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miércoles, 26 de octubre de 2016

LAS DOS ESPAÑAS, ¿TODAVÍA ?



He leído hace poco unas consideraciones que decían: "La honradez es mejor que la corrupción, pero la corrupción es mejor que la violencia y son menos dañinos los corruptos que los odiadores.
España empezará a madurar el día en que se empiece a castigar electoralmente a quienes hacen política con el odio. No quiere esto decir que la corrupción no sea un grave problema, sólo que los hay aún peores. No nos pueden dejar elegir sólo entre odio y corrupción"
Quedé perplejo. Si ya es difícil cuantificar la corrupción, me parece bastante más difícil hacerlo con el odio. ¿Cuál es la unidad de odio? Creo que no existe, pero lo mismo que, generalizando, la corrupción se asocia al poder, el odio se le achaca a los marginados. La corrupción, dicen, es de la casta y el odio de los desarrapados, es decir, los de derechas son los corruptos y los de izquierdas, los odiadores.
Yo creo que España podrá empezar a cambiar cuando las urnas destierren definitivamente a los corruptos; esos que se han apropiado de millones de euros que deberían haberse dedicado al bien común, al bienestar de todos; esos que se han ido haciendo "odiosos" para los que han sido los perjudicados. 
Claro está que la corrupción también se esconde en los que no son poderosos. También es corrupto el que evita pagar el IVA, el que hace sus chapuzas mientras cobra el paro, y cosas por el estilo; pero creo que existe una "pequeña" diferencia entre estas corrupciones y los millones de euros de Barcenas, Pujol y compañía. ¡Esos si que saben robar!
También, por supuesto, hay diferencias en lo del odio. Los pobres, los de la izquierda, son maestros en el odiar. ¡Menuda diferencia con el "amor fraterno" que destilan los ricos, los de derechas, éstos no odian... simplemente ignoran a los demás. 
El señor Blesa y el señor Rato seguro que no odian a los "preferentistas" de Bankia (aunque posiblemente los ignoren); pero también parece lógico que éstos los consideren a ellos "odiosos" y obren en consecuencia. ¡Y hasta los insultan en la puerta de los juzgados! ¡Eso si que es un mal ejemplo para nuestros jóvenes!
Y es que, parece ser que estamos condenados a las dos Españas... de las que nos vienen hablando desde la Guerra Civil; una es la España de los que defienden el Neoliberalismo económico, o sea, los de derechas de toda la vida, y la otra, de los que "odian" esta forma de entender la sociedad, a los que llaman "populistas", "mindundis" o simplemente "de izquierdas".
Y una de ellas, como ya dijo Antonio Machado, a todos los españolitos,  ha de helarnos el corazón.

martes, 19 de abril de 2016

"JOSÉ SACRISTAN SOMOS TODOS" UN ARTÍCULO CON POLÉMICA INCLUIDA.


Un artículo-entrevista de Luis Martinez en el periódico El Mundo del día 10-4-2016.

