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domingo, 7 de agosto de 2011

FAUSTINO: UN CUENTO EN TRES ENTREGAS. III


- III -


La comida, como era costumbre, se desarrolló en un tono afable y distendido, Faustino, ese dia estaba más lucuaz y les estuvo contando los hallazgos más curiosos que había encontrado en internet. Su nieto le animó a continuar con sus memorias, pero le recomendó que volviese a sus primeros años de militar y contase todas las anécdotas que tenìa de esa época y que podría hacer un "retrato" interesante  de la vida castrense en los años del franquismo.
Mientras se tomaba un descafeinado, Ernestina que había estado recogiendo los últimos platos de la comida, se sentó a su lado, y, en el tono cariñoso que siempre empleaba con él, le regañò
- Papá no hay quien pueda contigo, tienes ya casi ochenta años y me preocupa que quieras estar tú sólo. El otro dia estuvimos hablando con Fausto y Adela - ella siempre se había negado a emplear el diminutivo del nombre de su cuñada - y quedé que iba a hablar contigo para tomar una decisión antes de que te ocurra algo...
- Vamos a ser sinceros, tu estás todo el dia en la Farmacia, además aquí en este piso no hay sitio para ponerme una habitación. Tu hermano tampoco tiene sitio y además su mujer y mis nietas no iban a aceptar un regalito como yo...
Paró un unos segundos para respirar, pero siguió antes de que nadie le pudiese replicar:
- Así que la alternativa posible es la de una residencia. Yo aún me encuentro relativamente bien físicamente y sobre todo todavia me funciona la cabeza, aunque algunas veces reconozco que me pongo algo pesado con mis cosas. En estas circunstancias no resistía más de una semana en un ambiente en la que la mayoría tiene demencia senil, y lo menos malo que me podría ocurrir es que alguna viejecita se enamorase de mí y entonces no tendria más remedio suicidarme...
Todos rieron su ocurrencia, le hicieron prometer que en el momento que no se encontrase bien les llamarian y hablarian en serio de su situación, y la conversación se recondujo a los temas literarios e informáticos con los que  se había iniciado.
Cuando llegó a su casa supo que era el momento que siempre había temido. Era cuestión de meses el tener que depender de los demás. Y sin saber cómo se encontró con una tarjeta de visita en las manos en la que sólo se leía: " Efficacy Always ". No había más nombres, ni señas ni teléfonos.
Y por enésima vez rememoró todos los detalles de la entrevista y sobre todo le parecía sentir los ojos penetrantes de aquel hombre de cuyo nombre sólo sabía su inicial.
Aquel domingo lo dedicó a releer sus memorias. Lo solía hacer siempre cuando tenía tentaciones de melancolía. La terapia dió sus frutos y aquella noche durmió plácidamente hasta que sonó el despertador a la mañana siguiente.
Serian eso de las 16,30 cuando sonó el timbre de la puerta. Abrió la puerta y allí estaba él. Ni siquiera se sorprendió, parecía que todos los dias de los últimos doce años y medio habia esperado esta visita.
- ¿ Puedo entrar, Faustino ?
Prácticamente no había cambiado, tan sólo unos reflejos blancos en las sienes y en la barba, pero igualmente vestia un elegante traje azul y  ... los mismos gemelos con la "M" de topacios cerrando los puños de su camisa.
- ¿ Cómo ha sabido... ?
- Ya te dije que nuestro sistema de información está en la vanguardia de la tecnología, y que nuestro lema es siempre la eficacia, así que, como ves, estoy aquí para continuar la conversación que iniciamos hace tanto tiempo.
- Mi situación ha cambiado mucho desde entonces. Ahora pienso que no voy a tardar demasiado en necesitar la ayuda de los demás, y no me gustaría amargar la existencia de los que quiero...
- ¿ Y que tienes para vender ?
- Sólo tengo esta casa, todo lo demás es de mis hijos, pero ¿ cual sería el precio que me ofreces?
- Lo estipulado, cuando vayas a necesitar de los demás, te ayudamos a irte...
- Pero, ¿ cómo ? 
- No tienes que preocuparte, todo será lo más natural y sin dolor. Te reitero que somos eficaces. De todas formas aquí traigo el contrato que vamos a firmar. Lógicamente es un contrato absolutamente privado. Simultaneamente tenemos que firmar una escritura pública para traspasarnos la propiedad del piso, reservándote naturalmente, un usufructo vitalicio.
- Eso en realidad, no me importa. Lo que sí me preocupa es saber quien y cuando determina el final.
- Ya has podido comprobar que nosotros estamos constantemente en contacto con sólo que tu lo desees. El trato establece que el fin se produce cuando tu no te valgas por sí mismo. En eses momento, y sin posibilidad de marcha atrás, se desencadenas todas las acciones encaminadas a cumplir la parte de nuestro contrato. 
- ¿ Entonces la decisión es irreversible ?
- Naturalmente, cuando llega ese momento, generalmente, el cliente ya no tiene sus facultades mentales en plenitud. Nosotros vamos a cumplir un contrato firmado entre dos partes que son conscientes y tienen capacidad legal y mental para poder contratar. No obstante, no pretendemos presionarte. Puedes pensarlo y cuando de verdad estés decidido, yo, sin falta, estaré aquí con el contrato dispuesto para firmar.
Aquella noche no logró pegar el ojo. Su mente le decía que sí, su conciencia,que no. Y para ordenar sus pensamientos decidió levantarse. Eran las cuatro de la mañana cuando se sentó delante de su ordenador y abrió una carpeta de archivo nueva: "TESTAMENTO".


Yo, Faustino Torregrosa y Muñoz, Coronel retirado del Ejército Español, hijo de don Fausto Torregrosa y doña Edelmira Muñoz, nacido en Melilla el dia 10 de mayo de 1920, en pleno uso de mis facultades mentales redacto el presente testamento, rogando a mis hijos que procuren cumplir, en lo posible, mis últimas voluntades.
Quiero, en primer lugar, demostrar mi gratitud y admiración a mi esposa Genuina, que durante los años que vivimos juntos siempre me ofreció su amor , su compañia y la plena dedicación a todos los que vivimos con ella .
Todo lo que hay en la casa y era de mi mujer, es por derecho de mis hijos, y les ruego sean generosos a la hora de repartirlo.
El poco dinero que me quede, puesto que ninguno de mis hijos lo necesitan, se repartirá entre mis cuatro nietos a partes iguales, para que, si les parece bien, se compren algún recuerdo de su abuelo.
Las joyas que eran de mi mujer serán para mi hija Ernestina, a excepción de los pendientes de perlas que serán para Adela, la esposa de mi hijo. Todas las joyas mias serán para mi hijo Fausto, a excepción del reloj de oro que quiero lo tenga como recuerdo Manuel, el marido de mi hija.
Los libros, los discos, y los cuadros de la casa, los repartireis entre los cuatro nietos, con sólo la condición que no deshagais las colecciones que tengo completas.
El disco duro de mi ordenador, que es lo que más valoro, es para mi nieto Manuel que siempre ha demostrado su interés por lo que yo hacía.
El piso en el que vivo, ya no me pertenece, puesto que lo vendí con el usufructo vitalicio a mi favor, para garantizar que ninguno de vosotros os tuviéseis que ocupar de mí, cuando yo no pudiese valerme por mí mismo. El precio lo cobré yo en especie, por lo que no debeis buscar ninguna cuenta secreta en ningún banco.
Mi única preocupación ha sido el no haceros la puñeta y que siempre guardeis un buen recuerdo de vuestro padre y abuelo. Espero que sepais comprender mis razones y me perdoneis si no he sido el buen padre que vosotros os merecíais.
En madrid, a 19 de abril de mil novecientos noventa y nueve.
Lo leyó varias veces, hizo algunas correcciones y por fin pulsó la tecla de archivo. Claramente había tomado la decisión.
Durante dias esperó la visita del hombrecillo. No tenía ningún teléfono para contactar con él y empezó a ponerse nervioso. Casi no dormía y su carácter pacífico se fué tornando irascible. Su hija se lo notó por teléfono y al dia siguiente se puso de acuerdo con su hermano y fueron a visitarle.
- Papá te he notado por teléfono que estás muy excitadoy se lo he comentado a Fausto y por eso hemos venido a ver qué te pasa. ¿ Te encuentras mal ?
- No, no es nada, que llevo unos dias que no duermo bien, pero no es nada.
- ¿ Te preocupa algo ?
- No, de veras, es que a mis años parece que aún me afecta la primavera.
- No nos vas a engañar, sabemos que hay algo que te preocupa y no nos vamos sin que nos lo cuentes. 
- La verdad es que no tiene demasiada importancia, pero - les mintió - es que el otro dia un vecino me comentó que había unas empresas que a cambio de tu piso te garantizan que te cuidarán por el resto de tu vida, y me dado por pensar que podría ser una buena solución.
- De ninguna de las maneras, le interrumpió su hijo en un alarde de seguridad, que realmente sono algo falso, Tu no tienes que vender nada para garantizarte que vas a estar atendido. Aquí estamos nosotros para lo que haga falta.
Su hermana asintió y sentenció: - Tú, papá, sabes que siempre estaremos dispuestos a que vivas feliz. Así que deja de darle vueltas a esa idea descabellada de vender tu piso.
Fausto, como podía ser predecible, metió la pata.
- Además, no vamos a permitir que el piso de los abuelos vaya a parar a ,manos extrañas, ¡ Faltaría más !
Faustino se dió cuenta de que esta polémica era una guerra perdida y cambió de táctica. Les aseguró que no volvería a pensar en ello y que con su visita se encontraba mucho mejor, porque había podido comprobar lo mucho que les importaba.
Dos dias después volvió a sonar el timbre de la puerta.


