de la aldaba resonaron en todo el caserón. Allí tampoco respondía nadie ni había ninguna luz que delatase actividad dentro de la casa. Un guardia de asalto llegó corriendo desde la calle de atrás…
-¡Se escapan por las tapias de la corraliza, venid todos, corred...!
El hijo había sido el primero en saltar la tapia por la esquina más distante de la puerta falsa, y corrió despavorido hasta perderse en la oscuridad de la noche, sin esperar a que su padre pusiese los pies en el suelo…
-Dejad que se marche, el que nos interesa es el viejo…Don Nicomedes se había quedado subido a la tapia sin atreverse a saltar hasta la calle. Para subir desde la corraliza habían utilizado una escalera de mano, pero ahora no tenía más remedio que saltar. Por aquella parte, la tapia no llegaba a los dos metros de altura. Intentó volverse hacia su casa pero uno de los guardias de asalto le cogió por un pie para impedírselo. Tiraron de él y cayó a la calle golpeándose la cara contra las piedras de la acera, aunque el golpe se amortiguó al caer primero sobre el brazo y la rodilla izquierda.
Dentro aún quedaban doña Margara y su hija Sacramento. José, su yerno, había salido al anochecer a casa de sus padres y no había podido regresar a "el Solar" por miedo a las patrullas de milicianos que patrullaban el pueblo.
Las dos mujeres quedaron en silencio, al otro lado de la tapia, sin atreverse a asomarse para ver lo que ocurría en la calle. El viejo, sangrando por una brecha que se había abierto en la ceja izquierda y cojeando por el golpe que había recibido en la rodilla, fue maniatado y así conducido hasta la cárcel que desde hacía unos días se había convertido en la checa del pueblo.
Allí estaba ya don Atenodoro, maniatado y lloroso, aunque aún no tenía ningún signo de haber sido maltratado. En una de las habitaciones se oía el murmullo de conversaciones que a veces subía de tono y se escuchaban voces llamando al orden a los que debía estar allí reunidos. Allí estaban Fermín, don Gregorio, y todos los componentes del Comité Político de Recondo.
- Esto no lo vamos a consentir. Lo de esta mañana en el Convento y lo del pobre cura es intolerable. O deponéis vuestra actitud y os atenéis a las leyes de la República, o tendremos que tomar medidas contra vosotros.
- Aquí manda el Comité Político. Lo dicen bien claro las normas recibidas del Partido. Si tú, Fermín, no estás de acuerdo, presentas la dimisión como alcalde y te marchas a tu casa. Y tú, camarada Gregorio, lo mejor que puedes hacer es dejarte de poliquiterías y aceptar lo que nosotros digamos. Y si no estás de acuerdo… pues te marchas a tu casa y nos dejas en paz, si no queréis correr vosotros la misma suerte que estos cerdos fascistas…
- Pero es necesario hacer las cosas de acuerdo con la Ley. Si ellos son unos traidores que han intentado sublevarse contra la Patria, se les juzga, y cuando se les condene, se ejecuta la sentencia… Pero nosotros debemos respetar la Ley…
- ¿Respetar la Ley con ellos, que nunca la han respetado? Ya era hora que a estos cerdos les llegase su San Martín… y ahora van a pagar por todo lo que nos hicieron a nosotros durante toda la vida.
- ¿Qué pensáis hacer con esos que habéis traído?
- Mejor es que no lo sepáis, lo mejor que podéis hacer es marcharos a vuestras casas… dejadnos solos… si no veis lo que pasa, no tendréis remordimientos… porque ahora, parece, que os habéis olvidado de todo lo que decíais no hace mucho tiempo…
Los dos se marcharon. Sabían lo que iba a pasar; no estaban de acuerdo, pero no se atrevieron a enfrentarse con sus camaradas que estaban decididos a zanjar, de una vez por todas, los viejos agravios que habían tenido que sufrir de los que ahora tenían detenidos.
Durante veinte interminables minutos habían dejado solos a los dos detenidos, atados a la silla donde estaban sentados. Ninguno de los dos se había atrevido a decir nada, tan sólo se miraban trasmitiéndose todo el horror que estaban sintiendo en esos momentos.
-Tú, "señorito" Nicomedes, vas a ser el primero… ¡Traedle a la sala de interrogatorios!
Felipe el "Regalao", había dado la orden que los dos guardias que le acompañaban cumplieron inmediatamente.
Lo que llamaba sala de interrogatorios era un pequeño cuarto de no más de diez metros cuadrados, sin ventanas, y con solo una puerta metálica de entrada. Había una bombilla con una tulipa colgada del techo, una mesa con un flexo encima, a la izquierda de la entrada, detrás un sillón de madera, y una silla en el centro de la habitación.
