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viernes, 3 de agosto de 2012

EL AMO. EPÍLOGO Y FIN


Cuando Nicomedes Martínez Hinojosa guardó en el portafolio  las copias de las escrituras y en su cartera el cheque bancario por importe de cinco millones de pesetas que le terminaban de entregar en presencia del señor notario, no tuvo ninguna sensación especial. En esta ocasión él era representante de la parte vendedora en su nombre y en el de sus dos primas, pero este pueblo no tenía ninguna significación afectiva para él. Ni el pueblo ni la casa que llamaban el Solar, que terminaba de vender.
Habían pasado varios años desde la muerte de la abuela Rosa; cuando los hijos decidieron vender la casa de la calle Leganitos, encontraron los documentos que había dejado su madre para ellos antes de morir, entre los que estaban las partidas de nacimiento de los dos y en su dorso la nota manuscrita de su padre en la que reconocía sin ningún género de dudas su paternidad. Entonces pensaron que este documento podría ser suficiente para reclamar la parte de la herencia paterna que les pudiese corresponder.
Los trámites de la demanda fueron largos. Por fin el juez aceptó la demanda y les dio la razón; pero los que hasta ahora se habían considerado como únicos  herederos legales fueron interponiendo recursos, cada vez que una instancia superior seguía reconociendo los derechos de los demandantes.
Cuando el Tribunal Supremo falló a  favor de los herederos de su abuela Rosa, se terminaron las posibilidades de la otra parte de seguir apelando, y por primera vez se creaba jurisprudencia al aceptar un documento privado manuscrito como prueba para reconocer una paternidad.
Se habían hecho previamente las oportunas averiguaciones para conocer los bienes que pertenecían al abuelo Nicomedes, y a pesar de que después de su muerte se había producido la venta de muchas propiedades, todavía quedaba suficiente patrimonio para que a todos los herederos les quedara una aceptable minuta.
La decisión final del juez fue asignar a los hijos de su legítima esposa doña María de la Amargura Pastrana las fincas rústicas y una pequeña casa en Recondo y a los hijos de su protegida doña Rosario Buitrago Martínez, la finca urbana en Recondo, conocida como El Solar.
Aunque posiblemente la parte que se asignó a sus hijos legítimos pudiera tener un valor teórico superior, el asignar el solar a sus hijos naturales representaba un verdadero guiño del destino. El Solar que había representado para doña Margara la culminación de toda su ambición de pertenencia a la élite social de Recondo y por el que había sido capaz de cometer todos los desmanes inimaginables hasta perder, incluso, sus valores morales, para ser aceptada por todos como dueña y señora del Solar; ahora iba a pasar a manos de unos desconocidos, para los que la casa no tenía ninguna significación y sólo les interesaba su valor económico.
Para doña Margara, ya muy mayor pero con sus facultades mentales intactas, al conocer la noticia, supuso el tener que aceptar que toda su vida había sido un rotundo fracaso al no poder legar a su heredera lo que era el símbolo del poder y el prestigio de la familia. Ella se había prometido que no saldría de esa casa si no era muerta y eso, al menos, sí se lo concedió el destino, porque unos días antes de la fecha marcada por el juez para dejar libre la propiedad, moría rodeada por sus familiares pero sin haber logrado limpiar su conciencia de todos las maldades que cometió durante su vida, motivadas por su soberbia y por su enfermizo deseo de venganza contra todos los que se intentaron cruzar en su camino.
La muerte de su hijo, de la que acusó a personas inocentes para ocultar el suicidio,  la manipulación a sus propias hijas para que hicieran siempre su voluntad sin importarle lo que ellas pudieran querer y el engaño a su marido para casarse con él, y toda una vida en la que nunca le llegó a mostrar ni un ápice de cariño, no podían tener otro colofón que el perder lo más importante para ella, el Solar.
Al contrario, Rosa no vivió su triunfo. Pero ella tampoco lo necesitaba. Se hubiera alegrado mucho, por supuesto, de que la casa de su Amo, fuese para sus hijos, pero para ella tampoco significaba prácticamente nada ese caserón de Recondo. Ella hubiese tenido la íntima satisfacción de que toda su vida entregada a un hombre, tuviera ahora la recompensa de que sus hijos que habían tenido que crecer sin un padre de pequeños y después tener que ocultar su identidad, recibieran ahora una recompensa económica, aunque realmente no la necesitaban.
Y como no la necesitaban, ni Rosa ni Genaro quisieron hacerse cargo de la herencia y la cedieron a sus hijos. Aunque últimamente había cambiado un poco la valoración que tenían de su padre, no podían perdonarle todos los años de niñez en los que no entendían por qué ese hombre que llegaba de vez en cuando a casa, que alguna vez los traía algún regalo, que dormía en la alcoba de su madre, y que ella decía que era su padre, no se quedaba en casa como los padres de todos los niños que conocían. Y cuando fueron mayores y su madre les contó la verdadera situación no entendieron por qué no les había reconocido como hijos ni había permitido que fuesen nunca por el pueblo de su madre.
Las hijas de Rosita y el hijo de Genaro no vivieron nunca esta realidad familiar. Para ellos era normal el no conocer a todos sus abuelos, pero eso también les ocurría a los otros chicos. Cuando se solucionó todo y los padres les informaron que iban a heredar de su abuelo, no tuvo más repercusión que la alegría de acceder a un dinero que les podría ayudar a mejorar su situación económica para conseguir una casa, comprar un coche o celebrar una boda más elegante.
El joven Nicomedes sólo había estado una vez en Recondo y fue con motivo del entierro de la abuela. Habían visto también el panteón en el que les dijeron que estaba enterrado el abuelo, y su padre le dijo que rezase un padrenuestro, pero nada más. Posiblemente volviesen por allí cualquier día porque era un pueblo muy bonito y se veía que había buenos sitios para comer y que todos los domingos llegaban muchos turistas a pasar el día.
No se conocieron con los otros herederos de la familia de su abuelo. Cuando se efectuó la adjudicación judicial de los bienes, sólo estuvieron presentes los abogados de las dos partes y nunca llegaron a coincidir con ellos porque todos los que aún vivían habían abandonado Recondo.
Para él no había velos que modificasen la percepción de su memoria. Su familia nunca había tenido que descorrer los velos que distorsionan la memoria e impiden conocer lo que realmente había ocurrido.
El sedoso y gris velo del tiempo se fue decorriendo poco a poco, y Rosa supo aceptar una realidad, muchas veces poco agradable, pero que siempre aceptó con total normalidad.
Para ella nunca existió el oscuro y espeso velo del olvido, porque siempre pensó que de todos los avatares de la vida siempre se podía sacar algo positivo.
Rosa siempre fue sincera con sus hijos y nunca trató de mentirle cuando ellos fueron capaces de entender la situación especial en que se encontraba, aceptando una realidad en la que ella nunca consideró que era culpable, por lo que el pegajoso y camaleónico velo de la mentira sólo se utilizó para difuminar la realidad hacia una sociedad hipócrita que no aceptaba públicamente situaciones que en privado potenciaba.
El pesado y pardo velo del recelo nunca se interpuso en su vida, porque había aceptado su situación y nunca consideró como enemigos, ni a las personas que no se habían comportado bien con ella.
Tampoco sufrió el velo ruin y tornasolado del resentimiento, porque había aprendido a no esperar de nadie lo que sabía que nunca le iban a dar.
Y por fin, nunca necesitó el frío y negro velo de la venganza, porque nunca deseó el mal a nadie, y siempre pensó que sería el Destino quien al final haría justicia para todos.
El recuerdo de Rosa quedó en la memoria de sus hijos y de sus nietos, que se encargaron de trasmitir a los hijos de sus hijos. El recuerdo de una mujer fuerte, cariñosa, sufrida y entregada a los suyos, enamorada de un hombre egoísta y soberbio, fruto de una época y de una educación caduca, que no tardaría en ser arrasada por los acontecimientos que se fueron produciendo en los años siguientes. Un hombre que no supo apreciar su afecto, aunque, dentro de su mentalidad fue posiblemente con la única mujer que tuvo un comportamiento responsable.
La abuela Rosa, descansa en un rincón del cementerio de Recondo, junto al lujoso panteón de una familia adinerada y de alta alcurnia, en una pequeña tumba con una blanca lápida de piedra, que poco a poco se irá tiñendo con el moho de la humedad y del paso del tiempo, pero en la que se podrá leer aún cuando pase muchos años una frase tallada en grandes letras, que casi nadie entenderá en todo su sentido, y que podía ser el colofón de toda una vida: "JUNTO A TI, PARA SIEMPRE".

Baños de Fitero: 25 de febrero de 2012.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE DE LA NOVELA "LOS VELOS DE LA MEMORIA- EL AMO"
Espero que os haya entretenido.