- Pase, pase Vd., le estaba esperando.
- Me alegro mucho, Faustino, de que te hayas decidido por fín. Es la mejor decisión que podía tomar.
- Bueno, la realidad es que hay un pequeño problema... 
- Espero que sea pequeño y que lo podremos solucionar, dime.
- Mis hijos se oponen a que yo mes desprenda del piso, porque además del valor material está el valor sentimental por haber sido la residencia familiar de varias generaciones...
- Realmente no es tan pequeño... Pero bueno, si tienes algo que ofrecerme, lo podríamos estudiar...
- Lo que ve, mis libros, mis discos, mis cuadros, en fín, poca cosa...
- Ciertamente aquí hay algo que tiene el suficiente valor para negociar...
- Pues si no es el piso, cerramos el trato... pero ¿ qué hay aquí que tenga tanto valor como el piso ?
- ¡ Tú !
- ¡Ha, ya entiendo, cuando yo muera se aprovecharan todos mis órganos...
- No, no es tu cuerpo lo que nos interesa. Estás ya demasiado viejo... 
El contrato tenía diez hojas y en el mismo se recogian minuciosamente todas las posibilidades. Se notaba en la redacción la mano experta de un gran jurista.
Al final, debajo de la fecha resaltaban las dos firmas:
- Faustino Torregrosa y Mefistófeles.

miércoles, 3 de agosto de 2011

FAUSTINO: UN CUENTO EN TRES ENTREGAS. II

- II -

- Mira Genuina, tu madre está consiguiendo arruinar nuestras vidas. De acuerdo con que tus hermanas no quieran saber nada de ella, que tengamos que ser nosotros los que asumamos esta responsabilidad, pero yo pienso que hay otras alternativas. Existen residencias subvencionadas por la Comunidad en las que va a recibir toda la atención que precisa...
- No insistas Faustino, te he dicho una y mil veces que éste es mi problema y que estoy dispuesta a dar hasta la ultima gota de mi sangre para que ella viva los últimos años de su vida entre personas de su cariño. 
- Pero si ella no se entera de nada. Tiene la mente  en su infancia y ni siquiera sabe quien eres tú. Además estamos corriendo un grave peligro. Una noche se va a levantar, va a encender el gas de la cocina y vamos a saltar todos por los aires.


- Después de todo lo que tengo, encima tú también me lo vas a echar en cara. ¡ Qué poca comprensión ! ¿ Es que no te gustaría que tus hijos hicieran lo mismo con nosotros ? 
Suspiró y siguió diciendo:
-Lo que pasa es que todos los hombres sois unos egoistas. Tu no decias  nada cuando tu hermana se hizo cargo de tu padre durante los tres últimos años de su vida. Como te daban el problema resuelto no se te ocurrió plantear lo de la residencia; y eso que no hubiéseis tenido nigún problema para ingresarle en la Residencia de Oficiales jubilados  del Ejército .
En el fondo su mujer tenía razón. Prácticamente todo se reducía a la mayor o menor dósis de ogoismo que cada uno quisiese aplicar a este problema. Cuando don Fausto - su padre - quedó imposibilitado, toda la familia asumió que debía ser Guadalupe la que se debía hacer cargo de él. Para eso era la única hija soltera, que seguiría cobrando su pensión de horfandad y que se quedaría con la casa cuando faltase su padre. Era una solución natural  que todos los demás hermanos habian firmado cuando murió la madre.
De aquella época le viene su afición por el ordenador. Un año, para su compleaños, su hija se presentó con el ordenador que tenía en la farmacia. Se le había quedado obsoleto y le dijo que reunía las características apropiada para sus necesidades. 
Se compró varios manuales, se suscribió a la revista PC, amplió la memoria y acopló un modem y así se inició en esa aventura sin retorno que le iba abriendo horizontes insospechado y le iba cerrando, poco a poco, las puertas de la realidad.
No se volvió a plantear de nuevo esta cuestión. Los cuatro años que duró doña Petra fueron abriendo una sima de incomunicación entre ellos dos. Para ella, su deber le daba fuerzas para sobrellevar con entereza los caprichos de su madre. El se había encerrado en su mundo virtual y apenas si enteraba de lo que pasaba a su alrededor.
Cuando a la muerte de la abuela quedaron los dos solos, la situación apenas si se modificó. Algunas salidas a visitar a sus nietas, las comidas con su hija los domingos y cuando parecía que todo podía volver a ser como siempre debía haber sido, el corazón de Genuina no soportó tanta dicha.
Por entonces fué cuando tuvo lugar aquella visita.
- Mire, no entiendo bien lo que me quiere decir con eso de "literalmente".
- Pues está muy claro - entonces sus ojos se hicieron más penetrantes - que cuando llegue el momento de que tu necesites ayuda para poder sobrevivir, nosotros te ayudaremos....
- Dándome de nuevo salud para no necesitar ayuda...
- No, eso era otra alternativa que nosotros trabajamos en su dia, pero que ha caido en desuso. Ya a nadie le interesa la eterna juventud. Las píldoras y la cirugía han sido unos rivales insalvables.
- ¿ Entonces ?
- Lo que estás pensando. En ese momento nosotros te ayudaremos a dejar de vivir.
- ¿ Y encima quieres que por matarme os entregue todo lo que tengo ?
- Todo no, sólo este piso que es un bien privativo tuyo. La casa que le tocó a tu mujer de su familia y el chalet de la playa no es neccesario que entren en el trato.
- ¡ Haga Vd. el favor de salir de mi casa !
- No debes precipitarte, Faustino. Comprendo que nuestra oferta te haya podido desconcertar, pero quiero que sepas que cada dia son más las personas que firman esta clase de contrato con nosotros. Como indica nuestro nombre somos "siempre eficaces". Esta cuestión no se puede poner en manos de aficionados, y mucho menos de la familia.
- ¡ Salga inmediatamente de aquí ! o llamo a la policía.
- De acuerdo, ya me voy, pero no olvide que cuando Vd. nos necesite nosotros vamos a estar a su lado. 
Cuando aquel misterioso hombrecillo salió de la casa sintió un bloqueo en su mente y ,puede que durante horas , se quedó absorto, sentado en el sofá, hasta que llegaron su mujer y su hija que habian salido a comprar un regalo para el cumpleaños de  Adelita.
- ¡ Qué raro, papá, ¿ ya no te interesa internet ?


Durante varios días vivió obsesionado con la visita pero la repentina enfermedad de su mujer le absorvió totalmente. Sin tiempo para asimilar lo que  le venía encima se precipitaron los acontecimientos y sin darse cuenta se vió ante un psiquiatra al que le habian obligado a ir sus hijos para aceptar su nueva situación de obsoluta soledad. No permitió irse ni unos dias con su hija. Fausto, su hijo, no se atrevió ni a ofrecerselo porque adivinaba lo que podrian decir Adela y sus hijas.
Tenía sesenta y siete años, había perdido toda atadura con su pasado, y estaba dispuesto a sobrevivir en su pequeño mundo de viajes digitales y procurando no necesitar ayudas foráneas.
Las visitas al psiquiatra le ayudaron a perfilar el programa de actividades diarias y su antigua vida militar le permitió aceptar la férrea disciplina que se autoimpuso. Con el tiempo, sus hijos se percataron que no les necesitaba y así acallaron sus conciencias. El dia de su cumpleaños y para las Navidades procuraban comer con él. Tan solo Manolito se pasaba de vez en tarde por su casa y le pedía lo último que había escrito de sus memorias. En realidad no sabía si después las leía, pero tenía que reconocer que le hacían una cierta ilusión sus visitas.
A sus nietas las veía bastante menos, aunque siempre había procurado igualarles a todos en cuanto a los regalos que procuraba distribuir a lo largo del año, para cerciorarse de que no se olvidaban de él.
Mañana sábado, dia 15 de abril comería con su hija, con Manolo su esposo, con Manolito y con su novia; una chica muy simpática que estudiaba derecho y que se llamaba Mónica.
Por eso, hoy, después del paseo diario, pasaría por el mercado para comprar algo de marisco, porque siempre le gustaba llevar algo.
Habian pasado doce años de vivir sólo, se seguía conservando bien, y tan sólo había transigido en que una señora fuese por casa una vez a la semana para hacerle la limpieza.

sábado, 30 de julio de 2011

FAUSTINO: UN CUENTO EN TRES ENTREGAS. I

Llegan las vacaciones, un buen tiempo para dedicar a la lectura. Yo os voy a proponer este cuentecito en tres entregas, para que llenéis unos ratos en las tardes largas que no queráis echaros una buena siesta. Lo he titulado 

FAUSTINO:

- I -

Muchos años atrás había repetido cada domingo, casi como un ritual, todas y cada una de las tareas que hoy tenía que realizar.  Era otra época, antes aún del tiempo de silencio y de soledad, cuando los dias se desgranaban frenéticos y apenas si se podía distinguir el devenir de las tardes plácidas después de las mañanas cargadas de órdenes rutinarias y de tensiones agobiantes, cuando cualquier acontecimiento se vivía con fruicción en el entorno familiar.
Acaba de sonar el despertador, aunque él llevaba despierto ya tres larguísimas horas. Desde hacía varios meses no podía alejar de su cabeza aquel día lejano, en que podía haber sellado un pacto para la eternidad.
Podía revivir, minuto a minuto, palabra a palabra aquella extraña entrevista..
Cuando sonó el timbre de la puerta pudo comprobar que estaba sólo en casa. Era ya la tecera llamada y le costó incorporarse del sofá. Con parsimonia se dirigió fastidiado a la puerta. Por la mirilla vislumbró a un hombrecillo trajeado con un portafolios en la mano derecha y pensó no abrir, pero al otro lado de la puerta, sin duda, el visitante había advertido su presencia y volvió a pulsar el timbre...
- ¿ Don Faustino...?
- Soy yo, pero le advierto que no voy a comprar nada...
- Yo no vendo,yo compro y además pago muy bien.
Ahora, con la puerta abierta ya, no le pareció tan pequeño y sus facciones irradiaban credibilidad cuando su voz, pausada y profunda, reforzaba esa extraña oferta que inmediatamente captó su interés. Sin duda no tenía más de cuarenta años, pero sus ojos encerraban una especie de luz misteriosa que denotaban demasiados años de trabajo y de lucha. Cuando le tendió la mano era suave y firme; sin duda, no había nunca realizado trabajos manuales. En el primer contacto sintió una descarga que le recorrió todo su cuerpo con una sensación entre placentera e inquietante, que contribuyó a desconcertarle un poco más aún. Su pelo, cuidado, era negro y ensortijado y contrastaba con su tez pálida pero tersa. Una barba que parecía dibujada terminaba en perilla, pero tenía afeitado el bigote, con lo que sus labios muy perfilados y carnosos atraerían toda la atención si no fuera por la fuerza magnética de sus ojos. Su traje gris marengo se conjuntaba con una camisa azul pálido, una corbata de seda natural a franjas azules, grises y una diminuta raya roja. Después observaría que unos relucientes zapatos hacian juego con un cinturón con una discrerta hebilla dorada, y los puños de su camisa se cerraban con unos gemelos de oro en los que destacaba una "M" formada por topacios.
- ¿ Pasamos, Faustino...?
No advirtió en ese momento que le había tuteado, se apartó ligeramente para dejarle pasar, cerró la puerta de entrada, y le invitó a entrar en el salón, ofreciéndole asiento en unos de los sillones del tresillo, mientras él recogía el periódico que estaba leyendo y que había dejado en el sofá cuando salió a abrir la puerta.
- Pero yo tampoco vendo nada ...
- Eso no es cierto. Todos tenemos siempre algo que vender, sobre todo si el precio que te ofrecen es lo suficientemente alto. Pero me voy a presentar...
Del portafolio había sacado una pequeña tarjeta de visita que se la ofreció...
- Soy el Gestor para esta Zona de la Empresa Multinacional  "efficacy always". Sin duda que no habrás oido hablar de nosotros hasta ahora, porque no aparecemos ni en las Páginas Amarillas ni en los Anuarios ni siquiera en la Guia de Teléfonos. Pero tenemos una amplia red de captadores que nos permite conocer a todos nuestros clientes potenciales y con las más avanzadas tecnologías de información ofrecerles al instante la respuesta a todas sus necesidades.
- Entonces, Vd. me está engañando, porque lo que quiere es venderme sus servicios...
- No exactamente, nosotros no queremos vender nada a nadie, queremos comprar lo que tu estés dispuesto a verder si te pagamos el precio que tu has puesto...
- No lo entiendo. Que yo sepa yo no he puesto precio a nada...
- Yo sé que a tí te preocupa mucho la supervivencia, la soledad a la que puedes llegar cuando seas más mayor y no te valgas por tí mismo...
- Efectivamente, el otro dia comentaba con unos amigos que me gustaría vivir mientras los mios me necesitasen y tener la elegancia de morir antes de tener que depender de ellos... ¿ Cual de mis amigos trabaja para vosotros ?
- No, no te confundas, ninguno de ellos trabaja para nuestra Empresa; ya te he dicho que disponemos de las más sofisticadas tecnologías y somos capaces no sólo de escuchar lo que se dice sino también de captar que lo que se dice es cierto, y nosotros sabemos que tu eras sincero cuando hacías esta aseveración. Así que nosotros estamos dispuesto a pagar el precio de tus deseos siempre que tengas algo que ofrecernos. Dicho de otra forma: ofrécenos algo que para tí tenga el valor suficiente para nosotros pagarte el precio de solucionarte tus temores.
- Ya entiendo, vosotros me ofreceis una especie de Residencia hasta mi muerte, para garantizarme que no tendré que depender de mis hijos ni de mis nietos y a cambio yo os firmo una escritura ante notario de que este piso, por ejemplo, pasa a vuestra propiedad.
- No realmente. La segunda parte podría aceptarse, pero nosotros te ofrecemos la solución que tu proponías, digamos que... ¡ literalmente !
De nuevo el despertador le hizo abandonar sus recuerdos. Hoy era viernes y la verdad es que no tenía nada que hacer obligatoriamente, pero desde hacía años se había impuesto una rutina que mantenía invariable sin permitirse trasgresiones, y esta férrea organización le había mantenido lúcido y en forma. 
Sin distinción de dias ni estaciones el despertador sonaba a las siete de la mañana. Cuando trabajaba regateaba minutos al reloj a la hora de levantarse y los fines de semana aprovechaba para desquitarse y no se levantaba nunca antes de las diez. Desde que se quedó sólo esta organización le había ayudado a sobrevivir.
Lo primero era ventilar la habitación mientras se hacía el aseo. Después un desayuno con café y algo de dulce - lo único que había conservado de su época laboral - y ponía la televisión para escuchar las primeras noticias de la mañana. Después el ritual de hacer la cama, estirando primorosamente las sábanas, la manta y el edredón. Siempre recordaba cómo se había ejercitado en hacer la cama desde los lejanos dias de la Academia Militar. Doblaba el pijama y colocaba los dos cojines sobre la almohada y cerraba la ventana después de haber pasado la aspiradora - los lunes, miércoles y viernes por el salón y los martes, jueves y sábados por el dormitorio - y de haber recogido el tazón del desayuno y el plato de la cena de la noche anterior.
Por prescripción facultativa tenía que andar todos los dias tres kilómetros y esa era su tarea de nueve a once, cuando aprovechaba para comprar el periódico y la cena para la noche. El almuerzo lo hacía diariamente en el Bar de Hipólito que le preparaba unos menús variados al precio previamente convenido.
Cuando hacía buen tiempo el periódico lo leía en un banco del parque, cuando el tiempo no lo permitía, volvia rápidamente a casa y allí alternaba las páginas del diario con los álbumes de las viejas fotografias que le hacian recordar tantas cosas...


Unos años antes de aquella visita, cuando acababa de pasar a la reserva con el grado de coronel, y aún vivía su mujer, habian hecho planes para viajar por toda España para volver a ver todas las ciudades en las que él había servido. Toledo, Zaragoza, Teruel, Jaca, Melilla, Santander... 
Pero no habian contado con los "elementos"...
Genuina, su mujer, era la menor de tres hermanas y por aquellas fechas tuvo que hacerse cargo de su madre que por entonces contaba con noventa y cinco años. Sus hermanas, después de haber conseguido que repartieses todos sus bienes decideron que la madre estaría "por meses" con las tres hijas. No fué nada más que una burda estratajema ya que siempre encontraban alguna excusa para dilatar su estancia con ellos, y al cabo de los seis meses habian asumido que tenían que afrontar el problema.
Doña Petra había sido hasta entonces una viejecita dulce y dócil que llegaba a confundirse con el mobiliario del salón. Pero, poco a poco, fué perdiendo la cabeza. Empezó cambiando las épocas y los nombres, y fué haciéndose cada dia más intransigente hasta no poder dejarla sóla ni un sólo minuto. 
Un dia, al principio, aprovechando un descuido de su hija, cogió las cerillas de la cocina y prendió fuego el sofá del salón. Afortunadamente lograron sofocarlo pero desde ese momento se les terminó su tranquilidad. Faustino tenía entonces sesenta y un año, se encontraba en plena forma física y su capacidad mental estaba intacta. Genuina, dos años más jóven, tan sólo se quejaba en ocasiones de rehuma en las piernas, pero a partir de ese día no volvieron a salir juntos de su casa. 
Sus dos hijos que se habian casado unos años antes, se ofrecian para quedarse con la abuela, pero Genuina se negó siempre porque decía que era sólo obligación suya.
El timbre del teléfono le sacó de sus tristes pensamientos.
- Abuelo, dice mamá que te vengas mañana a comer con nosotros.
- Dile que no. Ya sabeis que no me gusta salir de casa; y además cada vez me cuesta más trabajo subir al autobús.
- Por eso no te preocupes, yo me acerco a recogerte con el coche a eso de las doce, así que no se admiten excusas. Mañana nos vemos, un beso abuelo.
Estas llamadas eran frecuentes, sobre todo por parte de su hija Ernestina. Era farmaceutica y él le había ayudado para traspasar una farmacia muy bien situada que le había permitido vivir con holgura sobre todo cuando se casó con Manolo al que había conocido en la Facultad y que había hecho una buena carrera en los laboratorios de una empresa multinacional.Su hijo Manolito era el que le acababa de llamar y tenía que reconocer que, quizás por ser el primero, era su nieto preferido.
Su hijo Fausto, como su abuelo, había seguido la tradición familiar y era militar. Tenía ahora cincuenta años y era Teniente Coronel en la Academia de Suboficiales. Se había casado con Adelita, hija del General Godofredo Mantilla, tenian tres hijas y vivian en un piso de 120 metros cuadrados, con tres habitaciones, salón, cuarto de baño y aseo, y una terraza amplia con vistas a la Casa de Campo.
Adelita, la quinta de diez hermanos, sólo había heredado del General su mala leche y la casa donde vivian, con una hipoteca incluida por cinco millones de pesetas, que tuvieron que terminar de pagar ellos.
Nunca llegó a congeniar con ella. Pero como los dos eran inteligentes consiguieron "firmar" un tratado de  "no agresión" que perduró en el tiempo pero en el que había claúsulas no escritas para evitar la convivencia más allá de las visitas protocolarias siempre justificadas por motivos de celebraciones familiares y otros eventos no eludibles. 