-Desnúdale y nos dejas solos…
Aunque era pleno mes de julio, y durante todo el día había hecho mucho calor, ahora en aquel cuartucho lóbrego hacía un poco de fresco, o eso al menos es lo que sintió don Nicomedes cuando se quedó totalmente desnudo, con las manos atadas a la espalda, y de pié junto a la silla del centro de la habitación.
- Bueno, bueno, señorito…
Felipe desenfundó un machete que llevaba colgado al cinturón, lo dejó sobre la mesa y encendió un cigarrillo. Se acercó a él y le soplo el humo a la cara.
-Ahora me vas a contar a mí lo bien que te lo pasaste con mi novia aquel día en tu casa… Me vas a decir lo buena que estaba, lo que te gustaron sus tetas… y cómo te la tiraste… Porque te la tiraste, ¿verdad?
- Por Dios, Felipe, yo no la hice nada…
- Pues no es eso lo que contabas en el Casino… Y además yo no creo en Dios, por lo que me lo tendrás que pedir por otra cosa, si quieres que te deje marchar…
- Por lo que más quieras… Te puedes quedar con la finca que quieras… pero no me hagas daño… ¡por favor!
Había levantado el foco del flexo iluminando su cara. Durante todo el tiempo no paraba de dar vueltas a su alrededor jugueteando con el machete que de vez en cuando acercaba a la cara del viejo.
- La verdad es que estoy por creerte, porque "eso" ya no te debe servir para nada… Y las cosas que ya no sirven… lo mejor es tirarlas…
Sin apenas terminar de hablar, de un solo tajo del machete seccionó todo su órgano viril. Sus gritos se oyeron en todo el edificio de la cárcel, pero nadie entró en el cuarto donde estaban los dos hombres. Cayó al suelo sobre el charco de sangre que manaba con abundancia de su herida. Con el machete también le cortó la cuerda de sus manos y le tiró encima su camisa.
- Tapónate la herida, si no quieres desangrarte…
Apagó las luces y salió de la habitación, dejándole solo, tendido en el suelo y retorciéndose de dolor, pero ya sin apenas fuerzas para seguir gritando. Nicomedes oyó el cerrojo al cerrarse por fuera y a partir de ese momento, totalmente a obscuras no supo el tiempo que iba trascurriendo, traspasado por el dolor que sentía y por la debilidad que se iba apoderando de él por la pérdida de sangre que aún notaba que salía de la herida. Aunque durante su vida apenas si había rezado, ahora se acordó de Dios. No para pedirle perdón ni clemencia porque pensase que iba a morir, sino para recriminarle por haberle abandonado. ¿Qué clase de Dios era, para permitir que esos rojos ateos se ensañasen de esa forma con un buen cristiano, que durante toda su vida había cumplido con los principales mandamientos de su Iglesia…? Iba a misa los domingos, comulgaba por la Pascua… incluso hacía obras de caridad cuando llegaban las Navidades… y era el presidente de la Cofradía del Santo Patrono del pueblo… No había derecho… no podía ser que su Dios le hubiese abandonado… Era verdad que en ocasiones había impuesto su voluntad a los demás, pero eso no era más que la constatación de la superioridad que el mismo dios le había otorgado haciéndole superior a la mayoría de mediocres que le habían rodeado durante toda la vida. No podía entender que esto le pudiese estar ocurriendo a él…que tenía la costumbre de regalar una finca a los criados de la casa cuando se iban a casar… como le habían enseñado sus mayores… Dios se debía haber vuelto loco…
Mientras tanto, Julián "el Negro", se había encargado de ajustar sus cuentas con el otro detenido. Estimó que con un par de golpes por cada duro que ya no le tendría que pagar era más que suficiente. El pobre don Atenodoro quedó también solo y maltrecho en otra de las dependencias de la checa, desde donde había podido escuchar los alaridos de su compañero de cautiverio.
- No podemos dejar rastro de lo que ha pasado. Tenemos que matarlos. Si les dejamos vivos, mañana vamos a tener que dar demasiadas explicaciones… Lo mejor es terminarlo todo esta noche…
Mandaron traer un camión y subieron a los dos detenidos. El Administrador de Correos quedó horrorizado cuando pudo comprobar lo que habían hecho a su amigo, que apenas si se tenía en pié y no paraba de quejarse. Vio como salían del pueblo y se dirigían hacia el camposanto. Cuando estaban a poco más de cincuenta metros de la puerta se detuvieron.