José Sacristán no es José Sacristán. Él cree que sí. De hecho, habla, gesticula y se luce con esos requiebros al castellano que tanto gustan a la gente de Chinchón, donde nació hace 78 años y donde, dicen, crecen los ajos que da gusto verlos. Y todo lo hace con un entusiasmo supuestamente natural, nada fingido. Como si fuera el mismísimo José Sacristán. O Pepe, que también se hace llamar así. Pero no, no nos engaña. José Sacristán, en realidad, soy yo. Y usted, y ese que se esconde al fondo, y ese otro que con la revista PAPEL en las manos está convencido ahora mismo de que el que escribe estas líneas es un perfecto gilipollas. José Sacristán, admitámoslo, lo es cualquiera de los que hoy pisan ese lugar llamado España. De hecho, José Sacristán es España. Entera. Toda ella, con sus contradicciones, sus andares torpes, sus gestos heroicos, sus miedos y sus posturas irreconciliables. Somos así. Somos él. Como siempre.
Como España, él grita desde el balcón de su casa. Ve asomar al periodista calle arriba y no se reprime: «Coño, llegas en el peor momento. Justo ahora que empieza una de John Ford en la tele». Como España, tiempo atrás él pasó hambre, y, como España, hasta tuvo la tentación de olvidarlo. «Yo estoy encantado con mi vida. No sería ni justo ni educado que me quejara, pero lo que está pasando ahora mismo no me gusta, para qué nos vamos a engañar», dice. Como España vivió una transición del gris al magenta, del silencio al ruido, del incienso a la carne, de la braga alta al tanta hortera... Y como España, a ella vuelve (a la transición que no a las bragas). ¿No estamos ahora, dicen, en elformateo de todo lo viejo, en el reseteo de las formas antiguas, en la emergencia de los impacientes, no estamos, como siempre, empezando otra vez? ¿Y no está, como siempre, José Sacristán ahí, en el centro, en el punto medio de todo lo que ocurre? ¿Quién de los presentes a la vista de lo que hay puede decir que no es, que no somos, él?
«Vamos a ver», empieza resignado el hombre que pretende ser Sacristán, «comparar lo que vivimos en la Transición con lo que está pasando ahora mismo no tiene sentido. Entonces existía una necesidad de contar y contarse. Era una cuestión natural, biológica, una urgencia... Sería terrible considerar que lo vivido desde el 75 a ahora tuviera algo que ver con el franquismo. Reprocho a los emergentes la impaciencia de los malos aprendices. Por dios, ¡cómo se puede decir eso de la cal viva! Quien dice eso y luego saluda al 'ciudadano' Otegui es que no estuvo ahí. Hay que tener claro de dónde se viene para hablar. Si antes entrabas en una capilla sin sostén, ibas a la puta cárcel directamente. No jodamos». Y ahí lo deja. El que sepa leer, que lea. Café, sacarina y agua. Es lo que toma.
Nos citamos en su casa. Todo sea para demostrar que él es él y que vive donde vive. La tarde es soleada y la idea no es tanto cumplir con los trámites de la entrevista como de la demostración. Que le den, con perdón, a John Ford. Demuéstreme, oiga, que usted es el que dice ser, que usted es Sacristán. La idea es recorrer juntos el trayecto que va desde el portal hasta el teatro donde día a día, a día de hoy, da vida a un magnate cabrón y tierno en la obra Muñeca de porcelana, de David Mamet. El camino se hace en metro, en la línea amarilla del suburbano de Carmena hasta la mismísima estación de Legazpi, donde están los teatros de El Matadero. No es tanto populismo de artista llano como comodidad de jubilado sibarita. «Con esta tarjeta paso por el torno como el mismísimo James Bond. Date cuenta qué facilidad», dice, enseña a la máquina el pase de la EMT y el torno cede ante su paso ligero. Pura clase.
Permítame una pregunta de enjundia: ¿Cómo se las arregla para sobrevivir a todos los naufragios?
[Hace como que entiende la cuestión] Trato de adecuar el ejercicio de una profesión, la mía, a un país como éste. Intento ser un buen alumno de Fernando Fernán Gómez. Y eso que sólo estoy en segundo de Fernando. Procuro mantener el equilibrio. Me siento más un superviviente que un maestro. Y, por encima de todo, sé que soy un privilegiado. Mi actitud es la de un aprendiz permanente. ¿Cómo lo diría? Aborrezco sentar cátedra. Antes monja que pontificar. Pobre del que piensa que ya lo sabe todo.
Y le creemos. ¿Cómo si no ha hecho este hombre para ser cómico cuando en España nada hacía ni la más triste (además de puta) de las gracias? ¿Cómo ha conseguido sobrevivir al atracón de españoladas (y que nadie se ofenda) que poblaron los 60 y los 70 de la mano de Lazaga, Ozores o Dibildos? ¿Cómo logró convertirse en uno de los referentes del nuevo cine español? Sí, el de Olea, Gonzalo Suárez, Gutiérrez Aragón o Camus. ¿Y qué decir de su papel en el complicado equilibrio de la tercera vía, entre el cine de autor y comercial, que soñaran Garci, Drove o Bodegas? ¿Cómo se ha mantenido firme al lado de la presente nueva ola con Carlos Vermut, Isaki Lacuesta o Kike Maíllo, con el que está a punto de estrenar Toro? Un momento, ¿Y todo el teatro acumulado? ¿Y su labor en el musical con Paloma San Basilio? Definitivamente, demasiado trabajo para un solo hombre. Reconózcalo, usted no es usted.
