lunes, 29 de agosto de 2016

CHINCHÓN EN LA POSGUERRA. VI (MEMORIA HISTÓRICA)

CAPITULO V. CELEBRACIONES


Además de las fiestas, en la posguerra tampoco faltaron las celebraciones. Y las bodas eran, sin ninguna duda, las que acaparaban los mayores dispendios, sin llegar, claro está, a los excesos actuales.
Pero además, siempre se encontraba algún motivo de festejar cualquier nimio acontecimiento que hiciese más llevadera la vida monótona de aquellos años.
Y de aquellas celebraciones nos quedan el dulce sabor de los repápalos, de los bollos de aceite, de los bartolillos, de las magdalenas y de las rosquillas, todo ello regado con un buen trago de limonada o una copita de anís.

Entonces, en la Posguerra, se celebraba todo. Los cumpleaños, los santos, los bautizos, las comuniones y, por supuesto, las bodas. Las reuniones, los alboroques y las juergas, también eran celebraciones, pero con los amigos; como veremos en el capítulo siguiente. Cualquier motivo era válido para justificar la organización de alguna fiesta o fiestecilla.
Claro está que estas celebraciones no tenían nada que ver con lo que ahora entendemos con “celebrar”. Entonces, aún, la gente era sensata y estas celebraciones no sobrepasaban nunca la capacidad económica de los organizadores que se las arreglaban para compartir con amigos y familiares la alegría del evento, pero sin los despilfarros a los que ahora estamos acostumbrados.
Las más frecuentes eran los cumpleaños y los santos, aunque en Chinchón no había mucha costumbre de celebrarlos. Acudían padres, hermanos, tíos, primos, amigos y vecinos.
Pero entonces no se decía “vamos al “cumpleaños de…”, se decía vamos “a los días de…”; por ejemplo, “vamos a los Solares, a dar los días a la tía Regina, la del tío Valentín…”
Las bebidas eran el agua de limón y la “limoná” que regaban los dulces que se preparaban en casa. Las rosquillas, los repápalos, los bollos de aceite y de manteca, las magdalenas, los bartolillos, y las hojuelas que se presentaban en bandejas que los anfitriones iban pasando en “reos” para que cada uno cogiese uno de los dulces.
Nadie se atrevía a levantarse del asiento para coger un dulce de la bandeja hasta que no se lo ofrecían. Era una forma de reparto equitativo. Luego se iba pasando el porrón con la limonada o la jarra con el agua de limón que se iba sirviendo en vasos que podían ser compartidos por los invitados.
Al final, siempre aparecía una botella de anís, que era el mejor complemento para los bollitos de aceite que solían ser los más apreciados.
Los bautizos no se celebraban demasiado porque entonces se tenían muchos hijos y los tiempos no estaban para demasiados gastos. Como mucho, el primero y sobre todo si era el primer nieto de alguna de las familias.

La primera comunión. Ya entonces se celebraba por todo lo alto. Los niños que hicieron su primera comunión en el año 1953. El grupo fotografiado en el patio del Colegio de Cristo Rey.

Las comuniones si eran más celebradas; pero sobre todo por la fiesta que organizaba la Parroquia para dar más importancia a la celebración.
Los vestidos de primera comunión eran ya entonces muy parecidos a los actuales. Estaban confeccionados con una tela que llamaban de organdí, blanco, por supuesto. La falda, larga hasta los pies, era lisa, pero en la parte de abajo tenía varios volantes plisados a mano con tenacillas calentadas al fuego. Este proceso era muy primoroso, porque había que ir limpiando concienzudamente las tenacillas, después de calentadas entre las brasas, para evitar que manchasen una tela tan delicada. Estos volantes se repetían en la parte superior formando un canesú y llegaban hasta las mangas que iban ciñéndose a los bracitos hasta terminar en puños con presillas y botonadura de perlas. El tocado era también de organdí con adornos florales de la misma tela que terminaba en un velo de tul ilusión, que bien podría ser el velo de alguna novia de la familia.
En las casas de los más pudientes, la muda de la ropa interior de la niña se la encargaban a las monjas clarisas que la bordaban a mano. Era de crespón blanco terminado en encaje y unos lacitos de raso. En la camisita le habían bordado las iniciales de la niña. Los zapatitos blancos de charol y los calcetines de perle, solían ser el regalo de los padrinos. Claro está que en muchas casas el atuendo se solucionaba adaptando el vestido de una hermana mayor o el de alguna vecina que había hecho la comunión unos años antes.
El traje de los niños solía ser un traje de marinero o un traje de chaqueta y pantalón blancos, normalmente también heredado de algún hermano o familiar cercano. También había trajes de monjes e incluso, algún que otro traje de angelito con sus alas y todo.
Los niños habían asistido a la catequesis, donde enseñaban las oraciones que todos debían conocer para poder comulgar, aunque muchos de ellos ya se las traían aprendidas de casa. Las catequistas insistían en que el vestido no era lo importante, sino la pureza del alma para recibir al niño Jesús, aunque a ellos les seguía haciendo más ilusión el vestido tan bonito que les habían preparado y los regalos que esperaban recibir en ese día.
Los días previos a la fiesta, en casa, se exponía toda la ropa de los niños para que la pudieran admirar los familiares y las amistades que iban pasando por la casa para ver las ropas de la comunión. Esa costumbre también existía cuando se celebraba una boda; entonces se exponía el traje y toda la dote de la novia y el traje del novio en sus respectivas casas. Incluso, se solía hacer con la ropa que estrenaría el mozo que entraba en quintas. Eran las oportunidades que se tenían para demostrar la alcurnia de la familia.
Uno de los regalos más frecuentes, por entonces, era una librito con pastas de nácar con todas las oraciones de la comunión y la santa misa. También tenía unos dibujos muy bonitos de ángeles y niños santos. A los niños lo que más nos impresionaba era una estampa en la que se veía a las almas condenadas en el infierno, allí el demonio pinchaba con un tridente a los pecadores que se quemaban en unas hogueras con llamas rojas y reflejos amarillos. Deducíamos por la expresión de sus caras, que daban gritos y alaridos, arrepentidos de sus pecados. Pero nosotros nunca iríamos al infierno, porque éramos niños buenos y obedientes, que cumpliríamos siempre con los mandamientos de la Iglesia. Y además, para eso guardábamos en una cajita todas las estampas que daban los domingos, a la entrada de la misa, para justificar nuestra asistencia.
Para ese día se hacían unos recordatorios con imágenes de santos, del Sagrado Corazón o de la Virgen, y debajo el nombre del niño, la fecha y la inscripción "El día más feliz de mi vida", que se repartían entre familiares y amigos.