Si quieres leer toda la novela de nuevo, la puedes encontrar íntegra pinchando en la portada del libro que aparece al final de la página principal de este blog, en "Mis libros de ficción".

lunes, 30 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXVIII


Aunque se encontraba mayor, había cumplido ya los setenta años, se decidió a emprender este viaje que muchas veces había pensado. Aunque no era un viaje cómodo, su hijo la llevó hasta la estación del tren y cogió un billete de ida y vuelta para Recondo.
La mañana soleada hizo el viaje mucho más llevadero. El tren iba recorriendo los campos en los que ella había trabajado de pequeña, ayudando a sus padres. Los chopos y los álamos blanco serpenteaban por la vega siguiendo el curso del río que apenas si llevaba el agua suficiente para regar esas tierras, generosas con sus cultivos y bellas para ser admiradas a través de la ventanilla del tren. Cuando se acercaba al pueblo, lo primero que se divisaban eran los dedos alargados de los cipreses del camposanto. Detrás la silueta de la iglesia y las casas escalonadas en la falda del monte que descendía hasta la plaza.
Llegó a la estación de Recondo a eso del mediodía. En el tren viajaban tres arrieros que habían cambiado sus carros por este nuevo medio de transporte para llevar los odres de vino hasta Madrid. También habían subido en las estaciones de los pueblos algunos hombres y mujeres con las ropas de domingo, que irían a solucionar algún asunto oficial a Recondo que era la cabeza de partido de la comarca. Habían llegado ocho o diez hombres, en traje de faena, que no hablaban con nadie y solo cuchicheaban entre sí, con frases cortas e ininteligibles. Rosa pensó que debían ser estraperlistas, que iban al pueblo a por las mercancías sin que pasasen por los controles de la oficina de Abastos. Eran legumbres, harina, patatas y hasta alguna vasija de aceite. Los cargaban en sacos que luego iban tirando desde los vagones, antes de llegar a la capital, aprovechando las cuestas en las que el tren perdía velocidad. En el campo, varios hombres esperaban para recogerlos y ponerlos a buen recaudo antes de que las autoridades pudiesen confiscarlas.
Lo bueno que tenía Recondo era que allí la gente estaba acostumbrada a la llegada de muchos forasteros y nadie reparaba en ellos. Rosa no llamó la atención y nadie la llegó a reconocer. Bajó hasta la plaza que hacía tanto tiempo que no veía. Se admiró de la armoniosa combinación de las casas con sus soportales y balcones y la mole de la iglesia como un telón de fondo de un grandioso escenario teatral. Aunque lo había visto miles de veces siendo pequeña, nunca se había percatado de la belleza del conjunto.
Llegó al Solar. La puerta estaba abierta, como era costumbre en todas las casas del pueblo. Entró, cruzó el portal de la entrada y llegó al patio. No había nadie, espero unos segundos, y recordó cómo era costumbre llamar en el pueblo:
-¡Ave María Purísima!
Desde el corredor de arriba, se asomó la que debía ser una criada.
-¿Qué quiere?
-¡Buenos, días, busco a doña Margara!
-¿Quién es usted?
-Mi nombre es Rosario, pero posiblemente ella no me conozca; dígale que quiero hablar con ella, que es importante.
-¡Un momento!
El patio estaba limpio y era bonito. Tenía varias columnas de piedra que sustentaban el corredor de la planta alta. Había una banca y unas sillas bajo el corredor inferior, pero no había plantas ni adornos, como ella recordaba de la casa de sus señores.
Por la amplia escalera que daba al zaguán de entrada bajó doña Margara. Debía ser un poco mayor que ella, vestía también de luto riguroso, como ella misma; era aproximadamente de su misma estatura, pero bastante más delgada; peinada con el pelo recogido hacia atrás formando un moño en la nuca. Usaba anteojos y tenía la piel muy blanca aunque con muchas arrugas. Sus ojos eran pequeños y su mirada penetrante. Era una mujer que inspiraba temor y con ella cualquiera sabía inmediatamente que no se podía tener ninguna familiaridad.
-Buenos días, soy doña Margara, cual es su nombre y qué desea, me han dicho que era importante.
-Buenos días, mi nombre es Rosario Buitrago Martínez, aunque posiblemente usted pueda haber oído hablar de mí como Rosa; y he querido venir hasta Recondo para ofrecerle mi más sentido pésame por la muerte de su marido, don Nicomedes.
Doña Margara nunca podría haber reconocido a esa mujer como la Rosa, la querida de su esposo. Habían pasado demasiados años. Nunca habría asociado a aquella jovencita a la que conocía de sus tiempos en el colegio, con esta mujer tan mayor, aunque todavía mantenía el aspecto jovial y el porte vulgar de una mujer sencilla.
No podía haberla reconocido, entre otras cosas, porque nunca quiso saber nada de sus existencia, ni de sus relación con su marido; y mucho menos desde que él murió, porque desde entonces borró de su recuerdo cualquier cosa que le pudiese recordar este baldón en la vida de un hombre que debería de haber demostrado su rango y categoría de persona distinguida y respetada en Recondo.
Se quedó mirando a esa mujer que se había atrevido a venir a su propia casa para restregarle en su propia cara su existencia, y además con altanería y orgullo de su situación y de su relación con si esposo.
-Muchas gracias, Rosario, pero no puedo admitir el pésame de una persona que con su vida mancillado el honor de un honrado esposo y padre de familia, y no ha sido capaz de mantener su vergüenza oculta a los ojos de las personas decentes. Lo siento, pero no tengo nada más que hablar contigo.
-Pues lo siento, Margara, pero no vas a tener más remedio que escucharme, porque ya que no acepta mi sentimiento de dolor por la muerte de Nicomendes, debo decirte que eso es porque tú no has sentido lo más mínimo su falta. Yo sé muy bien lo que él ha representado para ti… Nada, como no haya sido la posibilidad de mantener una situación económica que tu familia había perdido, y gracias a tus malas artes y a las de tu madre, conseguiste engañar al pobre Nicomedes para que no tuviese más remedio que casarse contigo y así tú conseguir lo que te habías propuesto… No, no me interrumpas… Él me lo contó siempre todo… Tú nunca le quisiste, tú le despreciabas y tú, mejor que nadie, sabías que él era un pobre hombre enfermo de sus vicios y siempre sometido a tus órdenes…
-Tú no tienes autoridad para poderme decir a mí todas estas barbaridades. Tú no eres nada más que una furcia que también supiste sacar provecho de tu desvergüenza; tú eres la menos indicada para echarme en cara que fuese lista para sacar provecho de las bajas pasiones del pobre Nicomedes. Tú siempre serás una perdida y yo siempre seré una señora.
-Te equivocas, Margara. Tú nunca podrás ser una señora, porque a una señora se la respeta; a ti solo te tienen miedo. Tú como puede indicar tu nombre estás llenas de amargura y a tu alrededor sólo hay penas, envidias, venganzas y rencores. Tú nunca has querido a nadie, ni a tu marido, ni a tus hijos, ni a nadie. Tú sólo te has querido a ti, y todo lo que has hecho en esta vida ha sido para lograr tus propósitos y dominar a todos los que te rodean.
-Pero yo, por lo menos tengo la admiración y el reconocimiento de toda la sociedad de Recondo, yo me puedo pasear por sus calles y las gentes me saludan con respeto, yo soy alguien importante para todos… Tú en cambio, te tuviste que marchar de aquí, con la cabeza baja por la vergüenza; no has tenido el valor de volver, y nadie en el pueblo se volvió a acordar de ti; seguro que hoy nadie te ha saludado ni nadie te ha reconocido; tú, en realidad, no eres nadie…Y ¿Sabes lo que te digo? Que me das pena, que eres una mujer digna de lástima porque has tenido que sobrevivir de tus vergüenzas y de tu vida de ramera… Y si quieres que te diga, ni siquiera Nicomedes te quiso nunca… tú sólo eras para él la furcia que siempre estaba esperándole para hacerle las guarradas que a él le gustaban, pero nada más…Y tus hijos… a tus hijos no los reconoció nunca… tus hijos son… eso… unos verdaderos hijos de una puta… Realmente me  das pena… en esta vida nadie te ha querido…
-Creo que te equivocas, Margara. Nicomedes siempre me quiso, y siempre me lo demostró como él podía hacerlo… Él reconoció a sus hijos y dejó firmado que eran hijos suyos, y si no lo hizo en el juzgado es porque tu maldad se lo prohibió, porque él si quería hacerlo… El me contaba todo lo que apenaba su corazón, él me contaba todas sus aventuras y desventuras, sus anhelos y la mala vida que tenía que soportar a tu lado… Margara, tú sí tienes motivos para ser infeliz, tú has sido una desgraciada toda tu vida, porque aunque han tenido dinero, reconocimiento y aceptación por esta mezquina sociedad de Recondo, te ha faltado lo que más necesita una mujer, el cariño y el respeto de un hombre, y tú nunca tuviste su cariño ni su respeto, porque como bien sabes te engañó durante toda su vida, no conmigo, sino con todas las criadas de la casa, delante tuya, y con todas las mujeres que tuvo oportunidad, y eso lo conocías tú, lo conocía yo y lo que es más grave, lo conocía todo Recondo, por lo que tú has sido el hazmerreír del pueblo y de la comarca entera. ¡Caro te ha salido el ser la dueña del Solar!
-¡Fuera de mi casa! No permito que una vulgar mantenida de mi marido, venga después de su muerte a reírse de mí.
-Yo no me he venido a reírme de ti. He venido a decirte que te acompañaba en el sentimiento de pérdida por la muerte de tu marido… Pero ya veo que me equivoqué, debía haber venido a pedirte que me acompañases a mí en el sentimiento por la muerte de mi amante, de mi Amo, porque yo sí he sentido su muerte, porque yo sí le quise, porque él me quiso a mí durante toda su vida…
Y sí, me marcho de tu casa… Aunque algún día el Solar puede ser la casa de mi familia, la casa de los nietos de Nicomedes, la de los hijos de mis hijos…
El médico había llegado hacía unos minutos, puso la mano sobre su frente y tomó el pulso de la muñeca.
-La veo muy mal. ¿Cómo ha pasado la noche?
-Muy intranquila y con mucho desasosiego. Desde hace más de una hora parece que está delirando… Dice cosas que no se le entienden, pero en su cara se podía adivinar una clase de sonrisa, como si estuviera disfrutando de algo muy importante para ella. Ahora, cuando usted ha llegado, se ha quedo más tranquila.
A las seis y treinta y cinco de la tarde, Rosa, moría rodeada por sus hijos y sus nietos. Ahora, ya, descansaba en paz.