Y justo en este momento, se rinde. Aunque sólo sea por hacer callar al pesado (o gilipollas, según se mire) que tiene en frente. Aunque tan sólo sea por respeto a los que viajan en el metro. «Todo lo que soy se lo debo al chaval de Chinchón que todavía soy. Lo llevo siempre conmigo. Se sienta a mi lado a ver cine en la sala que tengo en mi casa y le tengo un respeto del copón. Echo mano de él cada vez que me pongo delante de una cámara o subo al escenario. Para mí, él es la médula espinal que alimenta este oficio. Lo que tiene de juego. Cuando jugaba a ser un mosquetero. Le tengo un cariño increíble. Y, sobre todo, procuro no hacer nada que le obligara a mandarme a la mierda. Llevo 60 años sobre el escenario y disfrutando como un cabrón con los jóvenes y con los no tan jóvenes. A ese crío se lo debo todo». El cabrón, valga la redundancia, casi nos hace llorar.
Cuenta (ahora ya no queda claro si el que habla es el crío) que, cuando la familia se exilió en Madrid desde el pueblo al que no podían volver, recorría la Gran Vía con los ojos perfectamente abiertos. «Me recuerdo con la tartera para ir al taller. Salía de trabajar y me iba a hacer el recorrido delante de los cines. En el Coliseo vi Al rojo vivo... "Madre, estoy en la cima del mundo", decía James Cagney... Y con aquella Virginia Mayo estrábica, pero con dos tetas como dos carretas».
Cuenta que todo, o casi, se lo debe a Venancio, su padre. «Un contrincante cojonudo», aclara. Al Venancio (mejor así, con artículo determinado delante) le encarcelaron por rojo. Por eso y por perdedor. Militante de UGT y del PCE, cuando salió al aire, que no libre, se encontró con una España sin sitio para los de condición. La familia tuvo que emigrar a la capital, a un Madrid triste, sucio y hacinado de tres familias por piso. Y allí, cuenta, continuó con un hábito, con modales de manía, adquirido en el cine Lope de Vega de Chinchón: devorar, que no ver, cine desde la delantera del gallinero. Allí desde el paraíso en el que los sueños adquieren la pesada sustancia de lo cierto, de lo único, de la supervivencia. Y con él, en efecto, España entera.
«Yo ya tenía la fantasía de ser Tyrone Power [léase tirone pober] o Errol Flynn[aquí no hay dudas]. El referente moral que era mi padre hacía lo posible para convencerme de que aquello era una simple gilipollez. Mi padre trataba de decirme que todos mis sueños no eran más que un camino equivocado...». Pausa dramática. «Y, qué coño, tenía la razón».
Vaya con el Venancio.
¿Es eso una pregunta?
No, es comentario.
[Hace como que entiende] Un día mi padre me preguntó: «¿Cómo has vendido los ajos este año?». En Chinchón, si habías tenido una buena cosecha de ajos, dabas por buena la temporada entera. En ese momento, comprendí que ya se tomaba en serio esto a lo que yo me dedicaba. Lo dicho, era un contrincante al que había que convencer. No vencer. 
Al pasar por la estación de metro Embajadores, el que dice ser Sacristán se siente seguro. Las miradas de los compañeros de vagón (disimuladas, unas; asombradas, el resto) parecen darle la razón. Él es él. Pero, seamos sinceros, en un actor uno acaba por proyectar algo mucho más importante de lo que simplemente es; un actor nos devuelve la imagen de lo que alguna vez quisimos ser. Por ello, todo actor, y más Sacristán, puede ser él mismo con la misma claridad y vehemencia con la que es cualquiera de nosotros. ¿Me siguen?
Con el correr del tiempo, allá en los 60, el hombre que quería ser tirone pober,acabó por serlo. O casi. El hombre que despuntaba en las obras de teatro para aficionados terminó por debutar en el teatro. En el 61 hace su primera gira, un año después salta el Atlántico para hacer las Américas («Ríete tú de la aventura de Colón») y con la década ya mediada entra en la compañía Lope de Vega a razón de 80 pesetas. Todo va bien en la España del desarrollismo y los ministros del Opus... «¡Para nada!», exclama y salta como un resorte ante el entusiasmo no justificado del párrafo. «Aquello no daba ni para lo más básico. Me recuerdo haciendo siete papeles a la vez en Julio César por 30 duros». En el 64 y 65 nacieron sus hijos y la cosa se complicó aún más. «Fue una irresponsabilidad. Con la familia, todo fue muy difícil y salí adelante gracias al Círculo de Lectores. Fui uno de sus primeros vendedores», rememora y en la descripción de lo recordado se va la memoria intacta de, otra vez, un país entero.
Y así hasta que todo cambió por la sencilla razón de que el mundo, como diría con algo de amargura Fernán Gómez, sigue. De repente, el estreno de la obra La pulga en la oreja con unas críticas irrefutables; de repente, el debú en el cine. De repente, el Sacristán que nos representaba en la oscuridad del anonimato como trasunto de todas las vidas infelices en un tiempo fundamentalmente infeliz se transforma, poco a poco, en la imagen palpable de todo lo que se ve. Él es, por fin, nosotros.
«Un día sonó el teléfono de mi vecina. Yo no tenía. Me llamaba Pedro Masó para una prueba en La familia y uno más. Entré a formar parte de la factoría de la comedia española. Luego vinieron Cómo está el servicio, Matrimonios separados, Operación Matahari, Pierna creciente, falda menguante, Más fina que las gallinas... Fue un respiro de alivio. No era solamente poder aspirar a una forma de vida más o menos digna, sino la confirmación de que el crío de Chinchón no andaba descaminado y le llamaban para hacer películas y no para ir al taller. A esto le doy una importancia básica que, quizá, otros no le dan», afirma, se acerca el café que ha pedido en la cafetería del teatro (ya hace un par de párrafos que salimos del metro) y hasta suspira. Contento. Se diría que hay recuerdos que hacen asomar a la felicidad. Sea esto último lo que sea.