Años después. en la sacristía de la Parroquia, los curas, don Valentín y don José Manuel, los maestros, don Lorenzo, don Ramón y doña Matilde, y las autoridades civiles y militares, acompañan a los niños en el desayuno que se les ofrecía después de la misa.

Después de la ceremonia de la iglesia, se ofrecía un desayuno a todos los niños que habían comulgado por primera vez. Entonces, hay que recordar, para comulgar había que guardar ayuno. En el Colegio de Cristo Rey primero, o en la propia sacristía después, se preparaban un chocolate con bollos y dulces, y eso, entonces era una celebración que después recordaban todos los niños, porque era una excepción en lo que normalmente era el desayuno diario en sus casas, aunque algunos no lograsen que sus nuevos trajes blancos no terminasen con una buena mancha de chocolate.
El ágape estaba servido por las monjitas, cuando era en el colegio, o por las catequistas cuando se hacía en la Sacristía.
En todas las celebraciones, los familiares más cercanos, como abuelos y tíos, solían llevar un pequeño detalle como regalo, sobre todo si el protagonista era un niño.
Había otra celebración que tenía un gran arraigo y que fue decayendo poco a poco ya en tiempos de posguerra, hasta su total desaparición cuando fue suprimido el servicio militar obligatorio. Era la fiesta de los “Quintos”.
Durante esos días, porque la fiesta duraba tres o cuatro, se podía escuchar por las calles de Chinchón:

La quinta de los nacidos en el año 1945. Era el día de los ”quintos” y había que celebrarlo, cantando las coplas, antes de ir a tallarse en el Ayuntamiento.

"Somos los quintos de hogaño, /tocamos la pandereta, /el que no nos quiera oír /que se vaya a hacer puñetas."
De la tradición carnavalesca en Chinchón, la fiesta de los quintos heredó su aspecto satírico. Así se hacían famosas cada año las coplillas que se dedicaban a los acontecimientos más relevantes del año y a las personas que se habían distinguido por cualquier motivo, sobre todo si ofrecía algo de morbo. Aunque los quintos no estaban amparados por un disfraz, sí conseguían el anonimato dentro del grupo y así se atrevían a satirizar a las personas y a las costumbres. Muchas veces eran diatribas mordaces hacia los poderes fácticos, otras, la crítica social, el descubrimiento de un turbio asunto, incluso el ataque frontal a un enemigo, pero todo salpicado de ingenio en sencillos versos octosílabos con rima en los versos pares.
Debió ser de tal importancia esta costumbre en tiempos anteriores, que cuando se hace la jota de Chinchón, se incluyen varias estrofas dedicadas a los quintos; la primera que he reseñado antes y las dos siguientes, que son un ejemplo claro de lo comentado anteriormente, ya que se ridiculiza a los "señoritos" y a una moza que debía ser algo ligera de cascos:
“La farola de mi pueblo/se está muriendo de risa/ por ver a los señoritos/ con corbata y sin camisa”.
“En Chinchón hay una moza/ que se tiene por formal/ y en la Puerta de la Villa/ ha perdido el delantal”.
El día en que los mozos tenían que tallarse, que era el acto previo al sorteo de los reemplazos para alistarse en el servicio militar, era un gran día de fiesta, puesto que el hecho de ir al Servicio Militar suponía, hasta bien entrado el siglo XX, un acontecimiento de máxima importancia para la vida de los mozos de Chinchón. Para muchos iba a ser la primera vez que salían del pueblo, incluso su oportunidad para aprender a leer y a escribir y, desde luego, posiblemente la única oportunidad de "conocer mundo".
Si el mozo "salía mal", que era si era destinado a África, suponía un drama familiar digno de consuelo de parientes y vecinos que se apresuraban a mostrar su pesar a los padres del joven que no sabía muy bien donde estaba África, y que sólo tenía un poco claro que por allí estaban los moros. En cambio, si "salía bien" - esto es, si se quedaba en la Península -era motivo de alegría para todos los allegados y para el propio interesado al que se le presentaban ante sí promisorias aventuras militares, culturales e, incluso, amorosas, aunque esto último sembraba el desasosiego en la novia que era consciente de la obligación de esperar a su amado recluida en su casa para no verse en boca de los quintos del año siguiente que, en caso contrario, no dudarían en sacarla en sus cantares.

Los quintos, con sus trajes nuevos, posan en la plaza antes de ir al ayuntamiento para tallarse.

Con motivo de la llamada a quintas se compraba al mozo una dote completa, casi como si se tratase del ajuar de novio: Traje, camisas, ropa interior, zapatos, pañuelos, calcetines, etc. etc. que estrenaban el día de la talla. Ese día se reunían todos los mozos de la quinta en la Plazuela del Pozo, con sus trajes nuevos, y acompañados por los músicos, se dirigían hacia la Plaza entonando sus coplas satíricas. En el centro de la plaza, rodeados por gran cantidad de paisanos que celebraban sus ocurrencias, cantaban todo su repertorio hasta que a las doce en punto de la mañana se entraba en el Ayuntamiento donde el secretario oficiaba de maestro de ceremonias y en presencia del señor Alcalde se procedía a tallar a todos y cada uno de los mozos.
Durante los días previos habían ido pidiendo a familiares y vecinos una ayuda para sufragar los gastos de esta celebración que tenía un carácter casi iniciático. Además de la transgresión verbal de las canciones, siempre se cometían excesos en la bebida, lo que no estaba mal visto; incluso, durante años, se solía recordar la borrachera más sonada, lo que concedía un cierto prestigio al protagonista.
Pero, desde luego, la celebración por antonomasia, como ocurre ahora, eran las bodas.
En aquellos años, cuando el mundo se terminaba en el “Ventorro”, difícilmente llegaban noticias de más allá de la raya de Colmenar y no leía casi nadie el periódico, las noticias de la vida social del pueblo tenían una gran importancia. Como apenas llegaba la reseña de las bodas reales y eso con demasiado retraso, cualquier enlace local conseguía un seguimiento que no desmerecía con el que actualmente tienen las bodas de los toreros, las folklóricas y el resto del mundo de los llamados famosos.
La celebración de la boda duraba varios días y los fastos por este acontecimiento iban adquiriendo -poco a poco- la magnitud que ha llegado a desembocar en la desmesura que han alcanzado en la actualidad.
En aquellos años la boda era, como ahora, una oportunidad para mostrar a la sociedad el poder adquisitivo de la familia, en la que había que demostrar a todo el mundo la situación económica de los contrayentes, para lo cual siempre se hacían, casi como ocurre ahora, algún dispendio excesivo que se saliese de lo que podría ser aconsejable. El número de invitados era otro baremo que medía el potencial de la familia.
La férrea sociedad patriarcal imponía a los jóvenes esposos el seguir ligados, laboral y económicamente, con el cabeza de familia, por lo tanto, eran los padres del novio quienes se encargaban de preparar la vivienda, frecuentemente dentro de su misma casa, y la familia de la novia debía contribuir con el ajuar y mobiliario del nuevo hogar.