martes, 24 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXVII



Rosa de vez en cuando se iba a su casa de la calle Leganitos porque el ajetreo de la casa de su hija y atender a su nieta a diario le llegaba a cansar. Un día llamó a sus dos hijos porque tenía algo importante que decirles.
Era ya muy mayor y quería proponerles una idea que le venía rondando desde hacía mucho tiempo. Cuando llegaron sus hijos ella se había arreglado más de lo que solía en los últimos años. Había preparado unos cafés y unas pastas y parecía tener mucho más ánimo y estaba de mejor humor.
-Llevo pensándolo desde que supe que vuestro padre había muerto. Me contó la tía Mercedes que le habían enterrado en un panteón familiar en el cementerio de Recondo. Ya que no pude estar cerca de él en vida, me gustaría estar a su lado en la muerte. Me gustaría comprar una sepultura cerca de donde él está enterrado. Tenéis que darme este último capricho.
-Madre, tú no te vas a morir todavía; ya habrá tiempo de pensar en esas cosas.
- No, estas cosas hay que pensarlas antes de que ocurra… Además tengo que deciros otra cosa.
Entró en el dormitorio y al poco salió con una cajita metálica donde había una bolsita de color morado. La abrió lentamente o la volcó sobre la mesa de la salita. Una buena cantidad de monedas de plata rodaron sobre el mantel…
-Tiene que haber cerca de mil quinientas pesetas. Son todas monedas de plata, por lo que todavía mantienen su valor… Me las dejó vuestro padre antes de empezar la guerra para que no tuviese problemas si a él le pasaba algo… De aquí salieron las ayudas que os pude dar cuando os hizo falta… gracias a él nunca nos faltó nada… Con esto habrá más que suficiente para pagar la sepultura… A mí me gustaría ir a Recondo, pero prefiero que seáis vosotros los que os encarguéis de ello… Luego me contáis cómo se ha solucionado todo… y a lo mejor, hasta me atrevo a volver por el pueblo…
Acordaron ir a Recondo para las fiestas de Semana Santa. Visitaron a don Pablo, el nuevo párroco quien le informó de las sepulturas que estaban desocupadas. Después visitaron el cementerio. No les fue difícil identificar el mausoleo de la Familia Gómez-Pastrana. En una de las paredes, junto a la puerta de entrada, una pequeña lápida que debía haberse colocado recientemente: “Aquí yace don Nicolás Gómez Carretero 1877-1936 D.E.P.”
Muy cerca, casi al lado mismo del mausoleo y enfrente de la puerta, estaba una de las sepulturas que les había ofrecido el señor cura. Volvieron al despacho parroquial, abonaron las doscientas treinta y siete pesetas que les daba la propiedad de la tumba y recibieron el certificado correspondiente que justificaba el pago de la compra.
Aprovecharon para visitar a su tía Mercedes que les acompaño para que conociesen los edificios más importantes de Recondo. La plaza, la iglesia, la torre, el convento de las monjas, el antiguo convento de los frailes que ahora se había convertido en cárcel comarcal, y para terminar, una visita al Solar, la casa de su padre.
Estaba cerca de la plaza, sobre la puerta con jambas y dintel de piedra, un escudo heráldico que debió pertenecer a la familia noble que edificó la casa a mediados del siglo XVIII. Simulando que se interesaban por el escudo, pudieron admirar la recia construcción del edificio, las ventanas protegidas por rejas de forja, unos amplios balcones que daban vistas a las habitaciones principales de la casa y una fachada enfoscada de cal blanca con las esquinas de ladrillo visto.
-Esta podía haber sido vuestra casa… ¿Quién sabe, a lo mejor un día puede ser la herencia de vuestro padre…
Esa noche durmieron en la posada de Carrasco, en la plaza, y a la mañana siguiente cogieron el tren del Tajuña para llegar a la Estación del Niño Jesús de la Capital.
Rosa escuchó emocionada el relato de sus hijos. Parecía que estaba viendo su viejo pueblo, que con el tiempo, le iba pareciendo más entrañable y más cercano, a pesar de haberlo abandonado hacía más de cuarenta años. Lo que más ilusión le hizo fue el saber que iba a descansar junto al Amo por toda la eternidad.
Después, cuando haya muerto, tenéis que mandar que pongan sobre la tumba una lápida de piedra blanca en la que, además de mi nombre, ponga en letras muy grandes, "JUNTO A TI, PARA SIEMPRE".
Lo había estado pensando durante mucho tiempo y había ideado infinidad de epitafios, pero al final se decidió por éste que podía ser el resumen de su vida.
Luego, pasada la euforia por haber podido cumplir su último deseo, pensó que poco o nada le quedaba hacer en este mundo. De nuevo fue cayendo en la melancolía y en el desánimo; dejó de comer y sus fuerzas se iban debilitando de día en día.
De nuevo estaba en casa de Rosita; Genaro la visitaba siempre que podía, y los dos llegaron a la conclusión de que ya no quería seguir viviendo.