¿Qué tiene que decir a todos aquellos que durante tanto tiempo han pasado a lanzallamas la españolada
[Se le borra la sonrisa] Yo, a ciertos lanzallamas me los paso por donde el Coloso de Rodas se pasaba los barcos. Yo tenía y tengo mi conciencia y hacía otras cosas además del cine, pero gracias a ese cine pude ganarme la vida. Gratitud infinita por tanto.
Y así hasta la mismísima Transición, con la T mayúscula. «En el 80, la revistaCambio 16 me dedicó una portada con el título "Vino con la democracia, elLlenacines". Se acaba de estrenar Operación Ogro de Pontecorvo, y El diputado, de Eloy de la Iglesia. En el teatro acababa de hacer la adaptación de El proceso de Kafka a manos de Peter Weiss y dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón... Estaba en plenas facultades», dice como perfecto albacea de su legado. Y, en efecto, tanta memoria hace sospechar. Tal vez sólo alguien que se sabe otro puede tenerse tan perfectamente estudiado. Sea como sea, aquél fue un tiempo que venía de Asignatura pendiente, de Garci, Un hombre llamado Flor de Otoño, de Pedro Olea, o Reina zanahoria, de Gonzalo Suárez, y se encaminaba hacia La colmena, de Mario Camus, La vaquilla, de Berlanga, o El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez. O, por qué no y ya en los 90, Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain. Todo cine nuevo como testigo de un tiempo nuevo.
De otro modo, y se ponga como se ponga el hombre que afirma ser Sacristán, la memoria de cualquier español, cinéfilo o no, pasa por él. España entera ha vivido cada uno de sus sueños, sus inseguridades y sus certezas en el rostro de un hombre que, ahora, reclama su derecho a ser él. Qué osadía.
Por cierto, ¿a usted, como a tantos, le duele España?
 [La mirada denota paciencia. Eso o algo más grave] Lo que me duele es que la izquierda haya hecho tan mal las cosas. Y hablo de la izquierda exclusivamente porque a la derecha no le doy ningún crédito ni moral ni de ningún tipo. Lo que se ha hecho pésimamente es la malversación de un depósito moral que le correspondía a la izquierda. Lo ha malversado, lo ha lapidado y lo ha mandado a tomar por culo. Ahora la reelección del nuevo secretario de UGT es un episodio corporativo como si hubieran cambiado al de El Corte Inglés. Ellos solitos, los propios sindicalistas han mandado a la mierda todo. Por eso han aparecido estos muchachos. Pero míralos. Ellos mismos vuelven a reproducir los vicios de los anteriores. De un plumazo, este muchacho ha echado a todos los que le molestaban. ¡Eso es lo asambleario!... ¿Y dónde está el partido comunista? ¿Y lo del PSOE? ¿Y la cultura del pelotazo de los 80? ¿Y lo de Bankia? ¿Y los ERES en Andalucía?...
Y ahí lo deja. Tan cabreado que, de nuevo, podría ser cualquier de nosotros, cualquier lector, cualquier español.
Ahora, cuando apenas faltan unos segundos para que se meta en la piel de un magnate traicionado, tierno y muy cabrón, cuando se prepara en el camerino momentos antes de salir a escena con unas gotas de agua en la nariz, ahora que ya tiene 78 años y la voz grave («Esta voz de hombre es nueva», dice), Sacristán vive una nueva, quizá eterna, juventud. Todo empezó cuando David Trueba le llamó para dar vida a un émulo de Francisco Umbral en Madrid 1987. Aquello fue un salto triple sin red. Toda la película la pasaba desnudo encerrado en un baño en compañía de María Valverde. Aquello le colocó delante de una nueva generación de cineastas que, de forma quizá inédita, reclamaban para sí un legado. Su legado. Dentro de poco le veremos en Toro, de Kike Maíllo. Allí encarna al más malvado de cuantos personajes ha interpretado en su vida. Pero antes fueron Rebollo, Lacuesta y, sobre todo, Carlos Vermut los que solicitaron para sí el privilegio de ser José Sacristán. Y con él, todos los demás. Su papel enMagical girl le devolvía al imaginario de lo que efectivamente somos y seguiremos siendo. Por los siglos de los siglos. Tan patéticos como el turista deslumbrado por la piel de las suecas, tan enfermos de libertad como los héroes rotos de Eloy de la Iglesia, tan derrotados como el Hans, el personaje exiliado de sí mismo en Un lugar en el mundo, tan...
Le pedimos una última prueba de su existencia. ¿Quién es usted? 
[La mirada ahora es de cansancio] Yo vengo de Sancho Panza y soysanchopancesco por aspiración. Por eso ando en quijotadas permanentemente. Y siempre vuelvo a Fernando [Fernán Gómez] y a mi padre, el Venancio; a la gente que estaba ahí para decime: «Por ahí». A ese punto de tener la certeza de que hay que estar prevenido, alerta, al tanto... porque uno las ha pasado canutas. Hay un entrenamiento moral de procurar estar lo más saludable posible para seguir jugando; seguir en la medida de lo posible disfrutando.... Hay momentos, cuando estoy en el cine... Recuerdo que me desmayé de niño viendo Las mil y una noches. Me desmayé de la impresión. Ahora, me siento a ver Cielo amarillo, de William A. Wellman, o La ruta del tabaco, de John Ford, o La regla del juego, de Jean Renoir... Y miro al lado y veo al chaval que fui... Y que aún soy.