Las bodas, la más importante de las celebraciones sociales. Los contrayentes llegaban andando a la Iglesia. Aquí vemos una boda a la salida de la ceremonia, unos años antes, subiendo por el Arco de Palacio.

El vestido de novia era, hasta mediados del siglo XIX, el traje de fiesta típico de las mujeres de Chinchón que se confeccionaba para esa fecha y después se utilizaba en las distintas celebraciones festivas. Poco a poco se fue imponiendo la moda de los vestidos de calle en colores oscuros y no fue hasta mediados del siglo XX cuando se empezó a usar el vestido blanco.
También los hombres vestían, en un principio, su traje típico de fiesta con sus pantalones, su chaleco y su chaquetilla de pana negra, su camisa sin cuello, pulcramente almidonada, y grandes botas de piel. Con el paso del tiempo también fue evolucionando, pasando por el traje de chaqueta y corbata, hasta llegar a los “uniformes” hoy en uso.
Como se ha dicho antes, las celebraciones duraban varios días, aunque, lógicamente, la celebración principal era la comida del día de la boda. Por la mañana se había preparado un desayuno con magdalenas y bollos para la familia más allegada y al día siguiente se celebraba la “tornaboda” en la que de nuevo se volvían a reunir para comer -los restos del día anterior- los familiares y amigos más cercanos.
La comida de la boda se celebraba en la casa de alguno de los contrayentes y el menú estaba compuesto por carne guisada, arroz con leche, dulces, vinos de la tierra y aguardientes anisados. La preparación de la comida se encomendaba a personas expertas que se habían especializado en guisar en grandes cantidades. Porque en aquellas épocas, cuando la comida no era demasiado abundante, era más apreciada la cantidad que la calidad y se preparaba suficiente comida para que se hartasen todos los invitados.
Estas comidas suponían un gran dispendio que muchas familias no se podían permitir y eran sustituidas por meriendas compuestas por dulces, pastas, magdalenas, repápalos, bartolillos, mantecados y rosquillas y en las que la limonada corría en abundancia.
Por los años cincuenta se hizo una innovación que consistía en celebrar una merienda en los salones del baile de la “Sociedad”. En largas mesas formadas por tableros colocados sobre unas borriquetas, sobre las que se colocaba papel blanco a modo de manteles, y que rodeaban todo el salón; a cada uno de los invitados, sentados a ambos lados de las mesas, se le servía una bandeja de cartón con varias lonchas de embutidos y una barra de pan para hacer un bocadillo. En otra bandeja dos o tres pasteles y varias pastas, como postre. Vino y gaseosa para beber. A continuación llegaba el baile. Después que los nuevos esposos abrían el baile con el obligado vals, los mozos se apresuraban a sacar a bailar a las mozas, un largo repertorio de pasodobles, bajo la atenta mirada de las madres que se colocaban todo alrededor del salón para vigilar a los jóvenes bailarines. Era costumbre, que los mozos que no estaban invitados, sobre todo si estaban interesados en alguna joven de la boda, se colasen al baile “de pegote”, burlando la solícita vigilancia del tío Lorenzo Salas, el conserje, que intentaba por todos los medios impedir el paso a los que no estaban invitados. Cuando las bodas se celebraban en verano, se abrían todos los balcones del salón, y allí se salían las parejas, cuando las madres estaban distraídas, para sofocar los calores meteorológicos, y los amorosos. El baile, siempre, terminaba con la jota.

En los salones de la Sociedad, celebrando una boda en los años 50 y 60 del siglo XX.

Había, por entonces, una gran demanda para cubrir cualquier vacante circunstancial en el puesto de monaguillo, puesto que la participación en la ceremonia llevaba aparejada la asistencia a la merienda; hecho no establecido formalmente, pero generalmente aceptado por las familias de los contrayentes.
No consideramos necesario continuar con la evolución de esta costumbre de invitar a comer a familiares y amigos, por ser suficientemente conocido por todos, y evitarnos tener que relatar los excesos desproporcionados a los que se han llegado.
La ceremonia religiosa tenía lugar en la Parroquia - cuando no estaba en obras de reparación - o en la Iglesia del Rosario y el traslado hasta allí de los novios se hacía a pie. Era el momento de que todos -las mujeres principalmente- saliesen a la puerta de la calle para ver la boda. Alguien del acompañamiento, para avisar, solía gritar:
“ ! Salid, lechuzas, marranas, a ver la boda...!”
A la salida de la iglesia, el padrino lanzaba anisillos y peladillas, que los niños se disputaban, sin importarles que ese día les hubieran puesto la ropa nueva. Entonces no existía la costumbre de lanzar arroz a los novios. Eran tiempos de escasez y estaba muy arraigado aquel dicho de “Con las cosas de comer, no se juega”.
Lo del viaje de novios es una invención mucho más moderna. Hacer un viaje en carro, aunque no fuese nada más que hasta Aranjuez, no era el preludio indicado para la culminación de la tan esperada noche de bodas.
Los nuevos esposos estrenaban esa noche su nuevo hogar bajo la amenaza de las pesadas bromas de los amigos del novio, y a la mañana siguiente se integraban, de nuevo, en las celebraciones de la tornaboda, y terminadas éstas, iniciaban su nueva vida que, en lo económico y en lo laboral, no difería prácticamente en nada con la de solteros.
Entonces, cuando todavía existía un patriarcado efectivo, la nueva pareja solía entrar a formar parte (salvo excepciones) de la familia del novio. La casa podía estar dentro de la casona familiar en donde se habilitaban algunas habitaciones para la nueva pareja que seguía supeditada económicamente al patriarca, sobre todo en las familias campesinas.
Cuando un hijo se casaba seguía dependiendo económica y laboralmente del padre, quien era el que seguía dirigiendo las tareas del campo y el que indicaba, día a día, donde y qué labor tenía que realizar esa jornada.
Esta costumbre permaneció durante muchos años, hasta que fue decayendo la actividad agrícola y los hijos fueron dejando sus casas para trabajar en Madrid.
Era una forma de garantizarse los mayores su “pensión” y era admitido por los hijos para perpetuar esta costumbre que después también les daría a ellos la garantía para su vejez.
                                                                                                                             Continuará....

sábado, 27 de agosto de 2016

CHINCHÓN EN LA POSGUERRA. V (MEMORIA HISTÓRICA)

CAPÍTULO IV. FIESTAS.