A él le bajaron primero. Un tiro seco, bocajarro en la cabeza, terminó con su vida y su cuerpo se desplomó quedando tendido sobre el polvo blanco del camino.
- Al otro, todavía no, antes vamos a darle un paseo… como a él le gustaba darlos con su tílburi…
Le bajaron a duras penas del camión, le ataron los pies al extremo de una cuerda, sujetando el otro extremo al eje del vehículo.
- ¡Písale a fondo!
Durante doscientos metros el cuerpo del infeliz fue dando saltos, rebotando en los lindazos y con las piedras que había a lo largo del camino. Cuando el camión llegó de nuevo junto a la puerta del cementerio el cuerpo ensangrentado de uno de los señores más importantes de Recondo todavía presentaba alguna leve señal de vida.
- ¡Déjale que sufra un poco más! ¡Que tenga tiempo para pensar en todas las mujeres que violó, en todos los pobres de los que se aprovechó, en todo lo que deja aquí, porque ahora ya no se puede llevar todo lo que robó durante toda su vida. Pero
"El Mangas" se apiadó de él y de un disparo le voló la tapa de los sesos. Estaba amaneciendo. Los cuatro hombres habían terminado de cubrir el hoyo que habían abierto junto a la tapia del cementerio. Pusieron unos matojos de broza encima, para disimular la tierra removida, y cuando entraban en Recondo escucharon el primer canto de un gallo en aquella calurosa mañana de finales de julio.
Felipe, por fin, podía descansar tranquilo porque había hecho justicia y había degustado el sabor de la venganza…el dulce sabor de la venganza.

FIN DEL CAPÍTULO.El capítulo XI el próximo sábado, dia 12 de diciembre.
¡No te lo puedes perder!

LOS VELOS DE LA MEMORIA. CAPITULO XI


XI
Un frío día del siguiente mes de noviembre.


Las tropas del ejército republicano se estaban acantonando en la zona, porque era inminente el comienzo de la que se había bautizado como la "Batalla del Jarama", en la que las fuerzas contendientes iban a luchar para cortar o mantener la comunicación de la capital con la zona de Levante, de vital importancia para el suministro de víveres y armamento para el ejército de la República.Hasta Recondo estaban llegando varios batallones de las Brigadas Internacionales. Había rusos, italianos, ingleses y los jóvenes soldados norteamericanos de la Brigada Lincoln. El pueblo se había convertido en una Babel incontrolada. Nadie se entendía con nadie. Los propios cabecillas de las brigadas tenían grandes dificultades para coordinar sus acciones. Se hablaba en ruso, en inglés y en italiano, y apenas si había un par de intérpretes, que se veían impotentes para atender a todos los que se lo solicitaban. Las autoridades municipales no daban a basto para atender las demandas de los militares que solicitaban mapas de la zona y datos de los alrededores. Habían requisado las tres máquinas de escribir que había en el pueblo para que pudiesen escribir las órdenes para sus batallones, y también habían decretado el toque de queda a partir de las siete de la tarde prohibiendo que los civiles saliesen de sus casas. Con esta medida más que mantener el orden trataban de evitar que los jóvenes soldados cometiesen cualquier atropello. Sin embargo esta medida no fue suficiente, pues contaban que varias mujeres habían sido violadas, aunque ninguna de ellas se había atrevido a presentar ninguna denuncia a las autoridades.
Además no paraban de llegar paisanos de los pueblos de alrededor donde se preveía que se iba a desarrollar la batalla. Eran familias enteras que llegaban con lo más imprescindible, para acomodarse en las casas donde les querían admitir. Apenas si podían pagar nada y sufragaban los gastos que ocasionaban colaborando en las tareas domésticas y agrícolas de los que les acogían. Los habitantes de Recondo, acostumbrados como estaban a la tranquilidad y a que en el pueblo nunca pasase nada, estaban sobrecogidos por los acontecimientos de los últimos meses. Sobre todo, los trágicos sucesos del pasado 21 de julio, con la quema del convento de las monjas, el asesinato del señor cura y la desaparición de don Nicomedes y don Atenodoro.
Durante las semanas siguientes se siguieron sucediendo los asesinatos y desapariciones, y en los alrededores de Recondo se encontraron los cadáveres de don Indalecio, de Pedrito Rodríguez, de don Esteban Pelayo y de dos desconocidos, que después se supo que eran de un pueblo vecino. Algunas familias habían podido huir del pueblo. Don Enrique, el ex-alcalde, con doña Clotilde y su hija había logrado escapar ese mismo día, a la caída de la tarde en un coche que tenían preparado. Luego se había sabido que estaban escondidos en la capital en casa de unos parientes.