A eso de las 10 pasadas, acaba la función. Vuelta a casa. Cada uno a la suya. No nos engaña. Sacristán somos todos.

jueves, 27 de febrero de 2014

EXCOMUNIÓN


El obispo auxiliar de Madrid Juan Antonio Martínez Camino, ha advertido de que aquellos que “colaboren directamente” en un aborto tendrán “pena de excomunión ipso facto”. La afirmación del exportavoz de la Conferencia Episcopal Española se produjo hace unas semanas, cuando se votó en el Congreso de los Diputados la iniciativa del PSOE contra la reforma del aborto impulsada por el Gobierno, al que sectores de la izquierda y asociaciones sociales acusan de hacer un guiño al sector de la Iglesia más radical, con el que el PP ha actuado como una piña en su etapa en la oposición contra las leyes del anterior Gobierno socialista.

Pero vamos a ver, ¿qué tiene esto de noticia? La Iglesia Católica ha dicho siempre NO al aborto; por lo tanto el católico/a que aborta o ayuda a abortar está incumpliendo un mandato  importante de la Iglesia y por lo tanto está rompiendo los vinculos de común unión con ella.
Por lo tanto esto no es noticia. A los que no son católicos no se les puede excomulgar. Otra cosa es pedir la excomunión para los que legislan para un estado láico, como ya se dijo en alguna ocasión.
Porque la excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de una confesión religiosa. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia de ahí el nombre de la misma, del latín ex communicatio[ne]. En los casos más severos, pierde la facultad de concurrir al culto normalmente, y de tomar parte en las ceremonias religiosas. Las diversas iglesias cristianas cuentan con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados.
La excomunión en las iglesias cristianas concierne sobre todo a la exclusión de la Eucaristía; la práctica se remonta al Concilio de Elvira, en el año 306, que recuperó la práctica apostólica de pronunciar anatemas contra aquellos que sostenían doctrinas contrarias a la ortodoxia.
En el catolicismo, la excomunión es la pena impuesta por ley canónica por la que un católico es parcialmente excluido de la vida de la Iglesia.
Por el bautismo, el cristiano es unido a Cristo y a la Iglesia, en la que, según el dogma, Él vive y se comunica con sus creyentes. Para un cristiano en general, un católico en particular, no puede haber cosa peor que perder esa unidad.
Más allá de la pérdida de la gracia, la excomunión implica una ruptura con los vínculos que unen al creyente a Cristo por medio de la Iglesia. La excomunión no pone a la persona fuera de la Iglesia, pero sí la separa de la participación de su comunión. 
Es posible también la auto-excomunión, cuando la persona rompe los vínculos de comunión con la Iglesia.

Que los obispos sigan diciendo lo que dicen, en su iglesia, y de puertas para afuera, que digan lo que quieran, pero esto solo tiene valor para sus seguidores; los demás, no tienen por qué hacerles caso.
Querer evitar un mal sólo con la amenaza de un castigo no es una buena estrategia. Sería más efectiva la argumentación ponderada de las causas por las que se considera que eso es malo. No es un buen sistema de educación. Es como cuando, de pequeños, nos decían que vendría el "hombre del saco" si nos portábamos mal. Ahora nos podemos reír, pero entonces, ¡ojo el miedo que pasábamos!