Entonces, cuando la vida cotidiana se reducía a trabajar y trabajar, cuando durante todo el año apenas si nos podíamos permitir algún capricho, eran las fiestas los únicos paréntesis festivos que podíamos disfrutar.
Las fiestas eran un oasis en nuestras vidas. Las fiestas era el tiempo de un descanso obligado y las fiestas eran las fechas en las que muchos de los que habían tenido que emigrar del pueblo, volvían para ver a sus familiares y para asistir a la procesión de San Roque; porque en Chinchón, aunque no se creyese en Dios, todos creíamos en San Roque.

Cuando en Chinchón se habla de fiestas, nos estamos refiriendo a las Fiestas de Nuestros Patronos, La Virgen de Gracia y San Roque, que se celebran los días 15 y 16 de Agosto.
En los años de la posguerra estas fiestas tenían una importancia que ahora no es fácil calibrar.
Entonces, cuando la vida cotidiana se reducía a trabajar y trabajar, cuando durante todo el año apenas si nos podíamos permitir algún capricho, eran las fiestas los únicos paréntesis festivos que podíamos disfrutar.
Bien es verdad que también estaban las Fiestas de Navidad, estaba la Semana Santa, estaban las fiestas de Santiago y de la Virgen del Rosario que antiguamente tuvieron hasta más importancia que las de San Roque, pero éstas llegaban cuando ya se habían terminado las labores de la recolección y cuando hacía buen tiempo para alargar los días y participar en todos los actos que se organizaban.
En la antigüedad, siglos atrás, estas fiestas coincidían con la feria de ganados, pero a mediados del siglo XX, la única reminiscencia de aquellas ferias eran las fiestas con toros.
Durante mucho tiempo, y en la época de que nos ocupamos, las fiestas se centraban entre los días 14 y 18 del mes de Agosto. Fue después, cuando ya la esencia de las fiestas se perdía, cuando se fueron ampliando las fechas y los actos, sobre todo los encierros desproporcionadamente.
El primer día, por la noche se celebraba la pólvora en la Plaza Mayor, amenizada por los músicos, que entre castillo y castillo de fuego, interpretaban las canciones de moda para que los mozos bailasen en la arena de la plaza.
Previamente, a la caída de la tarde se había encendido el alumbrado festivo que consistía en una hilera de bombillas que recorría el centro de la calle de la Iglesia, la calle Grande y la calle de los Huertos. La plaza se iluminaba también con varias bombillas más gordas que atravesaban el ruedo colgadas de gruesos alambres. (Esta iluminación se inició en el año 1898, en que llegó la electricidad a Chinchón). A las doce en punto del mediodía se habían lanzado las "bombas reales" - lanzamiento de cohetes y tracas - como anuncio del inicio de las Fiestas.

Antes no había contrabarrera. Sólo el tabloncillo y los palos. Para las grandes corridas, se colocaban los carros alrededor para aumentar el aforo.

El día 15, Festividad de la Virgen de Gracia, había funciones religiosas y procesión por la tarde en la que se trasladaba la Imagen de la Virgen hasta la Ermita de San Roque. El 16, día del Santo Patrón, por la mañana, se trasladaba la Imagen de San Roque, acompañada por la de la Virgen hasta la Parroquia. Era la procesión llamada de los pobres. Al mediodía se celebraba la solemne Misa Mayor, que siempre tenía una gran concurrencia. Por la tarde tenía lugar el encierro de los toros de la corrida del día siguiente. Aunque se iniciaba muy temprano, a eso de las cuatro de la tarde, había veces que no se habían encerrado los toros a la hora de la procesión, que en ocasiones tenía que empezar bien entrada la noche. Esta era la procesión llamada de los ricos, porque todos los asistentes lucían sus mejores galas, y en la que la imagen del Santo volvía a su Ermita, acompañada por la mayoría de los vecinos de Chinchón y de los que venían de fuera para asistir a la procesión.
El día 17 era el día de los toros. Por la mañana se soltaba el "toro del aguardiente" y a las doce se "hacía la prueba" de los toros que se iban a lidiar por la tarde. Se soltaban uno o dos toros de la lidia que era corrido por los mozos en una capea, sin tener en cuenta el peligro que esta práctica podía tener para los toreros en la corrida de la tarde. En realidad la corrida era una novillada sin picadores en la que alternaban jóvenes aspirantes a toreros y lo verdaderamente importante eran las capeas en las que se corrían toros de gran tamaño y en las que los mozos del lugar competían con los maletillas que llegaban con la esperanza de dar unos pases que les abriesen las puertas de la fama.

A veces se soltaban los toros directamente en la plaza desde los cajones

El 18 era el día de descanso. Por la tarde se celebraba la Almoneda en la que se subastaban los regalos que se habían hecho al Santo; ristras de ajos, embutidos, vino, dulces y anís. Durante la almoneda se obsequiaba con limonada a todos los asistentes que podían participar en la subasta o divertirse con las ocurrencias de los "animadores" que incitaban con gracejo a subir las pujas. Desde aquí queremos dejar un cariñoso recuerdo para el "Pregonero", "Machaco" y "El Pajero" que, durante casi un siglo, colaboraron en este menester
Aparte de los actos "oficiales" que se han reseñado, durante las fiestas había "grandes bailes de sociedad" en los salones del "Duende", en baile de “Las Cañas”, y también en el baile del Alamillo primero y de "Finuras" después, que alcanzó una gran aceptación en los años cincuenta y sesenta en lo que se llamó "baile del vermú" que tenía lugar al mediodía y donde se ponía a prueba a los mozos, que poco acostumbrados a los trajes y las corbatas, sufrían estoicamente los rigores del calor del pleno mes de agosto de Chinchón, por aprovechar una de las pocas oportunidades que se les ofrecía de bailar con la moza a la que querían pretender.
Las fiestas eran días en los que en todas las casas se recibían a los huéspedes. En realidad, los huéspedes eran familiares que vivían fuera y que volvían una vez al año para acompañar a San Roque en su procesión y ver a los padres y a los hermanos. En estas fechas se encentaba el jamón de la matanza y se sacrificaba uno de los mejores gallos del corral, porque en Chinchón, y en aquellas épocas, era proverbial la buena acogida que se daba a los forasteros, aunque fuesen de la familia.
En las fiestas, para las misas y sobre todo para las procesiones se reservaban los mejores trajes; los de quintos, los de novios o lo de las bodas, porque era impensable acudir a los actos oficiales sin vestir como requería la costumbre y la etiqueta establecida.
En las fiestas se solía conseguir la primera autorización de los padres para poder no ir a dormir por la noche; para después del baile, tomar una copita de anís, bajar a la misa de las Clarisas y después ir al encierro.