viernes, 20 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXVI


Un domingo por la mañana acompañó a su hija, a su marido y a la niña a la misa de la iglesia de los Salesianos. A la salida le presentaron al padre Germán, un fraile ya anciano que ayudaba en las tareas del culto.
Cuando terminó la guerra hubo un gran resurgimiento del fervor religioso entre el pueblo que normalmente no había sido muy devoto de las prácticas religiosas. La propaganda oficial del nuevo gobierno se mezclaba con las predicaciones de los curas, encaminando a los files a un mayor acercamiento a la vida religiosa y a los valores tradicionales que habían sido incluidos en las premisas del Movimiento Nacional, que era como ahora se llamaba al ideario político de los ganadores de la guerra.
Rosa nunca había tenido una formación religiosa, como no fuera el aprenderse de memoria las oraciones básicas que le habían enseñado en el colegio. Tuvo sí, la educación de servil respeto que sus padres le habían inculcado hacia los amos y poderosos. Y los modos de comportamiento hacia lo establecido. De pequeña asistía esporádicamente a misa aunque no lo sentía como una obligación, más allá de cumplir con la tradición de hacer la primera comunión y poco más. Las normas morales que enseñaba la religión eran aceptadas por su familia, pero más “por el qué dirán” que por convicción.
Como en una ocasión le había dicho su madre, los pobres no podían preocuparse demasiado de mantener una estricta moral y cuidar de su fama y buen nombre, que eso se quedaba para los señores, porque bastante tenían con ir sobreviviendo y soportando las miserias que por su cuna tenían predeterminadas.
Luego, después de lo suyo con el amo, la Iglesia le había cerrado sus puertas, porque el señor cura, cuando le contó lo que le había pasado y la solución que habían pensado sus padres, se negó a darle la absolución porque se había comprometido a seguir manteniendo relaciones ilícitas con su señorito y, según él,  no había verdadero propósito de la enmienda.
La verdad es que no fue ésta una de sus principales preocupaciones y menos cuando llegó a la capital y aquí nadie sabía nada de su situación ni se preocupaba de sus creencias, con tal de que no provocase ningún escándalo público y tuviese la precaución de no hacer patente su concubinato.
Cuando nació su niña, las vecinas se encargaron de ir a la iglesia para bautizarla, porque entonces los curas no exigían demasiados requisitos, porque el bautizo de los recién nacidos era una práctica que potenciaba la misma iglesia para seguir incrementando el número de feligreses.
En cuando a la educación religiosa de sus hijos se había reducido a enseñarle las oraciones que ella había aprendido de pequeña y siempre en el más estricto ámbito familiar, porque desde que se proclamó la República el sentimiento antirreligioso imperaba en la mayoría del pueblo.
El padre Germán, aquella mañana a la salida de la misa de los Salesianos, le invitó a pasarse por la iglesia para hablar de sus cosas. La hija le había comentado por encima su situación y su estado de postración.
El buen fraile no se escandalizó cuando Rosa le contó todas sus vivencias, todas sus desventuras y todas las circunstancias de su vida. Era mayor y estaba acostumbrado a escuchar las miserias por las que habían tenido que pasar esas mujeres, por lo general incultas y pobres, que habían caído en las garras de hombres desaprensivos y egoístas y que muchas veces tenían el poder y los resortes económicos para que ellas hiciesen siempre lo que ellos querían.
Intentó justificar como pudo la postura de la Iglesia al haberla negado la absolución y permitirle acercarse a la comunión, aunque se apresuró a decir que ahora las circunstancias habían cambiado y que, como ya no seguiría cometiendo el nefasto pecado de adulterio, él podía darle con toda tranquilidad la absolución de todos sus pecados y ella podría disfrutar del consuelo que le ofrecía nuestro Señor Jesucristo de manos de la Santa Madre Iglesia.
-Mire don Germán, es que yo no me puedo arrepentir de lo que hice durante toda mi vida. Sería tanto como admitir que no he sido buena persona, que me he comportado mal, que no he sido honrada, que he cometido crímenes horrendos por lo que merecía el fuego del infierno. Mire, yo creo que siempre fui una buena persona, que cuidó con cariño y dedicación de sus niños sin el apoyo de nadie, que intenté ayudar siempre a los que tenía a mi alrededor y me necesitaban.  Es verdad que una persona, que posiblemente no fuese buena, se aprovechó una vez de mí, cuando era una joven inexperta, pero que durante mucho tiempo me demostró que me apreciaba y se portó muy bien conmigo, teniendo en cuenta lo que era y la educación que había recibido.
Lo siento, fray Germán, yo creo que no cometía ningún pecado recibiendo en mi casa al padre de mis hijos; amando a una persona que estaba enfermo, aunque me pueda decir que su enfermedad era en realidad maldad; agradeciendo todo lo que hizo por mí y dándole a cambio, un poco de cariño, un poco de sexo, mucho de comprensión y bastante paciencia para soportar sus salidas de tono, su egoísmo, su soberbia,  su altanería e, incluso, algún que otro golpe que se le podía escapar cuando estaba algo borracho. No, don Germán, yo no puedo ahora renunciar a lo que ha sido mi vida.
Y no tengo realmente dolor de corazón por lo que hice, no tengo, propiamente, lo que se podría llamar propósito de la enmienda, porque si no lo voy a seguir haciendo es porque él ya no está; de otra forma le seguiría recibiendo en mi casa con todo el cariño de que soy capaz, aunque posiblemente ya no fuésemos a tener ninguna relación íntima, como ocurría muchas veces en sus últimas visitas, como no fuese alguna caricia y algún beso que era en realidad lo que deseábamos el uno del otro.
Padre, Germán, no quiero que me dé la absolución, no la necesito, porque pienso que su Dios, que posiblemente sea también el mío, no va a tener en cuenta todas estas insignificantes cuestiones cuando me presente ante él.
Muchas gracias por escucharme. No sabe usted el bien que me ha hecho hablar con usted. De verdad, muchas gracias don Germán.
Cuando se levantó le dolían las rodillas de estar tanto rato en la misma postura. Por la celosía del confesionario apenas si veía al fraile que no se atrevió a interrumpirla cuando ella empezó a hablar. La iglesia estaba en semipenumbra y gracias a esta sensación de anonimato se atrevió a decir todas estas cosas que nunca pensó que pudiera decir a un cura. Tuvo una sensación de liberación y de una paz que nunca había sentido, porque en lo más profundo de su ser siempre había tenido una especie de remordimiento que le solía asaltar en los pocos momentos de su vida en que se sentía feliz. Ahora estaba completamente segura que esos remordimientos eran totalmente infundados.
Salió directamente a la calle, donde su hija la esperaba jugando con la niña.   
El fraile sentado detrás de la cortina del confesionario, vio alejarse a la pobre mujer; no supo ni qué decir, ni siquiera qué pensar. Todo lo que había dicho aquella mujer, prácticamente analfabeta, era lo que muchas veces él había pensado, aunque siempre se lo había quitado de la cabeza, porque no estaba seguro si no estaría cometiendo un pecado de soberbia al cuestionar las normas morales de la Santa Madre Iglesia.

lunes, 16 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXV

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.
El Generalísimo Franco.
Burgos 1º abril 1939”

El Bando se había colocado en las puertas de muchas casas y de todas las dependencias oficiales. La radio lo repetía constantemente entre los acordes del Himno Nacional. Los militares en formación se paseaban por las calles más céntricas de la capital, saludando a la multitud, entre los vítores de una población que había vivido la angustia de una guerra cruel durante casi tres años. Todo el pueblo se había echado a la calle y todos festejaban el triunfo del ejército nacional.
La realidad es que no todos celebraban la llegada de las tropas sublevadas contra la República, pero ninguno de estos se atrevía a manifestarlo y procuraba pasar desapercibidos ocultándose en sus casas, sobre todo los que más se habían distinguido por su actividad política y los que habían colaborado estrechamente con las autoridades a descubrir a los enemigos de la República.
Las órdenes del Alto Mando militar eran claras y concisas: Había que evitar que huyese el enemigo. Era necesario detener a todos los que había colaborado voluntariamente con el ejército republicano. Las cárceles que se habían quedado vacías solo unas horas antes, ahora se volvían a llenar con los que habían sido los carceleros.
Durante las semanas siguientes se vivió un total caos de información. Las familias intentaban localizar a sus deudos. En todas las capitales de provincia se instalaron campos de detención donde eran llevados todos los militares que habían sido capturados después de la rendición del ejército republicano. Para ello se habilitaron las cárceles, las plazas de toros y todas las dependencias que tuviesen capacidad para encerrar a tantos detenidos. Se tomaba la afiliación de todos y se hacía una ficha en la que se de determinaba las mayor o menor implicación del preso, según la opinión de los que habían practicado la detención. A partir de esto, era el propio preso el que debía facilitar los datos de las personas o entidades que podían avalar que su pertenencia al ejército había sido obligada y que no tenían ninguna implicación política con los vencidos.
Por su parte las familias hacían todas las pesquisas posibles preguntando a los que iban llegando de los distintos frentes de batalla. También ese medio de comunicación era utilizado por los propios detenidos, cuando algún compañero era puesto en libertad, de modo que pudieran llegar las noticias hasta sus casas.
Los suegros de Genaro y su tío el canónigo, cuando se fueron restableciendo de la odisea pasada los últimos días, empezaron a mover todas sus influencias para saber su paradero. Por el deán de la catedral de Pamplona supieron que se encontraba en la cárcel de la ciudad y desde Madrid iniciaron inmediatamente los trámites para lograr su liberación. Intervino el mismísimo señor obispo que hizo gestiones con la Comandancia Militar de donde salió una orden autorizando la puesta en libertad del soldado Genaro Martínez Buitrago, que siete días más tarde llamaba a la puerta del número diez de la calle de Leganitos de Madrid, donde le abría una mujer que le pareció demasiado mayor y que se abrazo a él llorando de alegría. Venía acompañado de su mujer y traía en brazos al pequeño Nicomedes, que al principio le había extrañado mucho y no quería que le diese un beso.
Mercedes se había marchado a Recondo para ver cómo estaba todo por allí. Volvió a la siguiente semana y desgraciadamente sin ninguna buena noticia para su hermana.
Todos los malos presagios se habían confirmado. Habían aparecido los cadáveres de don Nicomedes y de las personas que habían desaparecido con él. Se habían celebrado las honras fúnebres y había sido enterrado en el panteón familiar del cementerio de Recondo.
Allí también se estaban buscando a los soldados que estaban en el frente. Allí también la represión contra los vencidos era implacable. Pero esta labor, era allí mucho más sencilla, porque todos se conocían y nadie podía esconderse. Todos los cabecillas republicanos habían sido detenidos inmediatamente, las mujeres que habían colaborado con ellos también habían sido encerradas en los salones de la Sociedad de Cosecheros, las habían cortado el pelo al rape y eran obligadas a fregar los suelos de las iglesias, conventos y dependencias municipales. A sus hijos pequeños les atendía el Servicio Social que se estaba organizando para atender las necesidades más urgentes del pueblo.
-Se dice por allí que doña Margara ha ofrecido una importante gratificación al que dé información de quienes mataron a su marido y a su hijo, aunque aún no ha aparecido su cadáver.
También en Recondo había un gran alborozo por la terminación de la guerra. Poco a poco estaban llegando los soldados supervivientes. También volvían las monjas de los conventos y los curas y los frailes que habían tenido que huir a principios de la guerra.
-Dicen que han muerto más de sesenta personas de Recondo durante la guerra.
Ahora en todos sitios había llegado el tiempo de pasar página y volver a la rutina anterior a lo que se había empezado a llamar “El alzamiento Nacional”.
Evaristo y Rosita habían prosperado durante la guerra con el cambio de actividad y ahora estaban en la mejor disposición para seguir con su negocio de abastecimiento de alimentos que seguía siendo uno de las principales carencias de la posguerra. Habían abandonado su pequeño pisito de la corrala y ahora vivían en una vivienda muy amplia y confortable del Paseo de las Delicias, muy cerca del Mercado de frutas y verduras.
Genaro y Emilita volvieron a su antiguo piso de la calle Toledo y volvieron a relanzar el negocio de cerería con sus cuñados, que les había cedido el padre, a partes iguales,  porque ya no estaba nada más que para llevar una vida tranquila junto a su mujer.
Rosa había entrado en un preocupante estado de abatimiento. Desde que se confirmó la muerte del Amo y perdió las mínimas esperanzas que aún tenía, perdió el apetito, apenas si hablaba y sólo quería estar en la cama, dormitando y sin ni siquiera atreverse a pensar. Su hermana había agotado todos los temas de conversación y ni los recuerdos de sus años de niñez en Recondo le animaban a salir de su ensimismamiento. Y ya ni lograba llorar, y eso fue lo que llegó a asustar a Mercedes que llamó a sus sobrinos para tomar alguna medida.
Rosita pensó que lo mejor era que se marchase con ella a casa. Allí podría sentirse útil; ella estaba de nuevo embarazada y así se podría encargar de la niña mayor y ayudarla a ella en las tareas de la casa. Genaro estuvo de acuerdo, y Mercedes pensó volver a Recondo porque de nuevo tenía trabajo en la casa de sus antiguos señores.
Ya en casa de su hija, Rosa se animó con la nieta que era la única que hacía que se alegrase su cara. No transigió en su decisión de permanecer de luto riguroso en recuerdo de su Amo y tenía decidido mantenerlo durante el resto de su vida.
Aunque vivía con su hija y su familia, ella procuraba aislarse y, a menudo, se encerraba en sus pensamientos buscando en los escasos recuerdos felices con el Amo, un antídoto para la pena que ahora la embargaba.
Y había veces que una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.