Dicho de forma más académica, estamos hablando de la independencia del Estado respecto de cualquier organización o confesión religiosa. Es decir, estamos hablando de laicismo, y viene a cuento lo que dice la Doctora en Filología, Coral Bravo:
"Laicismo, según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, significa “Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”, aunque la palabra “doctrina” sobra. En resumen, las personas y organizaciones laicistas no son contrarias a ninguna creencia religiosa, por surrealista que sea, sino que defienden simplemente la no injerencia de esas creencias en las instituciones del Estado. Porque el Estado está, desde un punto de vista democrático, obligado a mantener la neutralidad ideológica para velar por la convivencia pacífica, en el pluralismo, de todos los ciudadanos, sin excepción. Es de lógica de Perogrullo entender que sin laicismo es imposible que exista una verdadera democracia. Porque lo contrario al laicismo es el confesionalismo, es decir, el sometimiento del Estado a una determinada confesión religiosa (dogmática e irracional) que vela únicamente por los sectarios intereses propios, negando la diversidad e imponiendo el pensamiento único correspondiente".

viernes, 26 de octubre de 2012

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS.


Hacía mucho tiempo que mi amigo Elpidio no venía a visitarme. Está muy ocupado en sus “cosas”. Me confesó que está colaborando con no sé que organización, y le he notado mucho más reivindicativo y que se está radicalizando un poco. Me ha dejado este artículo para vosotros.


“Bertolt Brecht escribía en su obra 'La excepción y la regla': “Sobre todo examinen lo habitual. No acepten sin discusión las costumbres heredadas. Ante los hechos cotidianos no digan nunca “es natural”. En una época de confusión organizada, de desorden decretado, de arbitrariedad planificada y de humanidad deshumanizada nunca digan “es natural”. Para que todo pueda ser cambiado, reconozcan la regla como abuso. Y donde aparezca el abuso, pónganle remedio”.
También Coral Bravo, Doctora en Filología, decía en un artículo publicado hace unos días:  “Mantener las tradiciones por el simple hecho de serlo es tan absurdo y estúpido como pretender conservar la miseria por el hecho de haber sido frecuente y habitual”.

Y es que supone un gran esfuerzo alterar el curso de los acontecimientos. Es mucho más sencillo adaptarse a lo de siempre, aceptar lo “malo conocido”, no romper con lo que nos rodea, dejarse llevar por la costumbre.
Conozco a muchas personas bien pensantes que no se plantean la más mínima reacción contra cualquier abuso, aunque les incomode, porque eso supondría tener que cuestionarse una serie de valores establecidos y que han regido durante toda su vida. Sublevarse ahora sería tanto como tener que reconocer que han vivido en el error. 
Y el mensaje de aceptar como natural cualquier situación injusta, nos llega a diario desde el poder establecido. Y nos inculcan que hacer lo contrario, revelarse, nos podría llevar a situaciones desastrosas. Protestar es “romper la marca de España”.Convocar una manifestación es de “batasunos”.  Disentir de la interpretación tradicional de la historia, es romper España. Aceptar que hay soluciones diferentes para solucionar la crisis económica y reclamar que sus costes sean repartidos también entre los que más tienen, pueden asustar a los mercados y hacer que suba la prima de riesgo. 



Y muchos nos lo hemos llegado a creer. Y aceptamos dócilmente, como un rebaño de corderos, que no se ponga remedio a los abusos que nos rodean.
Es hora de cuestionarse casi todo, de no aceptar ciegamente lo que nos dicen. Basta de dogmatismos. Y dejemos de una vez de admitir como único argumento de que “los otros” son peores. Vamos, de una vez, a dejarnos de pajas y vigas en los ojos propios y ajenos, y a obligar a todos que se quiten cada cual la suya.






Nos dicen que en democracia hay un tiempo para hablar: en las urnas cada cuatro años y que entonces podremos rectificar si nos equivocamos en la votación anterior. Pero eso es un sofisma. Los que “mandan” en los partidos políticos - en todos - tienen medios suficientes para que la mayoría vote como ellos quieren; además cuatro años son demasiados para estar callados si los que ganaron las elecciones no cumplen sus promesas. Habrá que aguantar, pero, al menos, habrá que decirles que se están equivocando, protestar por sus excesos y por sus incumplimientos, decir que se equivocan, porque si no lo hacemos, se apropiarán de la mayoría silenciosa, precisamente porque no dice nada, porque no protesta, porque no se atreve a levantar la voz, porque no habla, porque guarda silencio... el silencio de los corderos camino del matadero”. 


- A este Elpidio, va a ser cosa de atarle corto.

domingo, 14 de octubre de 2012

EL “FUCK OFF” (¡Vete a la mierda!)