Pero siempre fueron famosos los grandes encierros

Porque, sin ninguna duda, los actos de mayor asistencia eran los encierros. La celebración de encierros en Chinchón es una tradición que se ha mantenido en el tiempo. En épocas en que estuvieron totalmente prohibidos, Chinchón, junto con Pamplona, Sepúlveda, San Sebastián de los Reyes, y pocos más eran las excepciones que confirmaban la regla.
En aquella época el encierro se hacía a las cuatro de la tarde del día del Patrón. Los toros que se iban a lidiar al día siguiente se traían andando desde la dehesa, acompañados por los mayorales a caballo. El día antes llegaban al Valle, y allí permanecían hasta el día del encierro por la mañana, que llegaban hasta la Fuente Pata, donde esperaban hasta la hora del inicio. Los mozos se iban uniendo a la manada, guardando las distancias, aunque los toros en el campo eran menos peligrosos.
Desde dos horas antes del encierro los mozos a pié y los señoritos a caballo, iban tomando posiciones para correr el encierro. Ese día, además de los cuatro toros de muerte de la novillada del día siguiente, traían dos toros de capea y cinco bueyes.
La calle de los Huertos repleta de gente que se apartaba al paso de toros y caballos mientras el infernal griterío en la Plaza acogía la llegada a la Puerta de la Villa en la que se formaba un tumulto de hombres, toros y caballos, de un colorido y una plasticidad inenarrable.

Se celebraban también las conocidas capeas en las que se podían lucir los recortadores, los maletillas y todos los aficionados.

Una diferencia importante era la forma que entonces había de recortar a los toros. En la actualidad se ha mejorado mucho esta técnica y los que lo practican han alcanzado casi la profesionalidad. Ahora se cita al toro de frente y se le hace un quiebro o se le recorta por la cara. Entonces, el mozo entraba al toro por detrás para cogerle desprevenido; después, si el toro se arrancaba, era cuestión de correr en zigzag, porque si corrían en línea recta era fácil que no llegasen al tabloncillo, y entonces, sí que los gritos, sobre todo de las mujeres, alcanzaban su máximo volumen. Se recuerda al “Perla “y a Victoriano Moya, y a “Pachano” y a su compañero al que apodaban “Conejo” por su habilidad para escapar zigzagueando de la cara del toro; que estaban considerados como grandes recortadores que, entonces, alcanzaron el prestigio y la admiración, sobre todo de los niños, comparable con la que ahora puedan tener Sergio Delgado o Rozalén.
Más de uno de uno de nosotros sufrió la angustia de verse perseguido por un toro, en el encierro o en las capeas, hasta que los años, la novia o la sensatez nos desaconsejó estas peligrosas aficiones.
                                                                                                                             Continuará....

viernes, 26 de agosto de 2016

TU RECUERDO




Aún me duele tu recuerdo
En noches de luna clara
Cuando en mis sueños despiertos
Me parece ver tu cara.

He pasado tantos días
Entre llantos y suspiros 
Añorando los momentos
En que tú estabas conmigo
Que tu falta, se hace pena
Y en tu ausencia no consigo 
Llevar la vida serena
De cuando estaba contigo.

Aunque ha pasado tanto tiempo
De noches claras en vela
Aún me duele tu recuerdo
Y nada a mí me consuela.

jueves, 25 de agosto de 2016

CHINCHÓN EN LA POSGUERRA. IV (MEMORIA HISTÓRICA)

CAPÍTULO III. OÍR MISA ENTERA TODOS LOS DOMINGOS Y FIESTAS DE GUARDAR.


La religión jugó un papel importante dentro de nuestra niñez y juventud. Eran tiempos de silencios en Semana Santa y de ayunos y abstinencias voluntarios, cuando los obligatorios ya eran demasiado frecuentes en nuestras vidas.

Como ya he dicho, el Régimen adoptó el Nacional-catolicismo como la única y verdadera religión. Aunque tradicionalmente la gente de Chinchón había frecuentado la Iglesia, después de la guerra esta práctica se consolidó; no solo como reacción a los años de anticlericalismo de la guerra, sino porque otra postura podría ocasionar represalias no deseadas por nadie.
El primer cura en llegar, como ya he dicho, fue don Pablo Rodríguez Manzano, que era natural de Móstoles, y que se encargó de organizar “misiones” para catequizar a niños y adultos, que atrajo de nuevo a la iglesia a los fieles horrorizados por los años de ateísmo y libertinaje vividos durante la guerra.
Le sustituyó en el año 1947 don Abrahán Quintanilla Rojas, que venía de Morata de Tajuña, y en el año 1954 llega a Chinchón don Valentín Navío López, un buen predicador, que hizo algunas innovaciones en la liturgia y en las celebraciones y procesiones. En su tiempo trajo desde Madrid una imagen de la Virgen de Fátima, portada a hombros por hombres de Chinchón. Cuando llegó la imagen al pueblo se le hizo un solemne acto de bienvenida en la plaza, haciendo un altar encima de la Fuente Arriba, desde donde el Sr. Cura hizo una sentida homilía.

Don Valentín Navío López dirige una plática de bienvenida con motivo de la llegada de la imagen de la Virgen de Fátima a Chinchón.