jueves, 12 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXIV


-¡Abran a policía militar!
Los golpes resonaron con fuerza en toda la vivienda.
-¡Abran inmediatamente o tiramos la puerta abajo!
La pobre mujer abrió la puerta abrochándose aún la bata que se había puesto con prisas.
-¿Vive aquí el camarada Bernardo Hinojosa? ¡Que salga inmediatamente!
Don Bernardo estaba también en la cama y le había despertado los golpes como a su mujer. Al oír las voces de la policía salió precipitadamente sin ponerse nada sobre el pijama.
-Vamos, ¡Que salga también el cura!
-Aquí no hay ningún cura… aquí solo estamos, mi mujer, mi hija, y el niño, porque su padre está luchando en el frente…
-¡Déjate de idioteces, y di a ese cura que salga inmediatamente si no quieres que os rompamos las costillas a culatazos.
Emilita también se había despertado con todo el barullo y cogió en brazos al bebé que dormía en la cunita junto a su cama. Entreabrió la puerta de su habitación y vio a su madre con los pelos alborotados de no haberse podido asear después de dormir toda la noche, cogiéndose la bata como queriendo cubrirse parte de la cara. Su padre procuraba mantenerse más digno, aunque su aspecto también era deplorable… y su voz no parecía demasiado convincente cuando negaba la existencia del cura.
-¿Quién anda ahí? ¡Que salga inmediatamente, quien sea!
Emilita se asomó a la puerta con el niño en brazos.
-Vamos tú, no te quedes ahí pasmada, y llama a ese cura, si no quieres que le pase algo malo a tu niño!
Ella se echó a llorar, apretujando al pequeño entre sus brazos. El padre sabía que ella no iba a poder resistir los interrogatorios de los guardias.
-Un momento, un momento… No hace falta hacer daño a nadie… ¡esperen un momento!
Se iba a dirigir al interior de la vivienda, pero un guardia se puso tras de él y le siguió apuntándole con el cañón de su fusil. En una puerta del pasillo, que simulaba un pequeño armario para los trastos de limpieza, empujó una de las paredes y cedió una pequeña puerta camuflada, que no más de un metro de alta, por medio de ancha. Detrás había una pequeña habitación que antes había sido dormitorio y que ahora se había convertido en un zulo, donde se escondía don Emiliano desde que empezó la guerra.
Era un venerable anciano, que parecía haber encogido de estar tan tiempo encerrado en una habitación tan pequeña y que caminaba con dificultad, por su casi absoluta inmovilidad durante ya casi tres años. Él también se había despertado con los golpes y cuando pudo escuchar los que decían los guardias se vistió deprisa y supo que había acabado su prisión voluntaria y que iba a empezar la forzada, si no su propia muerte. En los breves momentos que tardó en abrirse la portezuela de su escondrijo rezó una oración y se encomendó a Dios poniendo en sus manos su destino y su vida.
-¡Aquí está el cura. Las informaciones eran ciertas! ¡Vamos, sal de ahí, que ya verás lo que te espera! 
El que parecía al mando de la pequeña patrulla se fue hacía él y le empujó junto a los demás.
-¡Y ahora, todos al Comité¡ No hace falta que cojáis nada de ropa… para lo que os va a servir..!
Los demás guardias rieron la gracia del que parecía ser su jefe.
-Tú no, tú te quedas aquí con el pequeño, que para eso el padre está luchando en el frente… Pero no se te vaya a ocurrir marcharte a ninguna parte… ¡Vamos!
Los dos hombres y la mujer salieron medio arrastras de la vivienda y bajaron a empellones por las escaleras. Ella lloraba, el marido intentaba guardar un cierto empaque a pesar de lo ridículo de su vestimenta, el cura con las manos unidas parecía que hacía oración.
Cuando se cerró la puerta, la joven con su niño en brazos, sólo sabía llorar sin atreverse a hacer nada. 
Todas las noticias confirmaban que los rebeldes de Franco avanzaban hacia la capital, y que los republicanos no iban a poder resistir mucho más tiempo. A pesar de la propaganda oficial que desmentía estas noticias, todos en Madrid sabían que la guerra ya no podía durar demasiado. Pero la represión era ahora mayor y a diario se conocían noticias de personas que eran detenidas por los guardias de asalto, acusadas de estas colaborando con la llamada “quinta columna” que eran las personas que colaboraban con los sublevados en la retaguardia.
Esa tarde se presentó de improviso Emilita con su niño en brazos, todo asustada. En la cara se notaba que algo muy grave había pasado.
- Vengo a traer al niño. Han detenido a mis padres y a mi tío Emiliano.
- Pasa niña, ¿Qué ha pasado?
- Ustedes no lo sabían… bueno nadie lo sabía. Cuando empezó la guerra y empezaron a matar a los curas, mis padres escondieron a mi tío Emiliano en casa. Oficialmente había escapado de Madrid con otros curas hacia Barcelona. Pero se escondió en casa y allí ha estado desde entonces, sin salir a ningún sitio para que nadie lo viese. No sabemos cómo, pero alguien se ha enterado y ha debido denunciarlo; esta mañana se han presentado unos guardias de asalto y se los han llevado a los tres. A mí me han dejado por el niño, pero me han dicho que no podía salir de casa bajo ningún concepto. Me ha dado mucho miedo, y he pensado venir aquí, por lo menos a dejar al niño…
- De ninguna manera, tú no te marchas de aquí, no puedes estar sola en la casa de tus padres, y aquí seguro que no vienen a buscarte.
El pequeño Nicomedes ya andaba agarrándose de silla en silla. Rosa le veía muy poco, porque a su edad procuraba no andar demasiado por las calles y además no le gustaba molestar a sus consuegros. Emilita tampoco salía de casa y solo cuando Genaro volvía con algunos días de permiso se lo llevaba para que lo viese la abuela.
Emilita no sabía nada de la relación de su padre con la vecina de su suegra ni de su intervención para que Genaro entrara a trabajar en la tienda. Unos días después comentó a Rosa lo simpática que era la vecina de arriba  y lo cariñosa que había estado con el pequeño.
-Sí, siempre ha sido muy cariñosa y ha querido mucho a Genaro, como ella es soltera y no ha tenido hijos…
Esa misma tarde avisaron a Evaristo y a Rosita de lo que estaba pasando. Por medio de su socio que estaba muy bien relacionado con algunos mandos militares, supo que los padres y el tío de Emilita estaban en la Cárcel Modelo. Le aseguraron que los cargos que había contra ellos eran muy graves y que posiblemente les hicieran un juicio sumarísimo por alta traición y espionaje, pero le dijeron que podían llevarles algo de ropa y algo de comer a la cárcel.
Evaristo se ofreció a ser el correo para evitar que su cuñada se viese en una situación a la que no estaba acostumbrada. En un hatillo que le preparó, con algo de ropa, unas barras de pan, un poco de queso y unas frutas que puso él, le puso también una nota en la que les decía que su hija y el niño estaban bien, y que no se preocupasen por ellos.
Logró que se lo entregaran en mano, gracias a los favores que él había hecho a uno de los guardias de la cárcel, que después le confirmó que ellos se encontraban bien, aunque muy preocupados porque todavía nadie les había comunicado cual era el delito del que se le acusaba, aunque de sobra conocían que esconder a un cura en casa, aunque fuese familiar suyo, era uno de los peores delitos de los que les podían imputar.
En la cárcel todo era confusión. Había pasado una semana y ningún carcelero sabía nada sobre su posible juicio, que al llegar les habían dicho que se celebraría de inmediato. Los habían separado. Los dos hombres estaban en un barracón grande en el que se hacinaban más de cincuenta presos que tenían que dormir en jergones tirados en el suelo. A la mujer la habían llevado a una sala, también espaciosa en la que, al menos había algun0s catres para que no se acostasen directamente en el suelo. Posiblemente era de las más mayores que se encontraban allí. Las nuevas compañeras de reclusión la acogieron con cariño y deferencia; la dejaron una manta con la que cubrirse hasta que le trajeron su ropa. Ella no paraba de llorar y decir que seguro que las iban a matar a todas.
La realidad es que en los últimos meses no se estaban celebrando juicios y que muy a menudo dejaban que algunas mujeres marchasen a casa.
El principio de la primavera en Madrid estaba siendo frío, aunque ya habían desaparecido los hielos y los días eran mucho más largos.
Esa día, lo que allí llamaban comida se estaba retrasando. Algunas reclusas empezaron a protestar y golpear las puertas pidiendo su rancho. A eso de las tres de la tarde, una miliciana abrió la puerta de par en par.
-¡Os podéis marchar todas a casa!
Al mismo tiempo, en el pabellón de los hombres ocurría lo mismo.
Cada uno empezó a recoger lo poco que tenían allí. Salían con miedo de los barracones, por si era una trampa y matarlos allí mismo. Poco a poco los pasillos se empezaron a llenar de hombres y mujeres asustados que no tenían muy claro lo que estaba pasando. No había ningún guardia y todas las puertas estaban abiertas; incluso la que daba a la calle.
Don Bernardo y don Emiliano buscaron a la mujer entre todo el desbarajuste de hombres y mujeres que corrían, se empujaban y trataban de escapar de allí lo antes posible. Se separaron y no tardaron en dar con ella. Los tres, aparentando muchos años más de los que ya tenían y apoyándose los unos en los otros, salieron de la cárcel, no teniendo claro lo que debían hacer.