Su hijo, que nunca había destacado por su espíritu marcial, fué subiendo por el escalafón más por las ayudas de su suegro y de su padre que por sus propios méritos, y aunque en el Cuartel procuraba mantener la compostura, en su casa, sus cuatro mujeres habian conseguido anular cualquier conato de influencia paterna. 
La vida social de Faustino era prácticamente nula. Todos sus antiguos compañeros o se habia muerto o se habian trasladado a sus pueblos de origen. En sus paseos matinales tan sólo cruzaba unas palabras con Pepe el del kiosco, y durante la comida sólo Julián, el camarero, le solía contar el último chiste de moda. Luego, por la tarde, echaba una cabezadita en el sofá  y  se  sentaba a ver los documentales de la 2 que era la única alternativa en toda la programación de sobremesa llena de tertulias chabacanas y de chismorreos inaguantables que eran las opciones de mayor aceptación de la audiencia.
Después, a media tarde, se sentaba delante del ordenador y se pasaba las horas muertas escribiendo el tercer tomo de sus memorias y conectándose con Internet donde había descubierto un mundo increible que le mantenía informado y al dia en todas las areas del conocimiento, habiendo conseguido ser un hábil internauta, experto en encontrar las más exóticas informaciones.

domingo, 17 de julio de 2011

EL INDIO AMARILLO.


No importa, lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
Los empleados de la funeraria depositaron sobre un pequeño túmulo el féretro que contenía los restos mortales de Filiberto, que había muerto ahogado en Acapulco, junto a la Playa de Hornos, el Domingo de Resurección.
El indio amarillo, en bata de casa, su bufanda, el olor a loción barata, su boca embarrada de lápiz labial y el pelo malteñido, se dejó caer en el sofá tapizado en cretona con flores multicolores, descoloridas por el moho y la humedad. Lo había conseguido, ahora ya era libre, aunque tendría que sobrevivir en este cuerpo casi en descomposición y condenado a un ostracismo voluntario sin relación alguna con el resto de los mortales.
Allí sentado, en la penumbra del atardecer, fue pasando por su mente todo lo que había ocurrido. Sabía que cuando Chac Mool era el Dios del trueno y las tempestades, al inicio de los tiempos, se había encarnado en ídolo de oro. Que después, al vivir entre la maleza que cubrió su templo de Teotihuacán durante siglos, se fue convirtiendo en piedra. Entonces, iba sintiendo cómo todo su cuerpo se endurecía hasta que aquellos hombres con ropas extrañas y sombreros de tela, le liberaron de su cautiverio y fue a parar a la tienducha de Lagunilla, donde tuvo que sufrir el escarnio de ver su barriga pintada con salsa de tomate, pero que le daba la terrible apariencia de los tiempos en que celebraban en su honor los sangrientos sacrificios rituales, cuando llegaba el solsticio del verano.
Nunca pudo pensar Chac Mool encontrar un fiel servidor como Filiberto. Desde muchacho había mostrado una afición poco habitual a coleccionar estatuillas, ídolos y cacharros antiguos. Era además, en cierto modo, instruído y versado en distintos conocimientos que le ayudaron a encontrar un trabajo en el Departamento del Distrito Federal. Todas las mañanas, cuando el sol apenas si había aparecido en el horizonte, se le podía ver cruzando la calle Mayor, con su pantalón remangado, la americana al brazo, la corbata aflojada, el cuello, de la camisa blanca, desabrochado; descalzo, con los zapatos y los calcetines en la mano izquierda y la cartera de cartón, con el trabajo que se había llevado a casa, en la mano derecha. Así llegaba a la oficina donde se calzaba, se arreglaba la corbata y se colocaba la chaqueta para entrar perfectamente acicalado y saludar al Oficial Mayor que esperaba junto a la puerta para controlar la llegada de los funcionarios. Esta costumbre le había permitido conseguir un apreciable ahorro en el calzado, que de otra forma no resistiría los barrizales que se formaban en la calle en las épocas del monzón. Lo de la corbata, la camisa y la chaqueta era para soportar el calor que desde el amanecer hacía insoportable cualquier atuendo.
Chac Mool se sintió a gusto en aquella casa a la que le trasladó Filiberto desde la tienda de antigüedades. No le fue difícil conseguir que reventaran las tubería para inundar el sótano. De nuevo sintió que su cuerpo de piedra iba adquiriendo flexibilidad y que iba recobrando la primitiva apariencia dorada.
Después llegó la incomprensión de Filiberto y su enfermizo deseo de escapar, pero fracasaron todos sus intentos de huida. Cuando aquella noche Chac Mool salió a su diaria correría nocturna para alimentarse de perros, gatos y ratas, pensó que había llegado el momento pero, de nuevo, él le descubrió. Fue entonces cuando tuvo la idea.
Aprovechó aquella noche que Chac Mool se mostraba simpático y alegre. Mientras contaba las apasionantes y fantásticas historias de monzones, lluvias tropicales, desiertos castigados y crueles sacrificios, Filiberto se atrevió a decir:
- “Tengo comprado un pasaje para Acapulco. Allí se celebra la Semana Santa y la pensión de los Müller es barata y acogedora... tengo ganas de volver allí para degustar el “choucrout”, bailar hasta la medianoche en la Quebrada y hacer la travesía a nado desde la Caleta hasta la Isla de la Roqueta... No hay mayor placer que sentir tu cuerpo sumergido en el agua tibia del mar a la luz de la luna...”
Chac Mool, como él esperaba, frunció el ceño, sus dientes chirriaron y en sus ojos apareció un fulgor de cólera capaz de anonadar al mas templado de los mortales.


- “Claro está que si a tí te parece bien -balbució-... Se me ocurre una idea... podríamos ir los dos juntos... O mejor, -Filiberto intentó que su voz sonase convincente- ¡podrías ir tú en mi lugar...! Puedes tomar mi cuerpo, y yo te esperaré en el tuyo... A tu regreso, volveremos a recuperarlos... Nunca podrás olvidar la experiencia de un baño en la playa de Acapulco iluminada por las antorchas...”
Filiberto sabía que Chac Mool no podía rehusar la invitación, sabía también que su cuerpo, prematuramente envejecido, no sería capaz de contener el alma pétrea del Dios de las Tempestades y que el ídolo, perdida su naturaleza sobrehumana, nunca podría superar la travesía marina... Sabía que era la única forma de librarse del tirano. Ahora le tenía ahí, en el sótano, incapaz de poderse librar de un cuerpo mortal, cautivo para siempre en un templo más seguro que los construídos por los aztecas.
El precio había sido demasiado caro. Ahora él tendría que terminar sus días en aquel cuerpo de carne que no lo es, con ese olor extrahumano que apenas se puede disimular con la loción desodorante, con el pelo ralo y con su rostro surcado por arrugas que apenas si se pueden disimular con maquillaje. Nunca más sería Filiberto, y ahora ya todos le conocían como el indio amarillo.



viernes, 25 de marzo de 2011

DOÑA ERNESTINA, LA VIUDA DEL NOTARIO. UN CUENTO EN 3 ENTREGAS


V


La noticia corrió por todo el pueblo como un reguero de pólvora. La guardia civil llevaba esposado al hijo mayor de la Genuina; le acusaban de todo lo que había ocurrido en casa del notario.
El Comandante de la Guardia Civil se personó en casa de la viuda para darle toda la información. La verdad es que habían tenido mucha suerte. En la comandancia se había tenido noticia de una multa de tráfico por exceso de velocidad de un coche matrícula de Madrid, que circulaba por la carretera comarcal a pocos kilómetros del pueblo. El conductor era el sobrino mayor de don Pedro. En un principio no había suscitado ninguna sospecha, pero cuando el guardia que había puesto la multa indicó que viajaba con el chico de la señora Genuina, empezó a cobrar cuerpo la teoría de que todo esto debería de ser obra de màs de una persona.
Ella había informado que hacía más de un año que no veía a los sobrinos de su marido y uno de ellos había estado por allí y en vez de irla a visitarla se entrevistaba en secreto con un vecino de la casa.
Por otro lado, habían recibido los análisis definitivos de la Facultad de Veterinaria y certificaban que la muerte del perro había sido motivada por un veneno muy potente y dificil de descubrir y que además no era posible adquirirlo en el pueblo.
Pensaron que había suficientes indicios para interrogar al muchacho quien no tardó en confesar abiertamente.
Todo el plan había sido urdido por el sobrino con la intención de que su tía fuese declarada incapaz y así poder administrar los bienes de la familia lo que solucionaría su maltrecha economía.
El plan tenía sentido. La fama de excéntrica de la viuda , su conocida afición por los libros de intriga y fantasía y su puritanismo eran las condiciones idóneas para que su plan tuviese éxito. Consistía en simular primero el intento de un vulgar robo, con ello se estimularía la imaginación de la viuda que empezaría a fantasear buscando al culpable. Después iban a introducir la idea ilógica de unas cartas de amor de un desconocido que sin duda iban a causar desasosiego y morbo en su mente puritana y reprimida. Las cartas habían sido escritas por su sobrino, efectivamente con la mano izquierda y en papel que había sido comprado en el pueblo por su cómplice.
Lo de la muerte del perro no estaba previsto en un principio, porque habían pensado que podría ser sustituído pero después decidieron hacerlo para trabajar más tranquilos sin su presencia.
Esperaba que con todas las contradictorias pistas que iban dejando se llegase a pensar que todo eran lucubraciones de la mente desquiciada de la viuda. Y para final había dejado lo que ellos consideraban su toque maestro. La simulación de un ataque sexual que debería de quedar interrumpido sin causa aparente para que nadie diese crédito a la versión que ella contase. La primera parte del plan había salido perfecta con el desvanecimiento de la hermana mayor. Todo trascurría según lo previsto hasta que el agresor, simulando que había oído unos ruidos, tenía que salir huyendo de la habitación. Lo que no había previsto es la actitud ilógica de la mujer de querer retener a su agresor, lo que motivó que al intentar desasirse la golpease accidentalmente con el bastón en la frente, dejando así un rastro demasiado evidente de su visita y que invalidaba prácticamente todo su plan.
El policía advirtió a la mujer con una cierta severidad que la ocultación por su parte de lo que verdaderamente ocurrió podía haber contribuido al éxito de los malhechores, puesto que cada vez eran más ilógicos los hechos que ocurrian y estaban empezando a pensar que todos podian ser imaginaciones suyas.
- Pero hay una cosa que no llego a comprender. ¿ Cómo podían entrar a la casa si es casi una fortaleza ?
- Pues porque como en casi todas las fortalezas, aquí también hay una poterna. Al fondo del molino , medio tapada por unos aperos de labranza, unos sacos rotos y telas de araña hay una pequeña puerta que en tiempos sirvió para acceder a una habitación secreta donde se escondía el trigo y la harina que después vendían de contrabando. Aquella habitación se adjudicó a la casa del vecino cuando fue dividida esta casa y nadie se acordó de la puerta. Tan solo su sobrino cuando pasaba aquí las vacaciones de verano la descubrió y pasado el tiempo le dió la idea para urdir toda esta trama.