Las casas de los que habían huido del pueblo fueron ocupadas por los miembros del Comité Revolucionario para albergar en ellas a los militares que estaban llegado al pueblo y las utilizaron como nuevas checas populares por donde iban pasando los enemigos de la república para ser interrogados.
La casa de don Enrique, el ex alcalde había sido ocupada por los miembros del Comité Revolucionario de Recondo, para instalar su cuartel General. En su despacho se instaló Felipe. Desde allí dictaba sus consignas y dirigía la política del pueblo. Hasta ese despacho tenían que acercarse hasta los mandos militares para conseguir las oportunas autorizaciones para conseguir con más facilidad lo que necesitaban, porque nada se hacía en Recondo sin la autorización de sus nuevos "señores" como a ellos les gustaba llamarse en privado. Y hasta aquella casa iban llegando, a petición de sus nuevos "dueños", los que ellos consideraban enemigos para ser interrogados. No se libraba nadie. Ni viejos, ni jóvenes, ni hombres ni mujeres. Sobre todo las mujeres, y más las mujeres jóvenes, iban pasando, poco a poco, por aquella casa.
- Las mujeres son las que más información nos van a dar de nuestros enemigos, porque son más débiles, y están más asustadas. Además, ya sabéis, todo está permitido si es por el bien de la República.
Era una de las consignas que había dado Felipe a sus compañeros. Y ellos la iban a seguir al pie de la letra.Los hombres eran torturados sin piedad, aunque procuraban no dejar signos evidentes del maltrato, y les mantenían detenidos hasta que su aspecto no delataba lo que realmente había ocurrido.
A las mujeres no las retenían más tiempo que el necesario. Una a una, las desnudaban, las dejaban a oscuras en la sala de interrogatorios que era la antigua salita de doña Clotilde; después de pasados unos interminables treinta o cuarenta minutos, entraban los comisarios políticos, que sentados detrás de una mesa, simulando un tribunal, iniciaban el interrogatorio de la muchacha que tenía que permanecer de pie, desnuda, delante de sus verdugos.
Eran preguntas sin ninguna intención política, que indefectiblemente devenían al terreno personal...
- ¿Con cuantos hombres te has acostado?
Nunca solían contestar, hasta que no les obligaban.
- ¿Cuál de nosotros quieres que te enseñe lo que es un hombre de verdad?
Después, mientras ella suplicaba entre sollozos que la dejasen, ellos se sorteaban quien sería primero en violarla... Luego la dejaban irse, con la amenaza de un nuevo "interrogatorio" si contaba lo que le habían hecho.
Por allí pasaron las hijas más jóvenes de los antiguos señores de Recondo. La mayoría no se había atrevido a decir nada, pero terminó sabiéndose todo, porque eran ellos mismos los que presumían de lo que estaban haciendo en la casa de don Enrique.
Unos días después, llegaron de la capital altos responsables políticos que se hicieron cargo de la situación. Todos los miembros del Comité Revolucionario fueron detenidos. Se comentó que habían sido encarcelados y que serían sometidos a juicio, aunque fueron noticias que no llegaron a confirmarse. Después se supo que se habían ofrecido para luchar en el frente, y de vez en cuando aparecían por Recondo, aunque procuraban pasar desapercibidos, manteniéndose al margen de la actividad política.
Después de todo esto, pasado el mes de agosto, se habían ido calmando los ánimos y por fin se habían impuesto las indicaciones de Fermín y don Gregorio que se habían hecho con el mando con el soporte armado de la Guardia Civil.
Aunque oficialmente se dio por desaparecido a don Nicomedes, doña Margara sabía que había muerto ese mismo día. Pero no derramó ni una sola lágrima. "Hay que ser valientes y mostrarse fuerte ante los enemigos" dijo a sus hijos. "Ahora más que nunca debemos permanecer unidos. Ahora es tiempo de amargura; pero llegará el tiempo de la venganza."
La pequeña Petronilita seguía en el pueblo con sus familiares. Era casi imposible ponerse en comunicación con ellos y aún desconocía lo que había pasado con su padre, pero las noticias de la zona eran que por allí todo estaba calmado.
Otro problema que amenazaba a la familia era el reclutamiento que estaba realizando la República para engrosar el ejército. Se habían incorporado ya los voluntarios y se había empezado a llamar a filas a todos los hombres entre veinte y treinta y cinco años. Los más jóvenes estaban siendo citados para su adiestramiento en campamentos y cada día aumentaba el número de los que recibían la citación. Ayer mismo había recibido la carta el marido de Sacramento. Se debía incorporar la semana siguiente.