“En esta democracia, los demócratas están de más. La adulación a la gente que consiente en “que la jodan” es un sarcasmo. El silencio va siempre asociado al miedo”

Es un artículo de MANUEL RIVAS el 13 OCT 2012 en el País, que os copio al pie de la lera:

Primero, qué se jodan. Segundo, si los jodidos protestan, tratarlos como jodidos terroristas. Y tercero, si las leyes se resisten, violarlas, que para eso están, como las mujeres. Así, a golpe de quijada, se va construyendo un sublime cuerpo doctrinario. Después de Donoso Cortés,(Ver foto de la izquierda) con su premonitorio Discurso de la dictadura, nuestra gran exportación reaccionaria, la derecha vuelve a poner a España en la cresta con una auténtica filosofía del poder de vocación universal: el Fuck off. Es un lugar común que la izquierda está torpe y la socialdemocracia ha perdido el olfato y otros atributos. Pero, para compensar, tenemos esta derecha lozana que picotea vísceras en la cueva de las ideas. Mundo adelante se sigue con perplejidad la Contrarreforma española, la explotación ideológica, a cielo abierto, de la crisis, pero lo que de verdad pasma es su formulación teórica, ese estilo canalla que va del punkismo pijo de la diputada Fabra (“¡Qué se jodan!”) al modernismo cabrón del preboste Bregaña (“Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”). Podemos establecer un enlace poético con el expresionismo animal de la época Aznar (“Perros que ladran su rencor por las esquinas”) y la fabulación cinegética de su director general de Enseñanza (“Tampoco a los conejos se les consulta la Ley de Caza”). Hay un hilo que hilvana este discurso del lado torvo de la transición, y que vuelve a expresarse con facundia costumbrista: el elogio a la “mayoría silenciosa” es una impugnación del ágora, de los que ejercen la libertad. En esta democracia, los demócratas están de más. La adulación a la gente que consiente en “que la jodan” es un sarcasmo. El silencio va siempre asociado al miedo. Un amigo me cuenta que días atrás se asustó al ver el cielo enrojecido. Viajaba en autobús y estuvo a punto de gritar. Hasta que se dio cuenta de que era una hermosa puesta de sol. El síndrome Fuck off.
























Tomado, también del País del sábado. Es que no tenía muchas ganas de trabajar.


domingo, 10 de julio de 2011

¡UNA, GRANDE, LIBRE!

Decía, hace unos días, Manuel Vicent en su columna del País, que una buena frase podía ganar, sola, unas elecciones. Sólo era cuestión de repetirla hasta la saciedad, y todos terminaríamos por creérnosla, sin cuestionar su veracidad o conveniencia.


Y no sé porqué me vino a la mente una frase que permaneció inalterable durante los años de mi niñez y juventud y que se fue gravando en las mentes de los que vivimos los años del franquismo. !España, una! ¡España, grande! ¡España, libre!
Tanto, que aún permanece en lo más profundo de nuestro acerbo, sin que, entonces, nadie y ahora, muy pocos, se cuestionasen la veracidad de estas afirmaciones, y si en alguna época de la historia se pudieron aplicar a nuestro país, estos tres adjetivos calificativos juntos.
Que España fuese una, sólo pudo ser verdad en la época de Felipe V, cuando “conquistó” todos los reinos de las Españas - incluida Cataluña- y se proclamó rey de todos ellos. La unidad en tiempos de los Reyes Católicos fue algo parecido cuando conquistaron el reino de Granada, y sólo duró hasta la muerte de Isabel, continuando dividida España en distintos reinos que en ocasiones estaban bajo el reinado de una persona, pero siempre conservando sus privilegios, sus  cortes y sus leyes particulares. Hay que reconocer que se produjo de nuevo la “unidad” cuando Franco ganó la guerra civil y dictó la consigna que ahora analizamos. Desde luego en todos estos periodos de tiempo no se podía asegurar que España fuese libre, porque estaba dominada por el poder absoluto de un monarca o de un dictador.
Lo de grande es más relativo. España fue grande, en tamaño, cuando “conquitó” el nuevo mundo y en sus dominios “no se ponía el sol”. Pero es muy discutible que los Países Bajos, Alemania, y las tierras de América, fuesen realmente España. De ser grande, no era ni una ni libre.
¿Y libre? Ningún País puede ser libre. Siempre estará sometido a convenios, tratados y acuerdos; cuando no a sometimientos políticos, económicos y militares que le hacen depender siempre de otros. Y eso el País, porque los “paisanos” ni en democracia son realmente libres.


Pero si siguiésemos repitiendo aún el “slogan”, y lo hiciésemos con el entusiasmo de antaño, yo creo que con un poco de suerte, nos lo seguiríamos creyendo. 

viernes, 17 de junio de 2011

¡HORA DE DESPERTAR!