 

VI


Su buen comportamiento hizo que en sólo unos meses el hijo de su vecina volviese a pasear por delante del amplio mirador. Detrás de los visillos ella no podía evitar observarle.
Desde hacía tiempo había dejado la lectura de libros de misterio y se estaba aficionando a las novelas galantes que también tenían una importante representación en su biblioteca.
Sus vestidos iban adquiriendo tonalidades más alegres y decidió hacer caso al señor cura y empezó a colaborar en las actividades de la parroquia y a integrarse en la vida social del pueblo, ante el asombro de la mayoría de sus convecinos que iban comprobando que la viuda del señor notario era más simpática y agradable de lo que ellos pensaban.
Aquel año, por Navidades, envió un expléndido regalo a todos los sobrinos de su difunto, incluso al mayor, al que ya había perdonado todo lo ocurrido.
Eloisa no podía creerselo, había días que la sorprendía cantando mientras regaba las flores del jardín.

FIN

¡Y ESTE CUENTO SE ACABÓ!
Espero que os haya gustado

lunes, 21 de marzo de 2011

DOÑA ERNESTINA, LA VIUDA DEL NOTARIO. UN CUENTO EN 3 ENTREGAS


III


Desde que el médico le había recetado las pastillas y para no despertarse con los ronquidos de su hermana, Eloisa había vuelto a dormir en su habitación. Debían de ser las tres de la madrugada cuando unos pasos que parecían provenir de la escalera principal que unía el zaguán de la casa con la planta principal la hicieron despertar sobresaltada. Los peldaños de madera crugían como quejidos bajo los pasos lentos que parecian ascender camino a su habitación que estaba situado el final de la escalera. El sonido seco de una especie de bastón golpeando en el suelo servía de contrapunto a los pasos acompasados que cada vez se oían más cerca.
Se incorporó en la cama refugiándose tras la colcha y las mantas que se puso delante de la cara a la altura de los ojos. La luz de la pequeña lamparilla con que siempre tenía que dormir le dejó ver cómo el pomo de la puerta giraba lentamente hacía la derecha dejando escapar el sonido metálico del roce del pestillo con la cerradura. Cuando la pesada puerta de cuarterones empezó a moverse, una luz parpadeante precedió a una sombra blanca que avanzó hacía ella enarbolando un grueso garrote en una mano mientras con la otras sotenía la fuente de luz.
Un grito desgarrador precedió al desmayo de la mujer que cayó hacía un lado para quedar con la cabeza y el brazo izquierdo colgando fuera de la cama.
Así se la encontró al día siguiente la criada que llegaba todos los días, puntualmente a las nueve de la mañana. Le había extrañado no encontrarla ya levantada y más ver su puerta abierta. Entró y al verla así caida hacía un lado se asustó temíendose lo peor. Comprobó que respiraba, mojó sus dedos en el vaso de agua que había sobre la mesilla de noche y esparció unas gotas de agua sobre su cara. Como reacción al frio del agua alentó, presa todavía del terror, y pasados unos segundos preguntó por su hermana. Como le dijo la criada que no sabía nada de ella, se bajó inmediatamente de la cama, se calzó las zapatillas, se echó por encima la bata y las dos mujeres se dirigieron sobrecogidas hacía el dormitorio de la dueña que estaba al otro lado del pasillo.
La puerta estaba cerrada. Empujaron con angustia la puerta, temerosas de lo que se podían encontrar. Y sus temores no eran infundados. Allí, sobre su cama, con el camisón rasgado que dejaba semidescubierto parte de su cuerpo, una herida contusa en la frente de la que había manado abundante sangre que había teñido de púrpura la almohada sobre la que descansaba su cabeza, yacía inconsciente la viuda y su tez blanca había adquirido una ebúrnea palidez que era presagio de fatales consecuencias.
Afortunadamente estos presagios no se confirmaron y unos, apenas audibles, quejidos advirtieron a las dos mujeres que todavía vivía.
Cuando llegaron el Comandante de Puesto de la Guardia Civil y el Cabo de la policía municipal, el médico les prohibió molestar a la señora que dormía en su cama después de haberle practicado los oportunos cuidados y administrarle un somnífero que le haría recobrarse en unas horas del terrible dolor de cabeza que le había ocasionado el golpe en la frente que afortunadamente era la única agresión que había recibido.
Eloisa les contó lo poco que ella había visto y oído sin poder determinar ni la altura ni envergadura del agresor y que su hermana no había dicho nada coherente sobre lo que le había pasado.
Cuando despertó contó a los responsables de las fuerzas policiales que apenas recordaba nada. Que le despertó el grito de su hermana y que cuando iba a salir de su cuarto recibió un fuerte golpe en la cabeza y ya no recordaba nada más. No supo explicar cómo había llegado hasta la cama, ni cómo se había desgarrado el camisón. Los investigadores pudieron observar que efectivamente había un pequeño reguero de sangre que iba desde la puerta hasta la cama, lo que confirmaba que la agresión debió ser como ella había contado y que después el agresor la había dejado como la encontraron al día siguiente.
De nuevo los hechos tiraban por tierra todos los móviles que se estaban barajando. Según las dos hermanas no faltaba nada de valor, por lo que el robo quedaba totalmente descartado puesto que el agresor o agresores habían dispuesto del suficiente tiempo para haber podido desvalijar toda la casa. El móvil amoroso parecía evidente que debía de ser obviado puesto que la brutal agresión no era precisamente una muestra de amor... Y la sospecha que había rondado por la mente del jefe de la policia de que todo era debido a la exuberante imaginación de la protagonista que había escrito ella misma las cartas y había influido en su hermana para hacerla ver alucinaciones que también logró contagiar a los guardias y demás personas que decían haber visto al fantasma...Pero ésto ya era una desmostración palpable de que un loco andaba suelto y dispuesto a llevar a cabo un maquiavélico plan que todavía nadie podía descifrar.


IV


Cuando el señor cura párroco recibió la llamada de la viuda del señor notario acudió con prontitud.
- Señor cura, quiero confesarme.
En la amplia sala de la primera planta de la casa todo era buen gusto y sobria elegancia. La conservación de los muebles de nobles maderas que habían pertenecido a los antepasados del notario certificaba un cuido esmerado y no mostraban ni el más mínimo desperfecto. Dos retratos que debían ser de los antiguos propietarios presidian la estancia donde tambien se podían admirar un gran bodegón que podía ser de algún discípulo de Zurbarán y un paisaje de la escuela flamenca. La tapicería de las cortinas de los balcones era de tafetán a juego con la del tresillo y la sillería. Las paredes estaban cubiertas por un fino papel con tacto de seda que aunque parecía recien colocado era tan antiguo como los muebles, lo que sólo se podía comprobar por la humedad que aparecía en una de las esquinas. Por doquier pequeños muebles supletorios y repisas en los que descansaban valiosos objetos de plata y cristal de roca. El amplio ventanal de un mirador dejaba entrar toda la luz de aquella soleada mañana de finales del invierno.
El sacerdote acercó una silla al sillón donde ella descansaba. Todavía tenía el apósito cubriéndole la herida de la frente aunque había intentado disimularlo con unas guedejas de su cabello.
- Dime, hija, te escucho...
- Padre, he mentido... no ocurrió como les conté a los policias...
- Habla con toda confianza, no tengas miedo...
- Oí el grito de angustia de mi hermana y me desperté. Casi no me atrevía a moverme pero me puse la bata y salí al pasillo. En ese momento salía él de la habitación de mi hermana...
- ¿Era un hombre...?
- Sí, pero cubría su cabeza con una especie de pasamontañas negro por el que sólo se podían ver sus ojos... inyectados en sangre por el deseo... Era alto... por lo menos medía un metro ochenta... y corpulento... en principio llevaba una sábana que se le cayó cuando al verme se dirigió hacía mí... en una mano llevaba un farol y en la otra un gran bastón grueso con un refuerzo metálico en el extremo inferior... Llevaba unos pantalones de pana y un sueter de cuello alto... eran de color oscuro... Me quedé como petrificada por el miedo...
- Descansa, hija, no hay ninguna prisa...
- No me habló... me cogió por un brazo y me arrastró hasta la cama... me despojó de la bata y tiró con fuerza del cuello del camisón hasta que logró desgarrarlo... Yo estaba allí, sobre la cama temblando de miedo y él de pié con el farol levantado para iluminar mi cuerpo que estaba presa de una excitación indescriptible... dejó el bastón a un lado apoyado en la pared y se inclinó hasta que su mano empezó a recorrer mi cuerpo con caricias lascivas... aunque grité nadie parecía oirme... él dejó la luz sobre la mesilla y con esa mano me tapó la boca...
La viuda empezó a llorar compungida, el sacerdote tomó su mano intentando carmarla y darle ánimos, pero no quiso interrumpirla.
- Como pude le pedí que me dejara... que no me hiciera daño... él seguía sin decir ni una sola palabra... pero de pronto, cuando iba a seguir con sus asquerosos tocamientos... paró en seco... algo que yo no pude oir le debió de alertar... cogió el candil y el bastón y se dirigiò hacia la puerta... yo, en vez de quedarme quieta, intenté detenerle con no sé qué descabellado propósito y le agarre por el cinturón... así llegamos hasta la puerta y él para que le soltase me dió con el bastón en la frente... caí al suelo y él desapareció... yo me levanté como pude y llegue hasta la cama... aunque me salía abundante sangre de la frente no tuve fuerzas nada más que para pedir auxilio que no tuvo respuesta... al poco tiempo vi que la hemorragia iba cediendo y me debí quedar dormida...
- ¿ No le pudiste reconocer..?
- No, tenía la cara tapada... y los ojos... no los había visto en mi vida...
- ¿ Y por dónde escapo ? ¿ Cómo pudo entrar ?
- No lo sé. Al día siguiente no había ni rastro de la sábana, del farol ni del bastón. La casa es una fortaleza, saltar por las tapias de las corralizas es dificil, sobre todo para salir... Ni la puerta ni los balcones tenían signos de haber sido forzados... es un misterio....
- Deberias de contar todo esto a los guardias... les podría ayudar a encontrar al culpable....
- Me da mucha vergüenza admitir que casi he sido violada... ellos no se iban a contentar con mi narración y no pararían de exigirme más y más detalles que son muy desagradables para mí....no puedo... no puedo...
Eran las dos de la tarde y Eloisa entró en la sala para decir que había preparado también comida para el señor cura por lo que podían pasar todos al comedor.