La carta para Nicolás podría llegar de un momento a otro. Mientras tanto doña Margara se había negado sistemáticamente a recibir a ninguna familia en su casa, ni tampoco aceptó que acomodasen en "el Solar" a ninguno de los jefes militares que se estaban estableciendo en el pueblo. Las autoridades debían conocer lo que había ocurrido con su marido y pasaron por alto su negativa, sin duda queriendo respetar su duelo, aunque recibió serias advertencias de que podría ella misma ser detenida si seguía manteniendo esa postura. Llegó la fecha del alistamiento de José, y aquella mañana salió de la plaza en un camión con diez paisanos más camino de un campamento cercano a la capital. Al día siguiente llegó también la carta reclamando la incorporación a filas de Nicolás para diez días después.
-Madre, yo no puedo ir al frente. Tiene usted que hacer algo para evitarlo… yo tengo mucho miedo… y no lo podría soportar…
- Hijo, ya eres un hombre. El único hombre de la casa y tienes que ser valiente… No te preocupes, no te pasará nada… Dios te va a guardar, ya que se ha llevado a tu padre…
Nicolás no podía quitarse de la cabeza todo lo que había ocurrido aquella triste noche. Después de saltar por la tapia, corrió a refugiarse en la casa de los padres de su cuñado. Contó lo que estaba pasando, pero ninguno se atrevió a salir de la casa.
A la mañana siguiente, cuando llegaron a casa y su padre no regresaba, ni nadie daba ninguna referencia de lo que había pasado, todos se pusieron en lo peor y llegaron a la conclusión de que había muerto junto con el administrador de Correos. Nicolás estaba totalmente hundido. No quería comer y no se atrevía a salir de la casa. Allí solo quedaban ya su madre y su hermana Sacramento. Los criados ya no bajaban a trabajar y tan solo la fiel Tomasa se acercaba todas las mañanas para hacer las compras a la señora. Él se solía esconder en lo más profundo de la cueva. Allí en invierno hacía mejor temperatura, se acurrucaba en un rincón, completamente a oscuras, arrebujado en una manta, y allí pasaba largas horas hasta que su madre o su hermana le llamaban para las comidas.
Había entrado en un depresión profunda que además del abatimiento de ánimo, le había dejado sin ganas de comer, lo que le estaba haciendo perder peso hasta dejarlo en un estado lamentable. Se habían terminado las labores de la vendimia y aún no era tiempo de empezar a recoger la aceituna, por lo que las labores del campo eran escasas.
Además la falta de mano de obra por la marcha al frente de guerra de los hombres jóvenes iba a obligar a desatender los trabajos del campo. Todo el pueblo estaba sobresaltado y con una actividad inusual. En la plaza se habían instalado grandes cocinas para hacer la comida para los soldados que no paraban de llegar al pueblo. Se estaban acondicionando el convento de las monjas para utilizarlo como hospital de campaña. La Iglesia se había convertido en garaje y taller de reparaciones para los vehículos del ejército. El cuadro de la Asunción, pintado por Goya que presidía el retablo de la iglesia había sido trasladado a la capital, siguiendo instrucciones del Ministerio de Educación Pública, para evitar su deterioro. Todos los cuadros de los grandes museos serían enviados a un país neutral durante el tiempo que durase la guerra. Por las noches se apagaban todas las luces de las calles y estaba ordenado que sólo se podían encender las de las casas cuando estuviesen todas las ventanas totalmente cerradas. Era necesario evitar que el pueblo pudiese ser localizado por la aviación. Todavía no había habido ninguna incursión de los bombarderos alemanes pero esto podía ocurrir en cualquier momento.
Aunque oficialmente se había iniciado el curso escolar a mediados de septiembre, se había cerrado el colegio religioso y solo se mantenía abierta el aula del ayuntamiento, atendida por don Gregorio, aunque apenas si asistían media docena de alumnos. La mayoría de los niños no acudían a la escuela y deambulaban por las calles pidiendo chocolate y azúcar a los soldados. Eran los que menos dificultad tenían para hacerse entender por los extranjeros. Los juegos a las guerras habían sustituido a los libros y la anarquía había llegado también hasta los más jóvenes que campaban a sus anchas por el pueblo sin someterse a ninguna disciplina. Las autoridades municipales dictaron un bando recordando la obligación que tenían los padres de enviar a sus hijos a la escuela, aunque asumían que esta orden no iba a ser obedecida y recomendaban que, al menos, los niños no estuvieran por las calles en horas lectivas.
FIN DEL CAPÍTULO.
El capítulo XII , debido a la celebración de las Fiestas de Navidad,
se publicará el próximo mes de enero.
De todas, formas:
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