lunes, 9 de julio de 2012

EL AMO. CAPITULO XXIII


Tardaron casi dos años en confirmarse sus temores. Una mañana llamó a la puerta su hermana Mercedes. Las dos hermanas se abrazaron y lloraron así durante un buen rato. Mercedes, como estaba sola en Recondo y sabía que su hermana también lo estaba se decidió a venir a Madrid para estar juntas mientras durase la guerra. Tenía tres años menos que Rosa y desde que murió su marido había tenido que volver a servir a casa de sus antiguos amos, aunque cuando empezó la guerra ellos desaparecieron de Recondo y ella tenía que vivir casi de la caridad de los vecinos.
Las dos mujeres se miraban a los ojos pero ninguna de las dos se atrevía a hablar como no fuera con la mirada. Mercedes cerró los ojos, y la abrazó con más fuerza. Rosa ya no necesitó escuchar ninguna palabra.
- Desapareció en los primeros días de la guerra. No te puedes figurar lo que allí pasó. Mataron al pobre don Filomeno, el cura. ¡Él que no había hecho mal a nadie en toda su vida y siempre había ayudado a los pobres! Quemaron la iglesia y el convento de las monjas, tiraron las campanas de la torre, mataron a más de veinte, a algunos en la propia plaza del pueblo, otros aparecieron muertos en las cunetas de las carreteras…
- ¿Y Nicomedes?
- Nicomedes y otros dos o tres terratenientes desaparecieron dos o tres días después de empezar la guerra. Nadie sabe lo que pasó… Pero por lo que se dice por allí, y por lo que dice la propia doña Margara, su mujer, es seguro que le mataron… Lo siento, Rosa… También, unos días después desapareció Nicolás, su hijo pequeño, y tampoco sabe nadie lo que pasó, aunque hay quien dice que se lo pudieron traer detenido a Madrid, como hicieron con otros muchos… ¡Un desastre, Rosa, un desastre! Aunque ¿Quién sabe? A lo mejor cuando termine todo esto aparecen los dos sanos y salvos y han estado escondidos todo este tiempo… Todo es posible….
Rosa no se lo creía, pero no por lo que contaba su hermana, sino porque dentro de ella ya sabía desde hacía mucho tiempo que él había muerto.
Decidieron que Mercedes se quedaría con ella hasta que terminase todo esto, porque con la ayuda de su hija y su marido que estaba ganando mucho dinero con su nuevo negocio, podían ir tirando las dos. No dijo nada de su tesoro en monedas de plata, porque sabía que la única forma de que nadie pudiese irse de la lengua, era que nadie lo supiera.
La compañía de su hermana la ayudó a ir sobreviviendo a la pena que le había embargado desde que se confirmaron sus temores. Además tenían muchas cosas de qué hablar, porque ella sólo conocía la versión del Amo de lo que ocurría en Recondo y en su familia.
- Pues doña Margara, ¿Qué te voy a decir? No sé lo que te contaría Nicomedes, pero es una mala mujer. Su familia había venido a menos y habían tenido que vender casi todas sus posesiones. Se comenta en el pueblo que su madre y ella se las ingeniaron para pescar al marido. Es una mujer muy soberbia y muy déspota con todo el servicio. Contaban las criadas que tu Amo no podía hacer nada sin su consentimiento; aunque él, por otro lado siempre hacía lo que quería, aunque fuese a sus espaldas… No sé si tú sabrías algo de lo que se contaba de él por allí… de sus devaneos…
- Sí, por supuesto que de eso lo sabía todo… él mismo me lo contaba… en el fondo fue un pobre hombre… un enfermo… pero él me quería… yo creo que en toda su vida fue a mí a la única a la que me llegó a querer de verdad…
Y Rosa, de nuevo empezó a llorar.
-No llores, Rosa; mira, te voy a contar una cosa que se oyó por allí hace muchos años. Contaban,  que doña Margara, siendo ya mayor, por lo menos debía tener ya los cuarenta y cinco,   tuvo un lío con un joven criado de la casa. Contaban las criadas que estaba como loca por él y que se ponía celosa si él se acercaba a cualquier criada… Luego el chico se vino a Madrid y dicen que ella le pagó una carrera. Pero aparte de eso, por lo menos de puertas afuera, es una señora muy seria y en todo Recondo se le tiene mucho respeto. Ahora, la pobre, desde la desaparición de don Nicomedes, no sale de casa y solo le acompaña su hija mayor, que también está sola porque su marido está en el frente…
Por cierto, que lo de la boda de la hija también fue un escándalo en el pueblo. Mira, la hija mayor, Sacramento se llama, es una chica no muy agraciada físicamente. En realidad, su único atractivo era el dinero de sus padres, y no tenía pretendientes. Parece ser que ella se encaprichó con un mozo de mulas de la casa, un buen mozo por cierto, y se empeñó en casarse con él. Los padres se opusieron pero no hubo manera, se casaron y durante varios meses sólo se hablaba del braguetazo que había dado el muchacho. Después gracias a él, las cosas en el Solar empezaron a ir un poco mejor, porque ni don Nicomedes ni su hijo se preocupaban demasiado del campo…
Y hablando del hijo… Ya te he dicho que también desapareció un poco después que su padre y ya no se ha vuelto a saber nada de él, pero el niño era una verdadera alhaja… vamos un sinvergüenza… no había criada en la casa, que si no se la beneficiaba el padre lo hacía el hijo, cuando no eran los dos… Tenía una novia casi formal, pero no le importaba demasiado, porque andaba siempre con unas y con otras… Había salido al padre… perdona hija, pero es la pura verdad… Hasta dicen que una vez, jugando a las cartas con unos amigos, cuando a uno de ellos se le terminó el dinero, apostó su novia y como perdió, el novio y él obligaron a la chica a pagar la apuesta… No digo más que los padres de la muchacha le amenazaron con denunciarle por violación y sus padres tuvieron que pagar un buen dinero para que no lo hiciesen…
Algunas de estas cosas ya las conocía Rosa, porque se las había contado el Amo, pero lo del amante de doña Margara seguro que el Amo no lo conocía… Y lo volvió a recordar con una cierta ternura, aunque conscientemente no dejaba de reconocer que en esa familia, todos eran unos degenerados.
Y tengo que contarte una cosa, que tiene su gracia… Un día, de eso hace ya muchísimo tiempo, debió ser al poco de nacer tu Genaro, iba yo por la calle y me cruce con doña Margara. Ella nunca me había saludado cuando se cruzaba conmigo, pero esa mañana nos encontramos cuando yo salía de la panadería del Barranco, se vino hacia mí y muy simpática me preguntó por ti. Enseguida me di cuenta que ella sabía lo tuyo con su marido, pero se hizo de nuevas y me preguntó si estabas casada, si tenías hijos, y cómo te encontrabas, porque hacía mucho tiempo, me dijo, que no te veía por Recondo. Yo le dije que sí, que estabas casada, que vivías en Madrid  y que tenías dos hijos preciosos. Ella se mostró muy interesada y me preguntó sus nombres y la edad que tenían… La muy falsa, ¡si no fuera porque los demás tenemos más vergüenza que ellos!... Pero yo, muy tranquila, le dije los nombres y los años que tenía cada uno… Por si no lo sabes, pensé, ahora te vas a enterar de que por lo menos el pequeño lo hizo tu marido cuando ya estaba casado contigo… Pero ella ni se inmutó… posiblemente ya lo sabía y sólo quería cerciorarse, me dio recuerdos para ti y me dijo que se alegraba que te fuese tan bien… Ya te digo, una mala pécora.
Escuchando estos relatos, Rosa parecía estar reviviendo sus recuerdos en Rocondo. No es que fuesen demasiado buenos, pero ahora añoraba el no haber podido volver más al pueblo; y oyendo a su hermana parecía que estaba viendo la iglesia, las cuestas empedradas, las rejas de las ventanas, la fuente de la plaza, la torre y la pequeña casa de sus padres, en la calle de la Amargura, que parecía haber impregnado con su nombre la vida de todos los vecinos. Realmente, no tenía demasiados buenos recuerdos, pero la distancia en el tiempo y en el espacio los habían teñido de nostalgia y le parecía verse jugando al aparato, en la plaza de San Roque, con sus amiguitas.
Y pensó que le gustaría volver a Recondo, al ser posible, antes de morirse. 