Continuará....

miércoles, 16 de marzo de 2011

DOÑA ERNESTINA, LA VIUDA DEL NOTARIO.UN CUENTO EN 3 ENTREGAS

Otra narración corta, esta en tres entregas, que os iré poniendo en los próximos días. Es un cuento de intriga, que dediqué a mi hija Alba, que, por entonces, era muy aficionada a estos relatos de misterio. Espero que os guste, como ella me dijo que le había gustado... aunque, a lo mejor era por el parentesco...


I


Las noches de invierno en el pueblo eran demasiado largas y demasiado frías. Ernestina no recordaba la última vez que había salido sóla después de la puesta del sol. Posiblemente antes que muriese su Pedro, después, seguro, no.
Y la verdad es que había logrado dar un cierto confort al inmenso caserón que le hacía acogedor... y seguro. Todas las ventanas estaban cerradas por gruesas rejas de forja. En los balcones, las antiguas contraventanas habían sido reforzadas y convenientemente restauradas para que a través de ellas no pudiese entrar ni el gélido aire de la sierra cercana. La puerta, que podía datar de finales del siglo dieciocho, se había conservado en buen estado gracias a la calidad de su madera y no hacía más de dos años que habían sido repuestas las viejas bisagras de hierro que habían empezado a mostrar síntomas de lógica oxidación por la humedad a la que habían estado sometidas durante tantos años. Las tapias de los patios y de los corrales eran altas y estaban protegidas por gruesos cristales de botellas rotas que habían sido semienterrados en su parte superior. Y además estaba Cacique.
Era un pastor alemán de diez años. Se lo había regalado su hermana dos años después de enviudar y ahora era la mejor compañía de las dos mujeres, porque Eloisa, que también se había quedado sola cuando murieron sus padres, hacía ya tres años que vivía con ella. Su hermana mayor era soltera y ella no había tenido hijos, toda su familia eran unos sobrinos de Pedro que vivían en la capital y a los que sólo veía muy de tarde en tarde, y eso porque pensaban heredar la casa, las tierras, los libros y el buen dinero que pensaban debía tener su tía política.
A sus cincuenta y un año, que había cumplido el día de difuntos, todavía era una mujer atractiva. Sus facciones algo angulosas estaban dulcificadas por una piel blanca e hidratada en la que apenas si se marcaban unas pequeñas arrugas en el contorno de los ojos que no hacía sino darle un aspecto más juvenil. Su cabello, no demasiado cuidado, originariamente de color castaño oscuro, se había ido aclarando por los sucesivos tintes que trataban de disimular las canas que delataba la raiz de su pelo. El poco trabajo que había realizado durante toda su vida y muy especialmente desde que murió su queridísimo marido, se podía adivinar por el expléndido cuerpo que aun conservaba. Su metabolismo le permitía no privarse de ninguno de sus caprichos culinarios - como decía ella, los únicos que tenía - y su figura estilizada adquiría una serena elegancia por las ropas siempre oscuras con que vestía desde su viudez.
Eloisa era otra cosa. Se había quedado soltera, ella decía que para cuidar a sus padres, pero la realidad era que no había tenido ningún pretendiente medianamente aceptable. Tan sólo Eufrasio, cuando eran todavía muy jóvenes, y que se casó con una chica de Pontevedra porque le había embarazado cuando hizo el servicio militar en la marina. Cinco años mayor que su hermana, había salido a la familia de su padre y nadie que nos las conociese aseguraría que eran hermanas. Pero su carácter bonachón y servicial hacían pronto olvidar su aspecto físico cuando se le trataba un poco.
Y en esto tampoco se parecían las dos hermanas. Su aspecto pulcro y frágil no delataba el genio agrio e irascible que tenía y que había ido ganando en intensidad a medida que iba cumpliendo años. Las vecinas decían que lo que necesitaba era que un hombre calmase su vehemencia, y es posible que tuviesen razón.
Cuando murió Pedro, a sus treinta y nueve años recién cumplidos, se sumió en un total aislamiento que no dió opciones a que ningún hombre, ya fuese casado o soltero, se le pudiese acercar. En su vida conyugal no había tenido experiencias especialmente dignas de añoranza y desterró para siempre la idea de volver a conocer a otro hombre. Tan sólo en una ocasión le había cautivado un joven que llegó al pueblo para sustituir al médico titular, pero, desgraciadamente, la suplencia no duró nada más que los tres meses de aquel verano.
Eloisa y ella apenas hablaban y la mayor parte de las horas del día las empleaba en oir música y leer los libros de la biblioteca que su marido heredó de un abuelo que llegó a ser académico. De vez en cuando se acercaba a la biblioteca municipal para actualizarse en las nuevas tendencias literarias pero lo que más le gustaba era la literatura fantástica y de intriga de la que su biblioteca tenía una amplísima colección. Su hermana le decía que le iba a pasar como a don Quijote y que poco a poco se iba a volver loca con tanto misterio, tanta intriga y tanta fantasía.
Sobre todo en verano, desde la calle se veía la pequeña lamparilla de su mesilla de noche encendida hasta casi la madrugada.
Y con estas cosas se iba alimentando en el pueblo su fama de culta, rica y elegante.. junto con su fama de arisca, insoportable y loca.
Aunque de joven no se había distinguido por su vida religiosa, a raíz de la muerte de su marido había buscado el consuelo de la fe y casi sus únicas salidas eran a las celebraciones religiosas de la Iglesia. El párroco era su confesor y en repetidas ocasiones le había aconsejado una mayor apertura a la vida social. Ella con su posición, su cultura y su saber estar podía liderar la renovación de la vida del pueblo que permanecía anclado en las más retrógradas tradiciones y totalmente de espaldas al progreso que estaba experimentando el resto del país. Y ella siempre se había negado. Podríamos convenir que toda su vida se centraba en ella misma, su música, sus libros, la compañía de su hermana que le solucionaba sus problemas de aprovisionamiento, su perro que le daba confianza y una superficial vida religiosa que no le obligaba a mucho más de la misa de los domingos y a cumplir con la Pascua Florida.
 