Después llegó a Chinchón don Moisés Gualda Carmena, que será recordado por las obras de restauración de la iglesia parroquial, y que terminó su ministerio en nuestro pueblo. Hay que recordar también a los coadjutores que durante este tiempo llegaron a Chinchón: Don Juan Tena, don Federico Santiago, don Germán López, don Enrique Argente, don Raúl Gómez, don José Manuel de Lapuerta, don Santiago Martínez, que murió ahogado en Chinchón, don Aquilino Ochoa, don Agustín Regadera, don Luis Lezama y don Lorenzo Merino; aunque estos últimos llegaron cuando ya la posguerra empezaba a ser historia.
Al hablar de la religión en aquellos tiempos, habrá que convenir que todo era bastante sencillo. No era cuestión de entrar en profundizar en los dogmas; era lo que entonces se llamaba la “fe del carbonero”. Si tuviéramos que buscar una palabra que lo definiese, esa sería “sencillez”. Todo estaba como muy bien definido y no había que discutir nada. Todo era así de sencillo. Hacer lo que te decía el cura, el maestro y tus padres. El lema “Dios, Patria y familia” se aplicaba con absoluta normalidad, y todo era tan sencillo como cumplir las normas; nadie nos planteábamos que pudiera ser de otra forma, y si alguno se lo planteaba, ya se encargaba la autoridad –Dios, Patria y familia- o sea la Iglesia, el Poder y los Padres, en dejar bien sentados los principio inamovibles que necesariamente había que acatar. Aunque pudiera parecer que esto podría crear algún problema, era todo lo contrario, era muy fácil, hacíamos lo que nos mandaban, (por lo menos cuando nos veían) y así no había que pensar demasiado.
Había normas, no escritas, para todo; cómo había que dirigirse a los mayores, el comportamiento en el colegio –levantarse cuando entraba algún mayor en la clase, estar con los brazos cruzados mientras las explicaciones del maestro-, cómo presentarse: “Fulanito de Tal y Tal, para servir a Dios y a usted”. Y estas normas de educación y urbanidad iban marcando nuestro carácter y nuestro comportamiento, haciendo de nosotros unos niños muy educados y sumisos, incapaces, no solo de contestar a una persona mayor, ni siquiera de plantearse si lo que nos mandaban era razonable.
l Así, la costumbre era ley. Se iba a misa los domingos y fiestas de guardar, porque era la costumbre. En Semana Santa era costumbre, que además de asistir a las procesiones, no se podía cantar e incluso en la radio sólo se escuchaba música clásica.
Pero también había costumbres que eran esperadas con ilusión por todos nosotros. Era la Navidad. En las Navidades de entonces hacía mucho frío; en realidad en Chinchón hacía mucho frío desde que terminaban las Fiestas del Rosario hasta San Isidro.
Pero ya, a finales de diciembre, llegaban los hielos y había que calentar agua en el fogón para que las mujeres pudieran lavar en el tinajón del patio.
A pesar de que los tapabocas apenas si nos dejaban ver, en nuestras orejas iban apareciendo unos hermosos sabañones sólo comparables a los que también “florecían” en nuestras menudas pantorrillas, apenas cubiertas por ligeros calcetines, o en nuestras manos, a pesar de los guantes de lana que casi siempre guardábamos en el cabás - nosotros decíamos “cabaz” -para poder jugar más libremente, al peón, a las canicas o a las “bastas”.

San Isidro, también patrono de los labradores se celebraba todos los años en su festividad del día 15 de mayo. La procesión a su paso por la plazuela de Palacio.

El monótono soniquete de la lotería, que sonaba sólo en la radio de alguna casa de los “ricos”, era el preludio. El día veinticuatro, muy temprano, llegaba nuestra abuela con un “nochebueno” para el desayuno. Ya por la tarde, se formaban grupos de niños, que pertrechados con panderetas y zambombas, se echaban a la calle para pedir el aguinaldo.
! Ande, ande, ande, la Marimorena, / ande, ande, ande, que es la Nochebuena!
Una “perra gorda” era la recompensa habitual después de cantar un villancico a la puerta de las casas; en ocasiones, el premio era un polvorón y una “palomita” de anís. Y cuando se encendían las luces de la calle, de todas las chimeneas se escapaba la fumata blanca que anunciaba la preparación de suculentos manjares. El olor a leña quemada se mezclaba con el sabroso olor a pepitoria que se estaba preparando con la mejor gallina del corral - para la comida de Navidad se preparaba un arroz con los menudillos - que iba a ser el centro de la Cena de Nochebuena. De primero, lombarda y de postre dulce de almendra, después de una ensalada de cardo; para terminar con unos dulces y la copita de anís que esa noche nos dejaban probar a los niños. Después de cenar se iba a la Misa del Gallo y a la vuelta se pasaba por la casa de los abuelos o de los tíos, por donde iban desfilando todos los familiares para felicitar las Pascuas, donde se jugaba al “Cuco” y donde no paraba de pasar la bandeja, esa noche, repleta de dulces que se habían preparado en la propia casa.
Las Navidades de la infancia siempre tendrán un recuerdo muy especial para todos. Nuestras Navidades de la posguerra eran más dulces, si cabe, y más alegres, porque contrastaban más con el anodino discurrir de una vida llena de privaciones y de carencias. Los niños éramos protagonistas en esos días, y nadie nos hacía callar, porque entonces no había televisión; y por eso, las campanadas de fin de año las marcaba el viejo reloj de la torre que se instaló, un 24 de mayo del año 1890, por un relojero llamado Canseco, que había patentado un nuevo sistema para relojes de torre y por el que el Ayuntamiento pagó 1.950 Pesetas.
Pero unos días antes había que poner el nacimiento. En mi casa colaborábamos todos. Mi padre traía del campo piedras para formar las montañas. Nosotros, mis hermanos y yo traíamos el musgo de la Fuente Pata. Con un legón íbamos cortando el musgo más fresco y colocándolo con esmero en una espuerta pequeña. Mi madre era la directora artística y la principal artífice del belén.
Se colocaban en el comedor unas tablas encima de unos cajones, todo ello cubierto con una sábana y allí se iban formando todas las escenas de la Navidad; porque en nuestro belén también aparecía la Anunciación de la Virgen, la Posada, la Huida a Egipto; además del anuncio a los pastores, los Reyes Magos y, por supuesto, el Portal de Belén. Las casas las hacía mi madre con cajas de cartón, que después pintaba. En la casa de la Virgen de la Anunciación aparecían dos arcos inspirados en el bajorrelieve que hay en el retablo de la Iglesia de Chinchón.
Las figuritas que se conservaban de año en año, eran de barro, policromadas y la mayoría habían tenido que ser restauradas. Aún recuerdo un pastor “manco” que se dirigía animoso hacia el portal, acompañando a unas ovejitas “cojas” que había que medio clavar en el serrín que formaba el suelo para que se mantuviesen en pie. Luego estaba el Castillo de Herodes, en lo más alto de la montañas; un molino con una de sus aspas rota, un puente sobre un río de papel de plata que envolvían las tabletas de chocolate y un portal de Belén formado por trozos de corcho y una cepa retorcida salvada de la estufa, detrás de la cual se camuflaba una bombilla envuelta en papel celofán rojo.
El más pequeño de la casa tenía, cada año, el privilegio de poder colocar la figura del niño Jesús sobre las pajas del pesebre; para terminar colocando una estrella de cartón pintada de purpurina y rociar las montañas con harina para simular la nieve, mientras los Reyes Magos caminaban majestuosos por caminos de serrín.
Y ya solo quedaba cantar los villancicos con los vecinos y amigos que venían con sus panderetas para unirse también a nuestra celebración.

De gran arraigo, la procesión de los ramos en la Semana Santa. Las autoridades acompañan a los sacerdotes portando sus ramos de palmera.