miércoles, 4 de julio de 2012

EL AMO CAPITULO XXII


La estrategia del Alto Mando de las fuerzas rebeldes era lógica. Había que conquistar Madrid, sede del Gobierno de la Nación, lo que representaría el fin de la Guerra. Las grandes potencias internacionales ya se habían alineado con cada uno de los bandos. Italia y Alemania respaldaban al General Franco y apoyaban la insurrección militar. Francia, Inglaterra, Rusia y Estados Unidos mandaron a luchar con las fuerzas republicanas a unos grupos de combatientes  que se les conoció como “brigadas internacionales”. La Legión Cóndor alemana, con sus bombarderos, llegó para apoyar por el aire a la infantería que intentaba entrar en Madrid por el frente de la casa de campo y por la zona del levante en lo que se conoció como la Batalla del Jarama. Poco después llegaron al cielo madrileño los pequeños cazas rusos que lograron rechazar los aviones alemanes.
Pero durante unos meses, los madrileños vivieron la zozobra de unos bombardeos sistemáticos que aterrorizaron a toda la población. Los sótanos de las casas, los túneles del metro y los refugios subterráneos que se construyeron precipitadamente, fueron los refugios a que acudían los madrileños cuando sonaban las sirenas anunciando la llegada de las “pavas” alemanas. Ellos, nada mas empezar el estridente silbido de la sirena, corrían por la calle Leganitos abajo, hasta llegar a la Plaza de España, como ahora se llamaba la antigua plaza de San Marcial, y entrar en la boca del metro que estaba en la misma esquina. Cuando sonaba la alarma a la caída de la tarde, se solían coger unas mantas porque muchas noches se quedaban a dormir allí.
Incomprensiblemente, el Museo del Prado y varios edificios y monumentos emblemáticos de la capital fueron declarados objetivos militares y sufrieron los sistemáticos ataques de la aviación. Las autoridades culturales del Gobierno ordenaron la inmediata retirada de todos los cuadros del museo para evitar la destrucción de las obras de arte, que fueron trasladadas primero a Valencia y después a Ginebra. A nadie se le borró de la de la retina, en muchos años, la imagen de la Cibeles totalmente cubierta arena y rodeada de sacos terreros.
En Madrid empezaron a faltar los alimentos más básicos que muchas veces no se podían conseguir ni con dinero. Evaristo, el marido de Rosita, que se había quedado sin su trabajo de textiles, se unió a un paisano de Menasalvas que tenía desde hacia años un negocio de suministro de frutas y verduras a los hoteles y minoristas y que tenía muy buenos contactos con las fuerzas de orden público, que le facilitaban el traslado de mercancías desde los pueblo limítrofes a la capital. Ya se sabe que en épocas de crisis se presentan oportunidades para los que saben aprovecharlas y en esta situación de carencia absoluta, ampliaron su actividad a toda clase de alimentos. Rosita habló con su madre que les prestó quinientas pesetas con las que se hicieron socios de este prometedor negocio, con el que iban a sentar las bases para una industria que tuvo su apogeo en los años posteriores, cuando en toda España empezó a funcionar el estraperlo.
Genaro fue llamado a filas a primeros de septiembre. Emilita prefirió quedarse con sus padres, que seguían viviendo en la calle Bailén y manteniendo con muchas dificultades la fabricación de velas de cera que había tenido un cierto resurgimiento por su utilización en la iluminación de los refugios, y por los frecuentes cortes de la energía eléctrica. Ya estaba de cinco meses cuando se marchó su marido que había dejado dicho que si era niño le tenían que llamar Nicomedes como el abuelo.
Rosa vivía sola, pero recibía la visita casi diaria de su hija y de su nieta, que casi siempre llegaba con algún alimento que le proporcionaba su marido, que cada día estaba más contento con su nueva y lucrativa actividad, que para su buen funcionamiento, necesitaban ser generosos con las autoridades militares y políticas que controlaban el abastecimiento de la capital.
Eran pocas las noticias que se recibían del exterior. Genaro estaba en el frente de Navarra, en un batallón de zapadores y según decía en una de sus pocas cartas que habían recibido su mujer, no había tenido que entrar en batalla y que se encontraba bien.
De Recondo nada. Sólo había oído que habían matado al señor cura y que todo estaba muy alborotado. Lo estaba comentando en la panadería una señora que decía tener unos conocidos allí, pero que no tenía más noticias. Tampoco tenía noticias de su hermana Mercedes. Ella se había quedado viuda hacía unos años y no tenía hijos. También vivía sola como ella, pero no se veían desde la boda de Genaro cuando vino aposta desde Recondo.
Su situación económica era buena. No había dicho a nadie lo de las monedas de plata, ni siquiera a sus hijos, que les dijo que el dinero era de lo que había ido ahorrando de lo que le mandaba su padre todos los meses. Su pequeño tesoro seguía escondido en el doble fondo del último cajón del armario de la alcoba, aunque tiraba de él siempre que sus hijos tenían alguna necesidad.
A primeros de febrero, Genaro llegó con un permiso de quince días. Estaba más delgado, se había dejado la barba y parecía mucho mayor, pero contaba que la vida en el frente se soportaba bastante bien, gracias al compañerismo que había entre la tropa y a que tenían unos mandos comprensivos y que se preocupaban de ellos y de su seguridad. No obstante, confesó que las bajas eran continuas, sobre todo de los soldados que estaban en las trincheras. Su regimiento iba por delante de donde se combatía para abrir trincheras o por detrás del frente para reparar los daños ocasionados.
Emilita estaba ya a punto de dar a luz. Él había conseguido este permiso, a pesar del poco tiempo que llevaba en el ejército, cuando le contó al capitán el estado de su mujer y que el niño podría llegar de un momento a otro. Sus manos, que no estaban acostumbradas a esta clase de trabajo, le dolían y presentaban un aspecto deplorable. Grandes callos en las palmas, y grietas en los dedos por los fríos y los hielos que tenía que soportar en aquellas tierras del norte de España. Él, acostumbrado a manejar los delicados cirios de cera, ahora tenía que cavar el suelo con una pequeña pala y levantar las piedras con un pesado pico, para abrir las trincheras de una guerra en la que no sabía muy bien por qué y contra quién tenía que luchar él.
Bien es verdad que su suegro y sus amigos los curas habían dicho que era irremediable un levantamiento militar para salva a España de las garras comunistas que odiaban a Dios y querían pervertir las buenas costumbres y los valores morales que siempre habían sido el estandarte de la monarquía española, que había llevado la fe a las lejanas tierras de América y habían hecho de España la reserva espiritual del mundo, pero él, ahora, estaba luchando precisamente contra esos que decían defender los ideales de su suegro y de sus amigos. Estos eran unos pensamientos que no podía dejar traslucir en ningún sitio, ni en el ejército ni en su propia casa, porque sabía que cualquier decisión que pudiese tomar, que no fuera la de dejarse llevar por los acontecimientos, podría significar su propia muerte.


El pequeño Nicomedes llegó el día siete de febrero a las cuatro y veinte de la tarde. Rosa también estuvo presente para ayudar en el parto, que fue más laborioso de lo deseable, posiblemente por los sufrimientos de la madre durante su embarazo. El niño fue muy pequeño pero estaba sano y parecía fuerte. La blancura de su piel contrastaba con las manos recias y deformadas del padre que le abrazó con todo el cariño y ternura que podía quedar en un alma que en los últimos meses se había acostumbrado a la muerte, al odio y a la destrucción.
Rosa lloró cuando supo que su hijo había decidido poner al niño el nombre del Amo, pero dentro de ella sintió que algo se rompía y que la llegada del niño podía significar que ya nunca lo volvería a ver. Estaba cada día más segura que algo grave había pasado en Recondo.