II


Cacique empezó a ladrar y despertó a las dos mujeres. En principio no fue nada más que la contrariedad que les suponía el tener que volver a conciliar el sueño y que muchas veces se dilataba durante demasiado tiempo; pero la insistencia y la agresividad de los ladridos les obligaron a encender la luz de sus habitaciones y asomarse a la ventana que daba al patio. El perro sólo apoyado en las patas traseras parecía querer escalar el muro en persecución de una sombra que desapareció alertada por la luz de las ventanas.
La dos mujeres, ya con la bata de lana sobres sus camisones, se aseguraron que realmente era la sombra de un hombre la que habían visto saltar al tejado vecino. Aunque Cacique había dejado de ladrar ya no lograron conciliar el sueño durante el resto de la noche y se convencieron de que al día siguiente presentarían la denuncia en el cuartel de la Guardia Civil.
La viuda de don Pedro, el notario, no tuvo que esperar en el cuarto de guardia del cuartel.
- Pase, doña Ernestina.
El Comandante de puesto en persona se ocupó de tomar nota de la denuncia y le prometió que se harían todas las pesquisas que fuesen necesarias para aclarar este desagradable asunto. Le acompañó hasta la puerta, le despidió con un solemne beso en el dorso de la mano y le aseguró que le mantendría informada del curso de las investigaciones.
No más allá de una hora más tarde en todo el pueblo se hacían conjeturas sobre la autoría del intento de robo en casa de la señora del notario. Porque en lo que no había ninguna duda era en el móvil. A nadie se le podía pasar por la mente otra causa que pudiese haber motivado el incidente.
Y pasaron los días y la benemérita no halló ninguna pista para poder esclarecer lo sucesido en la casa de las dos hermanas unas noches antes. Montaron guardia en los alrededores pero nada ocurrió. Hasta que el señor comandante de puesto estimó que todo pudo ser una falsa alarma motivada por cualquier gato que soliviantó al perro y la imaginación desbordada de la impenitente lectora. Y dió las oportunas órdenes para abandonar la vigilancia y cerró el caso, con la satisfacción de los guardias que habían tenido que soportar la gélida temperatura de las noches de vigilia.
Justo dos semanas después, Gabriel el cartero llamó a la puerta para entregar una carta un tanto extraña. Iba dirigida a la señora viuda de don Pedro Bustamante, Notario, sin más señas que el nombre de la localidad y su provincia. Estaba escrito el sobre con letras mayúsculas y no llevaba remite. Ella lo abrío con impaciencia rasgando la solapa del sobre. En una cuartilla de papel blanco y también con letras mayúsculas, leyó:
"Señora, desde hace tiempo no puedo apartarla de mi pensamiento. La otra noche no quería robar, sólo declararle mi respeto y mi admiración. Siento si les pude asustar. Yo no puedo vivir sin usted. Le amo."
Y unos espacios más abajo, a modo de firma: "Su triste enamorado"
La carta estaba franqueada pero había sido enviada desde el mismo pueblo ya que no tenía matasellos. El cartero afirmó que estaba en el buzón cuando recogió las cartas por la mañana, por lo que había sido depositada depués de las cinco de la tarde del día anterior, hora de la última recogida; y muy posiblemente por la noche aunque nadie había visto nada. En el cuartel se quedaron con la carta para comprobar si había alguna huella dactilar, aunque el teniente opinaba que podía ser obra de un gracioso que se aprovechaba del revuelo ocasionado por el intento de robo.
No obstante le preguntaron si en los días anteriores había notado algún movimiento extraño, si alguna persona conocida o desconocida había merodeado por la casa. Si tenía sospechas de alguien... Si alguno de los sobrinos de su marido la había visitado recientemente... Pero ella no había visto a nadie sospechoso y a sus sobrinos políticos hacía más de un año que les veía.
Eloisa estaba muy asustada y admiraba a su hermana que se mostraba tranquila y serena y ella diría que, incluso, complacida por el cariz que iban tomando los acontecimientos. Porque la carta había obrado en ella una reacción totalmente desconocida anteriormente. Su genio irascible, acrecentado desde la noche del presunto robo, parecía haberse calmado y un brillo inusual desde los lejanos tiempos juveniles volvió a sus ojos dulcificando la expresión de su rostro. A ella le parecía que estaba casi más amable y más habladora que de costumbre.
Y efectivamente se sentía complacida. Ella que a la muerte de su marido había renunciado voluntariamente a nuevas oportunidades y pensaba que a su edad el corazón había perdido toda opción a nuevas ilusiones; una carta, que también ella como el teniente pensaba que podía ser obra de un bromista, había obrado tal perturbación en su espíritu que su corazón parecía latir con más fuerza y todo su ser sentía la necesidad de antiguas sensaciones ya apenas recordadas.
En el laboratorio provincial de la Guardia Civil se estaban realizando las pruebas para determinar la clase de papel tanto del sobre como de la carta, así como para descubrir las huellas de su posible autor y la clase de tinta utilizada para escribir. Mientras tanto en el pueblo las cosas volvían a su cauce. Y aquella noche les despertó de nuevo los insistentes ladridos del pastor alemán.
La sombra negra de la vez anterior se había convertido en un blanco espectro fantasmal levemente iluminado por una difusa luz amarillenta que parecía provenir de una vela que parpadeaba como movida por el viento que soplaba en la intemperie. Las dos mujeres , que ahora dormían en la misma habitación, ahogaron en sus gargantas un grito que apenas si fue oido por el eficiente guardián que dejó de ladrar cuando el fantasma desapareció como tragado por la negrura de la noche.
De nuevo desde la Comandancia se dió orden a los guardias de montar el dispositivo de vigilancia. Y aquella noche los ladridos de Cacique despertaron a sus dueñas y alertaron a los dos ateridos guardias que paseaban por la calle. La luz amarillenta que parecía provenir de una misteriosa vela, que ni las furiosas ráfagas de viento que soplaba aquella noche lograban apagar, fue vista por los aguerridos guardias que no dudaron en dar el alto reglamentario y hacer los pertinentes disparos de advertencia que no lograron detener al intruso pero sí despertar al vecindario que se unió sin éxito a la búsqueda del fugitivo.
Ya no cabía la menor duda de la existencia del "fantasma de la vela" como se le empezó a conocer en todos los alrededores. Porque hasta los más lejanos pueblos de la comarca llegó la fama de aquel fantasma que cortejaba a una atractiva viuda. Pero es que de aquella última visita había quedado un nuevo rastro. A la mañana siguiente, cuando bajaron a las corralizas para dar de comer al perro, éste custodiaba como un gran tesoro otro sobre, esta vez en blanco que su dueña rasgó con avidez. Otra carta tambien escrita con letras mayúsculas, que sólo decía:
"Lo siento, pero mi amor es más fuerte que la vida. Siempre te querre. Tu triste enamorado"
A diferencia con la primera carta, advirtió que ahora la tuteaba y una morbosa zozobra se apoderó de ella.
Eran demasiadas las molestias que su "triste enamorado" se estaba tomando para ser sólo un broma. Habían llegado los resultados del laboratorio y poco o nada habían podido aclarar. Sólo las huellas de las dos hermanas y del comandante de puesto en el sobre y en la carta que habían sido comprados en la única papelería del pueblo y por lo tanto de donde se surtían todos los vecinos. La tinta de un bolígrafo vulgar de los que también se vendían en el pueblo y la goma del sobre había sido humedecida con agua con lo que no existía la màs remota posibilidad de encontrar muestras orgánicas que pudiesen ayudar a descubrir al autor. Las letras mayúsculas no tenían rasgos que facilitasen un estudio grafológico y el perito advirtió que habían sido habilmente escritas con la mano izquierda para desfigurar su caligrafía; por lo tanto de nada valieron los cinco días que dedicó a revisar los escritos que había en el Ayuntamiento recibidos de los vecinos con la esperanza de encontrar entre ellos al autor anónimo. En lo que sí había una total unanimidad era en que el autor de estas cartas era una persona culta de las que no abundaban en el pueblo, por lo que era aconsejable seguir esta nueva pauta de investigación.
Otro suceso iba a elevar su zozobra a niveles de angustia. Cacique amaneció muerto a la mañana siguiente. Nadie había visto nada. Ni un ruido, ni un ladrido, nada. El veterinario no acertaba a determinar si la muerte era natural o había sido motivada por alguien. El cadaver del perro no presentaba ninguna muestra de violencia ni aparecian restos de comida que pudiesen contener el veneno asesino, pero era, al menos sospechosa, la coincidencia de su muerte con la aparición reiterada del fantasma que además siempre había sido delatado por los ladridos del pobre Cacique.
Alguien en el pueblo llegó a insinuar la intervención de fuerzas sobrenaturales lo que ya había intuido la viuda, gran experta en cuestiones fantásticas, que había creído sentir en todos estos acontecimientos unas extrañas vibraciones paranormales que incoscientemente la retrotraían a experiencias vividas anteriormente.
Eloisa estaba a punto de claudicar y quería a toda costa trasladarse a la antigua casa de sus padres aunque llevaba cerrada más de tres años. El médico tuvo que recetarle unas pastillas para dormir y su hermana le convenció que era más seguro permanecer juntas en esta casa que disponía de mejores condiciones de seguridad.
La policía municipal tomó el relevo y mantuvo una vigilancia inútil porque tres días después volvió a aparecer una tercera misiva en el patio principal de la casa. En un sobre similar a los anteriores, tambien sin señas, una cuartilla blanca contenía el sucinto mensaje escrito con las mismas letras mayusculas:
"Necesito hablarte. En breve nos veremos a solas. Espérame. Te amo ".
Y esta vez no aparecía lo de triste enamorado.
La búsqueda de las personas que en el pueblo tenían la formación necesaria para haber escrito las misivas y a la vez la agilidad para subirse por los tejados dió un resultado desalentador. Nadie reunía estas dos cualidades o los que las reunían estaban libres de toda sospecha por tener coartadas totalmente verificadas y contrastadas. Por lo que se empezó a barajar la posibilidad de una banda organizada como la autora de los hechos. En ese caso el móvil sería únicamente el robo y lo de las cartas una simple estratagema para despistar a los investigadores. Pero este supuesto tenía un fallo. Si sólo pensaban en robar lo podían haber hecho cuando murió el perro o cuando dejaron la tercera carta en el patio principal de la casa. Todo era un misterio.