Otra práctica religiosa muy celebrada en aquellos años eran “Las Flores a María”. Durante todo el mes de mayo, cuando ya la primavera había florecido en los patios y en las corralizas de todas las casas y el aroma de las rosas (y es que en aquellos años las rosas hasta tenían aroma) inundaba el pueblo, era el momento de celebrar “Las Flores”. En la Iglesia, en las ermitas y en casi todas las casas se montaban los altares a la Virgen María, que se adornaban con las rosas recién cortadas del rosal y, a media tarde, se podían escuchar por las calles los cantos de los niños:
“Venid y vamos todos, / con flores a María, / con flores a porfía, / que madre nuestra es”.
Pero no todo lo concerniente a la religión era tan bucólico. Cuando termina la guerra, las autoridades eclesiásticas quieren delimitar claramente cuáles eran las costumbres que debían imperar en un pueblo de tan recia raigambre religiosa como Chinchón. Empieza a funcionar la organización de las “Hijas de María”, a la que debían pertenecer todas jóvenes de las buenas familias del pueblo, y la “Acción Católica” a la que todos los jóvenes debía inscribirse como aspirantes.

Simultáneamente, como ya he contado, también había empezado a funcionar la Organización Juvenil Española que dependía de Falange Española y de las JONS. En esta organización se fomentaban los valores patrióticos, que aunque no estaban enfrentados a los propuestos por la religión, primaban más el valor y el arrojo de sus miembros, y no ponían reparos cuando alguno de sus “flechas” o “cadetes” consideraban que era necesario hacer entrar en razón a sus adversarios empleando medios más expeditivos, sobre todo si se trataba de los que se atrevían a no aceptar incondicionalmente los postulados del glorioso alzamiento nacional.
A veces los jóvenes de las dos organizaciones se unían haciendo causa común, cuando las circunstancias y la defensa de las buenas costumbres así lo aconsejaban.
Realmente, no sé de quién pudo ser la idea. Los domingos, a las once de la mañana se hacía una misa para los niños y los más jóvenes. A la entrada de la iglesia se les entregaban unas estampas, normalmente de santos, aunque también había de la Virgen María y del Sagrado Corazón de Jesús, debidamente selladas con la fecha del domingo al que correspondían, con las que los niños podían justificar que habían asistido a los oficios dominicales. Esta justificación era requerida habitualmente por padres y maestros y la carencia de la estampa-salvoconducto podía acarrear severos castigos. No obstante, parecía que este control no era suficiente y así se organizaron unas patrullas de vigilancia que durante el tiempo de la misa recorrían el pueblo para detectar a los que no cumplían con el deber de asistir a la misa dominical como mandaba la Santa Madre Iglesia. Cuando el infractor era descubierto, se le obligaba a ir a la iglesia, después de un buen tirón de orejas, además de efectuar la oportuna identificación para su posterior comunicación a las autoridades eclesiásticas y docentes, que se encargaban de poner en conocimiento de los padres de los infractores el terrible peligro que suponía dejar las prácticas piadosas, lo que en la mayoría de los casos llevaría a una vida licenciosa y de incalculables peligros para tan tiernos infantes.
Como se ve, la influencia de la Iglesia durante este periodo fue adquiriendo un notable incremento y algunos de sus mandatos fueron asumidos por las autoridades civiles porque así convenían a los objetivos de la Patria; como era el caso de la procreación. La Iglesia predicaba que había que aceptar todos los hijos que Dios te mandaba y la Patria necesitaba un aumento de la demografía para que aumentase la mano de obra tan necesaria para revitalizar la economía deprimida por la guerra. Aunque hay que reconocer que a este objetivo de la procreación también contribuían otros factores. Como podía ser que había que economizar luz y calefacción y la alternativa era acostarse temprano, pensando además que entonces no había televisión y la radio solo llegaba a las casas de la clase más pudiente.
En el año 1950 los jóvenes de la Acción Católica editaron un periódico que titularon "Vida" y que tuvo la vida efímera de 6 meses, de enero a junio de ese año. El que en plena posguerra y en un pueblo de poco más de 4000 habitantes se editase un periódico mensual, aunque solo durase unos meses, presupone un nivel cultural y una iniciativa muy poco habitual. En esta inusual tarea colaboraron, entre otros, Mateo de las Heras, Narciso del Nero, Jacinto Santos y Alfredo Rodríguez.
Un hito importante en la vida religiosa para los jóvenes fue la llegada a Chinchón, como coadjutor de la Parroquia de don José Manuel de Lapuerta, para colaborar con don Valentín Navío que entonces era el Párroco y con el otro coadjutor, don Raúl Gómez Noguerol.
Era el año 1955. Recién ordenado sacerdote llega don José Manuel, y organiza un pequeño coro para cantar en la novena del Rosario. Alquila para vivir una casa en el Barranco y allí empieza a reunir a los niños de 10 a 15 años para jugar al “palé” y otros juegos de mesa. Después compra una equipación y forma un equipo de fútbol. Al año siguiente crea un Centro Parroquial en el Caserón de la calle Benito Hortelano que pertenecía a la Fundación Aparicio de la Peña, donde pone diversos juegos recreativos y fija la sede de la Acción Católica. Funda la Sección de Aspirantes y aglutina a la mayoría de los niños de esas edades.
Además de su labor con la juventud, don José Manuel de Lapuerta practicó en Chinchón sus dotes de poeta, creando bellas poesías que años después fueron recogidas en un libro que se tituló “Chinchón en mi recuerdo”.
De entonces son estos sencillos versos que recogían la alineación del equipo de fútbol de Acción Católica:
“Y debajo de los postes/ Está Kadul de portero, / La defensa, Jesusito, / Félix y Enrique Pedrero. / José y Chele, en la media, / Manolo, de delantero, / Con Pepe Luis y Santiago, / “Carraña” y el Relojero”.
Para terminar la reseña de las actividades que desarrolló en aquellas fechas, don José Manuel también quiso organizar un grupo de teatro, para montar la obra “El Rey Negro” de Pedro Muñoz Seca, pero con escaso éxito, porque después de largas sesiones de ensayo, nunca llegó a estrenarse.

La primera Misa en Chinchón del José Medina Pintado, un acontecimiento importante en la vida religiosa del pueblo, cuando un hijo de Chinchón cantaba su primera misa.