viernes, 29 de junio de 2012

EL AMO CAPITULO XXI



Eran poco más de las doce del mediodía y aporrearon la puerta con insistencia. Rosa se echó por encima la bata y salió a abrir sobresaltada. Genaro sosteniendo a Emilita que estaba al borde de un ataque de nervios tenía la cara blanca como la pared y apenas si podía balbucir alguna palabra. Se apartó de la puerta para que pudiesen entrar y acercó una silla para que se pudiese sentar su nuera. Corrió a la cocina y trajo un vaso de agua que ella bebió con ansiedad. Genaro había ido a por otro que también bebió todavía sin decir una sola palabra.
- Por Dios, hijos, decidme, ¿qué ha pasado?
- Una tragedia, madre, una tragedia. La Iglesia de San Isidro está en llamas. Han roto los cristales de los escaparates de nuestra tienda, la calle de Toledo está tomada por los milicianos. Hemos tenido que salir huyendo para nuestra vidas estaban en peligro… y la pobre Emilita en este estado…
A la joven, poco a poco, le iba subiendo el color a la cara. Ahora, sentada en casa de su suegra, empezaba a serenarse y el corazón casi había recobrado su ritmo normal. Ahora Genaro, sentado en una silla a su lado, y cogiéndola de la mano, empezó a cotar a su madre todo lo ocurrido.
- Yo había bajado, como todos los días, a las nueve de la mañana para abrir la tienda. Emilita se había quedado en casa porque no había pasado buena noche por el calor. ¿Te encuentras mejor, vida mía? En la calle había más gente que de costumbre y se veían llegar guardias de asalto totalmente armados, que yo pensé que era para mantener el orden. Yo entré en la tienda y a la media hora escuche un gran alboroto; me asomé a la puerta y por toda la calle Toledo, desde la Plaza Mayor, bajaba una multitud de milicianos dando gritos y enarbolando fusiles y banderas de la República. Mi reacción inmediata fue cerrar la tienda, pero sólo me dio tiempo a poner el tablón de uno de los escaparates. El gentío empezaba a arremolinarse a mi alrededor y salí corriendo hacia nuestra casa para ver cómo estaba Emilita.
- Yo también me había dado cuenta de lo que pasaba y vi desde una de las ventanas, escondida detrás de los visillos, cómo se acercaban a la iglesia con antorchas encendidas y comprendí enseguida cual era su intención. En ese momento llegó Genaro, cerramos la puerta y nos dirigimos a la casa de mis padres en la calle Bailén para decirles que no se les ocurriese acercarse a la tienda.
- Ellos nos dijeron que allí no estábamos totalmente seguros porque todos los vecinos conocían su relación con los curas y alguno podía denunciarles. Nos dijeron que hasta que pasase el tumulto estábamos mejor aquí, contigo, madre.
- Y yo me alegro mucho que hayáis venido, porque así veo que estáis a salvo. ¿Y que más ha pasado?
- Cuando cruzábamos por delante de la Colegiata, hemos visto que ardía parte del retablo. Por las proporciones del incendio, seguro que no se salva ninguna de las pinturas; ni el cuadro de Ricci, ni el de Luca Giordano ni nada del retablo de Ventura Rodríguez. Al llegar cerca de aquí alguien estaba diciendo que se había hundido la cúpula… Un desastre… un verdadero desastre.
Pero no había sido solo la Colegiata de San Isidro. La mayoría de las iglesias de la capital habían sido asaltadas. La Iglesia de Jesús de Medinaceli junto al Hotel Palace, que siempre había recibido el fervor de los madrileños tampoco se libró del fuego. La Iglesia de El Salvador y San Nicolás en la calle de Atocha fue asaltada por las turbas exaltadas. Tiraron las imágenes desde sus altares, sacaron de la sacristía todos los ornamentos de culto y los vasos sagrados y los esparcieron por el suelo. Los Milicianos se vestían con las casullas y hacían simulacro de misas con ademanes obscenos utilizando los fusiles como báculos y tirando los libros en un montón en el centro de la iglesia para después prenderles fuego. Nadie ponía orden y el pillaje se generalizaba por todas partes. Una mujer se iba guardando debajo de las faldas todo lo que consideraba de valor. Dos curas viejos que vivían en la rectoral habían bajado a la iglesia al oír la algarabía, los dos fueron abatidos sin contemplaciones.
Durante los días siguientes todo el cielo de Madrid estaba poblado de largas columnas de humo que se elevaban como testigos ciegos de la desolación que se estaba viviendo.
Genaro, cuando se hubo calmado, a petición de su madre salió hacia la calle Sacramento para buscar a su hermana y su familia. Todos estaban bien volvieron con él para estar todos juntos en la casa de la madre. 
Rosa, alertada por el Amo, se había abastecido de los alimentos más básicos, de embutidos y conservas, que les iban a permitir subsistir a todos juntos hasta que se fuese normalizando la situación.
Todo era desconcierto y nadie sabía a ciencia cierta lo que estaba pasando. Sabían que el General Franco se había sublevado en Marruecos, que controlaban el sur de la península, pero el Gobierno mantenía el poder en Madrid y que estaban dispuestos a defender la República. Aunque no lo sabían,  sí todos pensaban que esto podía ir para largo, y que lo que les esperaba ahora no iba a ser nada fácil.
Rosa no tenía ninguna información de lo que estaba pasando en Recondo, pero tenía un negro presentimiento que no quiso compartir con sus hijos.
Aunque efectivamente la situación se fue normalizando y las autoridades pudieron controlar el orden público, el miedo se podía ver en los ojos de todos. Nadie se fiaba de nadie. Nadie conocía tan bien a sus vecinos para poder asegurar que no les fuesen a traicionar o a denunciarles falsamente por cualquier motivación personal o por pura maldad. Genaro había pasado por delante de la tienda y pudo comprobar que había sido asaltada y no quedaba nada dentro; pero el barrio ya estaba tranquilo, pudo hablar con alguno de los vecinos y se cercioró de que podía volver a casa con su mujer, aunque sabía que era imposible intentar volver a abrir la tienda.
Rosita, Evaristo y su niña también regresaron a su piso en la corrala de la calle Sacramento. Aunque la tienda de telas se abrió a la semana siguiente, el dueño le dijo que le tenía que despedir porque en esta situación le iba a ser imposible pagar su sueldo. A Rosita le dijeron que ya la llamarían si había trabajo.
Antes de que se fueran de casa, Rosa entregó a escondidas cien pesetas a cada uno de sus hijos, para que fueran tirando, aunque ellos se resistían a cogerlo.
- No os preocupéis, vuestra madre sabe lo que hace y si tenéis alguna dificultad, podéis recurrir a mí, pero no le digáis a nadie nada de esto.
Ella había cumplido los cincuenta y nueve años, ahora se sentía muy mayor y su vida ya no tenía más sentido para ella que cuidar de sus hijos, mientras tuviera fuerzas y gracias al dinero que el Amo le había entregado providencialmente unas semanas antes.
En la escalera principal del número diez de la calle de Leganitos, la situación había cambiado muchas cosas. El señor Emilio había muerto el año anterior y la señora Susana y el señor Braulio, ya muy mayores seguían viviendo allí, pero los herederos del sastre ya le habían comunicado que tenían que dejar la casa y tendrían que marcharse a su antigua casita de Vallecas. La Julita había recibido una visita de don Bernardo para comunicarle que dadas las circunstancias no podría seguir visitándola y que le iba ser imposible seguir mandando el dinero mensual que nunca le había faltado. Que no podía correr el riesgo de que su hija, que visitaba frecuentemente a su suegra, fuese a enterarse ahora de la situación, y que por todo ello, era mejor dejar las cosas así. Que había sido una verdadera compañera para él, y que siempre la querría.
Esta nueva situación la dejaba en una situación muy delicada. Era la propietaria del piso pero no tenía ingresos ni para sufragar los gastos de la vivienda ni para sobrevivir. Además, ya no tenía ni años ni físico para ejercer el único oficio que conocía y que había ejercido durante toda su vida. Entonces se le ocurrió que podría ser una buena solución ofrecer el piso a sus viejos vecinos en las mismas condiciones que tenían con el sastre, lo que fue un alivio para todas las partes, pues pensaron que sería mejor compartir lo poco que tuviesen que buscarse la vida cada uno por su lado.    

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SENTIRES. Canta Mª Antonia Moya. Edición remasterizada. 2012. Incluye las canciones siguientes:

AVE MARIA

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LA TARARA

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Canta Maria Antonia Moya. Si quieres escuchar la canción, pincha en la imagen

LOS PELEGRINITOS

LOS PELEGRINITOS
La canción de Lorca, cantada por María Antonia Moya, con imágenes de Lucena (Córdoba) Para escuchar la canción pincha en la imagen.

EN EL CAFÉ DE CHINITAS

EN EL CAFÉ DE CHINITAS
La copla de Lorca, cantada por María Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. 1986. Para escuchar la canción, pinchar en la imagen

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE
Maria Antonia Moya canta el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca. Puedes escucharlo pinchando la imagen.

LOS CUATRO MULEROS.

LOS CUATRO MULEROS.
Canta: María Antonia Moya. 1986.Para escucharlo,pinchar en la imagen.

PERFIDIA

PERFIDIA
Canta Maria Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. Año 1986. Para escuchar la canción, pincha en la imagen.

PASODOBLE DE CHINCHÓN

PASODOBLE DE CHINCHÓN
Letra: L.Lezama - Música: Palazón. Canta: María Antonia Moya. 1987Puedes escucharlo pinchando en la imagen

MIS LIBROS DE FICCIÓN. EL AMARGO SABOR DE LAS ROSAS.

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"El amargo sabor de las rosas" Novela. Marzo de 2017

LA BODA

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"La boda" 1996 -2001. Inédito.Para leer el cuento, pincha en la imagen

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CHINCHÓN MÁGICO
"Chinchón Mágico" 2002. Inédito. Para leer el libro, pincha en la imagen.

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