Continuará...

viernes, 4 de marzo de 2011

CARLITOS EL JARDINERO Y III


 III


Otro tema que le apasionaba eran los medios de comunicación. Sentía una gran admiración por esos esforzados informadores que llegaban incluso a poner en peligro sus vidas para salvaguardar uno de los derechos más fundamentales del hombre que es el de recibir información.
Y todos los días leía cinco o seis diarios, veía los telediarios de todas las cadenas de televisión llagando a las más depurada técnica del "zaping" para no perderse ninguna de las noticias; se suscribió a todas las revistas de tirada nacional para disponer de la más amplia información posible y en los pocos intervalos de que disponía se dedicaba a escuchar las emisoras de radio que daban información general y tertulias de opinión.
Puede que por el exceso de información, o tal vez por su finita capacidad de procesamiento de datos, o es posible que por su mejorable formación académica, el caso es que, durante un cierto tiempo el sobrino nieto por parte materna del filósofo librepensador del que había heredado su exigua herencia y su nombre, estaba totalmente desquiciado y llegó a hablar con las paredes como había visto hacer a los rabinos judios en Jerusalem. Y no lo comprendía. ¿Cómo era posible que un mismo acontecimiento pudiese ser contado de tantas maneras y muchas de ellas contradictorias?
Y se puso a pensar y se dió cuenta de que esos medios de comnunicación, que disponían de esos fantásticos y abnegados periodistas, eran propiedad de unas personas o grupos de personas que tenían otros intereses - generalmente económicos- a los que supeditaban todo lo que fuera preciso, incluso la verdad. Y pensando más descubrió que que muchos de esos abnegados periodistas que seguramente estaban hartos de tener que pasar por el aro que les indicaban sus dueños, habían decidido sacar ellos mismos el mayor partido posible a la información que disponpían y no dudaban en ponerla a disposición del mejor postor.
Y por mucho que pensó no llegó a comprender cómo algunos informadores que, desde luego no eran tan abnegados ni tan íntegros, amparados en la impunidad del poder que les daba el disponer de esos medios de comunciación, se dedicaban a hacer el más exacrable de los terrorismos informativos, atacando a diestro y siniestro con la complacencia de los dueños de esos medios de comunicación que - como antes había pensado - sólo les preocupaba el beneficio económico.
Y mientras pensaba se dió cuenta de un gran descubrimiento. Los políticos ponían todos los medios a su alcance para controlar la comunicación y cuando lo conseguían se dedicaban a difundir sus consignas que disfrazaban de ideas para hacerlas llegar a los que no demasiado acostumbrados a pensar se tragaban todo lo que dijese la radio, la televisión o los periódicos. Y así, unos descerebrados con ideas sacadas de inconfesables intereses, eran los ideólogos que hacían, incluso, cambiar las escalas de valores que eran aceptadas por esa grey de borregos alimentados sólo por un pienso que etimológicamente no viene precisamente de la palabra pensar.


Carlos Aristóteles estaba ya cansado de pensar, es más., podríamos decir que tenía un cierto recelo a pensar porque en algunas ocasiones no se le había ocurrido nada menos que decir lo que pensaba y ya he adelantado antes que eso puede llegar a ser peligroso.
Este largo periodo de abstinencia pensativa atrofió su mente y a partir de ese momento abandonó la mayor afición que le había acompañado durante toda su vida y se dedicó a cultivar los parterres de su jardín lo que le proporcionó infinitamente más satisfacciones tanto para su cuerpo como para su alma, puesto que no hay nada más bello que un flor en primavera.
Y a partir de aquel día, a sus cincuenta y tantos años, ya todos le conocieron por Carlitos el jardinero.

FIN

miércoles, 2 de marzo de 2011

CARLITOS EL JARDINERO II


II


Así que Aris pensó que ya había pensado demasiada gente en la religión y decidió pensar en otras cosas.
Y le dio entonces por pensar en el gobierno de los pueblos; eso que llaman política y estudio cuidadosamente la evolución histórica de las distintas formas de gobierno que se habían dado los pueblos desde el principio de los tiempos.
Y quedó casi convencido de que la democracia era el menos malo de los sistemas. El poder emana del pueblo y es la mayoría de ese pueblo el que designa a sus gobernantes. Al principio le pareció bien lo de un hombre un voto... aunque pensándolo mejor...¿debería valer lo mismo el voto meditado, consciente e informado de un ciudadano responsable que el voto facilmente manipulable de una persona inculta? Y ya no estaba tan seguro. Porque, además, le dió en pensar que eso no era realmente así, ya que alguien se había dedicado también a pensar y había ingeniado unas leyes matemáticas complicadísimas para beneficiar a la mayoría de los que pensaban igual aunque se perjudicase a los pocos que tenían otra opinión. Además alguien listísimo, que sin duda también pensaba mucho, había inventado los partidos políticos y entonces el pueblo no podía elegir a las personas que quería sino a los que querían los partidos.
El que podía ser sobrino del genial filósofo español don José Ortega, o sea, Aris, pensó entonces que, posiblemente, era mejor cuando pensaban que el poder emanaba de Dios y era el Altísimo quien lo depositaba en dinastias de prohombres que se denominaron monarquías. Una rápida ojeada por la historia casi le hizo desistir de inmediato por los grandes desmanes que históricamente se habían cometido por los monarcas que llegaron a decir aquello de "todo para el pueblo pero sin el pueblo"... y así les fueron las cosas. Iba a pasar página en busca de otros sistemas de gobierno cuando su vista se tropezó con una nueva acepción de la palabra monarquía cuando iba acompañada por el adjetivo parlamentaria.
Eso, pensó, puede que sea la solución. Nos fiamos del buen sentido de Dios pero, por si acaso, las asambleas de hombres normales que escoge el pueblo sirven para ejercer de contrapeso y la figura del monarca queda ahí como símbolo del poder, venga de Dios o de los hombres. ¡Hombre, si hasta a lo mejor funciona!
Y se esmeró en conocer cuales eran los derechos y los deberes que tenían esos monarcas parlamentarios. Y se fijó en la Gran Bretaña que tenía sin el menor género de dudas, la mayor tradición real en todo el orbe, y daba la casualidad que allí había una monarquía parlamentaria. La longevidad de la reina, tradicional en su familia, casi estaba desesperando al príncipe heredero de la corona que pensó casarse por aquello de perpetuar el linaje y proveer de sucesores a su dinastía. La tradición era buscar alguna princesa de las casas reales amigas para no enturbiar la pureza de la sangre real. Pero resultaba que las que estaban disponibles eran más bien feuchas y se dijo que un príncipe se merecía algo mejor y se fijó en una chica muy mona que trabajaba en una guardería y que aunque parecía un poco sosa, la verdad es que estaba muy buena. Y se casó. Pero cuando ya la línea de sucesión estaba asegurada no le preocupó que ella se enterase de sus continuas infidelidades que se habían iniciado al poco de la boda, y entonces, ella pensó que por muy príncipe que fuera también podía ser un cabrón y se afanó en ello. La cosa terminó francamente mal y si la monarquía no terminó como la cosa es porque allí en las islas británicas los reyes son los dueños de casi todo y no era cosa de enfadar a los mayores contribuyentes del reino.
Ante el mal antecedente británico le dió en pensar si algo por el estilo podría pasar en su pais, y aunque la moderna tradición patria era mucho más reciente y hasta ahora no había habido motivos de escándalo, vio con estupor que en la opinión pública se estaba planteando unas cuestiones que le llegaron a asustar.
Resulta que el príncipe heredero, ante el requerimiento de solucionar la obligada sucesión, pensó que a los treinta y pico años ya era hora de hacer los deberes, y como por otra parte ya había completado su esmerada formación, sugirió que se le debería proveer de una modesta vivienda para poder formar una familia tradicional. Los padres de la patria estimaron que la vivienda no debía de ser tan modesta ya que una de las obligaciones del príncipe era el de representar dignamente a sus súbditos y no iba a resultar adecuado invitar a sus amigos príncipes a tomar café en un pisito de tres dormitorios en un barrio periférico de la capital. Y no se escatimaron gastos en preparar un palacete cerca de la casa de los papás, acorde con el ilustre futuro inquilino. Echó una ojeada a las princesas casaderas y no quedó demasiado entusiasmado porque había conocido a una chica extranjera que se dedicaba a promocionar lencería fina que además era muy simpática - para él - estaba buenísima y era amiga de la novia de un príncipe amigo suyo.


Alguien muy mal pensado dijo que no estaba bien que la futura reina figurase retratada en paños menores en las cabinas de los camioneros. Y digo yo - dijo Aris - ¿por qué hay que poner como excusa a los pobres camioneros que bastante tienen ya con los franceses que les tiran la fruta de sus camiones y con los inmigrantes que se les cuelan entre su carga? A lo que estamos. Que todos los medios de comunicación se dedicaron a crear polémica porque ya se sabe lo que pasa cuando rio va revuelto, y se hicieron encuestas oficiosas de las que se podía colegir que a la mayoría de los súbditos no les gustaba demasiado la decisión de su príncipe.
Nuestro pensador creía tener muy claras las ideas; se decía: Si el príncipe tiene el privilegio de recibir una formación imposible de conseguir por otra persona, si se le provee de todo lo que necesita y todo además acorde con su categoría, si tiene solucionada toda su vida sólo a cambio de representar a todos los habitantes de su reino, y desde luego representarlos dignamente, además de dar herederos a la corona que deben ser educados de acuerdo con el alto cometido a que están llamados y en esta educación debe colaborar la esposa... es muy importante que ésta tenga una formación adecuada a los cometidos que de ella se esperan. Y si hay un peligro evidente de que una persona que no ha recibido la conveniente preparación para estos cometidos pueda no estar a la altura de las circunstancias, parecería lo más recomendable no hacer experimentos que pueden ser demasiado peligrosos para el futuro de todo un país. Y digo yo, se dijo ¿ por qué puñetas va el príncipe a poner en peligro todo el montaje que tanto tiempo y esfuerzo ha costado consolidar a su familia ? Y ya para sí, se prometió que si el príncipe, haciendo caso omiso a todas las consideraciones que desde todos los ambientes le estaban indicando lo contrario, decidiía casarse con la mujer que le daba la gana, como nuestro pensador no podía dejar de pagar sus impuestos, de los que saldrían los gastos reales, ni tenía posibilidad de hacerle llegar al príncipe su disconformidad, simplemente, se haría republicano. Y a partir de ese momento también dejó de pensar en política.

 

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