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 10 de enero de 1956), es un escritor español y académico de número de la Real Academia Española (1996), donde ocupa el sillón “u”.
Actualmente reside entre Madrid y Nueva York, donde dirigió el Instituto Cervantes hasta mediados del 2006.
En 1987 gana el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa por El invierno en Lisboa y en 1991 el premio Planeta por El jinete polaco, por la que vuelve a ser Premio Nacional de Narrativa en 1992. En 2007 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Jaén como reconocimiento a toda su obra.
Otras obras destacadas son Beltenebros (1989) una novela de amor, intriga y de bajos fondos en el Madrid de la posguerra con implicaciones políticas; Los misterios de Madrid (1992 -publicada inicialmente como serial a capítulos en el diario El País -el título hace referencia al folletín decimonónico Los misterios de París, de Eugène Sue-); El dueño del secreto (1994); "Plenilunio" que es una de sus mejores obras, "El invierno en Lisboa", "Ventanas de Manhattan" o "El viento de la luna" (1997). En el otoño de 2009 se publica su novela "La noche de los tiempos", un monumental trabajo que recrea el hundimiento de la Segunda República Española y el inicio de Guerra Civil Española a través de las peripecias de un arquitecto llamado Ignacio Abel.
Está casado con la escritora Elvira Lindo.


El pasado 20/05/2011 publicó este artículo que me ha enviado un amigo, y que lo publico, porque lo he considerado interesante. A ver qué os parece.
"He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial, incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella. Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios, consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o festivo, o una mezcla de los dos.
La broma empezó en los ochenta, cuando de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡El que no esté colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la Expo de Sevilla en 1992, la noche de su clausura, en una terraza de no sé qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra, mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios, del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa, de entusiasmo obligatorio.
Llevar la contraria te convertía en algo peor que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio, el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo superfluo y la mezquindad en lo necesario.
Recuerdo un artículo en el que ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en basuras.
El orgullo vacuo del ser, ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío o morisco o hereje.
Que esa obcecación en la pureza de sangre, convertida en identidad colectiva, haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos, ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España.
Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omnipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critican no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora, o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico, es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra, es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España, es que tienes nostalgia de la educación franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades autonómicas españolas de todos los colores, tirar cantidades inmensas de dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí.
Cuando era director del Cervantes, el jefe de protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco. Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo, tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos. “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista, era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso, al que parece que al fin estamos llegando, ha de tener una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica, para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar; el estudiante estudiar, haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública; el tan solo un poco enfermo, no presentarse en urgencias; el periodista, comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos; el padre o la madre, responsabilizándose de los buenos modales de su hijo; cada uno a lo suyo, en lo suyo; por fin ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja; miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral; ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases, como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto".

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SENTIRES. Canta Mª Antonia Moya. Edición remasterizada. 2012. Incluye las canciones siguientes:

AVE MARIA

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De Schubert. Canta María Antonia Moya, acompañada por el Maestro Alcérreca. 2011. Para escucharlo, pinchar en la image.

LA TARARA

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Canta Maria Antonia Moya. Si quieres escuchar la canción, pincha en la imagen

LOS PELEGRINITOS

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La canción de Lorca, cantada por María Antonia Moya, con imágenes de Lucena (Córdoba) Para escuchar la canción pincha en la imagen.

EN EL CAFÉ DE CHINITAS

EN EL CAFÉ DE CHINITAS
La copla de Lorca, cantada por María Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. 1986. Para escuchar la canción, pinchar en la imagen

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE
Maria Antonia Moya canta el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca. Puedes escucharlo pinchando la imagen.

LOS CUATRO MULEROS.

LOS CUATRO MULEROS.
Canta: María Antonia Moya. 1986.Para escucharlo,pinchar en la imagen.

PERFIDIA

PERFIDIA
Canta Maria Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. Año 1986. Para escuchar la canción, pincha en la imagen.

PASODOBLE DE CHINCHÓN

PASODOBLE DE CHINCHÓN
Letra: L.Lezama - Música: Palazón. Canta: María Antonia Moya. 1987Puedes escucharlo pinchando en la imagen

MIS LIBROS DE FICCIÓN. EL AMARGO SABOR DE LAS ROSAS.

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"El amargo sabor de las rosas" Novela. Marzo de 2017

LA BODA

LA BODA
"La boda" 1996 -2001. Inédito.Para leer el cuento, pincha en la imagen

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CHINCHÓN MÁGICO
"Chinchón Mágico" 2002. Inédito. Para leer el libro, pincha en la imagen.

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