Durante esos años hubo un florecimiento de las vocaciones sacerdotales en Chinchón, por el énfasis que ponían los curas en animar a que los jóvenes fuesen al Seminario. El hecho real es que pocas de aquellas vocaciones llegaron a cristalizar en el sacerdocio. Tan solo don Isidoro Pérez Montero, don Domingo Vega Gaitán, don Manuel Sardinero de Diego y don José Medina Pintado. Antes, otros sacerdotes nacidos en Chinchón, fueron don León Montero Frutos, don Emiliano Montero Ruiz y don Antonio Ontalva Manquillo, que murió asesinado durante la guerra civil; y mucho después don José Juan Lozano Carrasco.
En aquellos años se celebraba el DOMUND, o lo que es lo mismo, el domingo Mundial de las Misiones, que aquí también se llamaba de la Propagación de la Fe; con un gran despliegue de participación de todos los niños. Era como la cuestación actual de la “banderita” contra el cáncer y se celebraba el cuarto domingo de octubre, y en Chinchón ya hacía mucho frío. Con nuestros abrigos recién sacados del armario, íbamos a la sacristía a recoger nuestras huchas en forma de cabezas de niños, en las que se representaban a un negrito, un chino y hasta un piel roja para lanzarnos a la calle para pedir por las misiones. Antes el señor cura había dicho en la misa que aunque era importante pedir a Dios que enviase misioneros a predicar el evangelio, también era muy importante colaborar económicamente con las misiones.
Y es que la Iglesia nunca descuidó el aspecto económico. Recuerdo que en alguna ocasión nuestras madres nos mandaban a la Sacristía para comprar las bulas que nos permitían no tener que hacer abstinencia de comer carne durante todos los viernes del año. “Comprando” esta bula, te era permitido hacer dicha abstinencia solo durante los viernes de la Cuaresma. Aunque también hay que aclarar que el señor cura, que conocía a todos sus feligreses, daba la bula adecuada a la economía de cada familia.
Por entonces, en época de carencias, era importante la caridad para socorrer a los necesitados. En Chinchón, aunque se tenía solo para ir tirando y había pocos ricos, abundaban los pobres, pero había pocos de los que se llamaban “pobres de pedir”. No obstante no faltaban los pordioseros que llegaban de los pueblos cercanos a pedir su limosna por las calles. La gente no solía tener dinero para darles, pero nunca faltaba quien les ofreciese algo de comida. Aunque, por entonces, se solía oír con bastante frecuencia, aquello de
- ¡”Dios le ampare, hermano”!
La iglesia hacía mucho énfasis en aquello de la propagación de la fe, de las misiones, y del apostolado, y además de las tradicionales cofradías de toda la vida, empezaron a tener una presencia más activa la Acción Católica, las Hijas de María, el Apostolado de la fe y la Adoración Nocturna.
Aunque entonces empezamos a ver una imagen más amable de la religión por los métodos pastorales del nuevo cura, los dogmas y la moral católica seguían siendo pétreos. Según el dicho de que todo lo que nos gusta o engorda o es pecado; como entonces casi nadie engordaba, por defecto, casi todo era pecado.
En aquellos años se nos ponía como un modelo a seguir a la joven italiana María Goretti que había sido elevada a los altares por la ejemplaridad de su vida y de su muerte. Una niña obediente y dedicada a la ayuda de sus padres ya mayores; a la edad de 12 años fue asesinada por un joven que intentó abusar de ella, prefiriendo la muerte a perder su inmaculada virtud. Desde el púlpito de la iglesia y desde el cuarto de estar de nuestras casas nos proponían a la nueva santa como ejemplo a seguir, sobre todo por las niñas, puesto que en ella se daban las virtudes más apreciadas entonces: la obediencia, la laboriosidad y sobre todo, la pureza.
Por el contrario, hubo un gran escándalo en toda España por el estreno de la película “Gilda” que protagonizaban Rita Hayworth y Glenn Ford. La sonora bofetada que Glenn da a la protagonista era recibida con aplausos por un sector del público y con silbidos y abucheos por otros.
Un ejemplo de la ola de moralidad que imperaba en aquellos tiempos es esta curiosa noticia que publicaba la prensa en el año 1952:
“Se abre hoy, en Santander, el II Congreso Nacional de Moralidad en Playas y Piscinas, bajo la presidencia de los obispos de Santander y Sión. La falta de pudor y recato en playas y piscinas, preocupa a las personas biempensantes. La exposición pública del cuerpo puede alentar gravemente al pecado”
Es solo una muestra de los parámetros de la moralidad en la que nos movimos en aquellos años. Pero, después de todo, logramos sobrevivir y sin padecer ningún trauma irreversible para nuestra vida futura. Pero es que ya he dicho, que entonces éramos tan pobres que ni un mínimo trauma nos podíamos permitir.

                                                                                                                            Continuará....

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MIS EDICIONES MUSICALES

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SENTIRES. Canta Mª Antonia Moya. Edición remasterizada. 2012. Incluye las canciones siguientes:

AVE MARIA

AVE MARIA
De Schubert. Canta María Antonia Moya, acompañada por el Maestro Alcérreca. 2011. Para escucharlo, pinchar en la image.

LA TARARA

LA TARARA
Canta Maria Antonia Moya. Si quieres escuchar la canción, pincha en la imagen

LOS PELEGRINITOS

LOS PELEGRINITOS
La canción de Lorca, cantada por María Antonia Moya, con imágenes de Lucena (Córdoba) Para escuchar la canción pincha en la imagen.

EN EL CAFÉ DE CHINITAS

EN EL CAFÉ DE CHINITAS
La copla de Lorca, cantada por María Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. 1986. Para escuchar la canción, pinchar en la imagen

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE
Maria Antonia Moya canta el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca. Puedes escucharlo pinchando la imagen.

LOS CUATRO MULEROS.

LOS CUATRO MULEROS.
Canta: María Antonia Moya. 1986.Para escucharlo,pinchar en la imagen.

PERFIDIA

PERFIDIA
Canta Maria Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. Año 1986. Para escuchar la canción, pincha en la imagen.

PASODOBLE DE CHINCHÓN

PASODOBLE DE CHINCHÓN
Letra: L.Lezama - Música: Palazón. Canta: María Antonia Moya. 1987Puedes escucharlo pinchando en la imagen

MIS LIBROS DE FICCIÓN. LA BODA

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"La boda" 1996 -2001. Inédito.Para leer el cuento, pincha en la imagen

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RECONDO: TIEMPO DE AMARGURA. Edición digital: 2013.Para leer la novela pinchar en la portada del libro..

CHINCHÓN MÁGICO

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"Chinchón Mágico" 2002. Inédito. Para leer el libro, pincha en la imagen.

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"Los velos de la memoria". Historia del Solar. Edición restringida de 95 ejemplares. Se presentó el 10.1. 2010. Para leer la novela pincha en la imagen

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